sábado, 25 de marzo de 2006

Locutor


Ayer fui al supermercado.

Escuché por los altoparlantes “se prohíbe consumir alimentos al interior del supermercado” Es gracioso ver a ese personaje cómo se transforma frente al micrófono. Es su arma, su oficina, su pupitre, puede decir lo que quiera y eso le da poder. Y nunca se sabe, no vaya a ser cosa que esté
comprando algún empresario radial y lo contrate. La fama lo alucina y es su deseo íntimo bajarse del podio donde se encuentra y caminar por los pasillos apenas tocando con las puntas de los dedos a sus incondicionales cercado por un par de guardaespaldas que le van abriendo camino. Corean a grito su nombre, mientras algunas rezagadas que lo divisan de lejos corren por los pasillo causando tumultos, con tal de verlo de cerca dejan todo pendiente, incluso abandonan al cabro chico, a cargo del carro con la guagua dentro. Por si acaso, todos los días afina su corte de pelo impecable, luce camisa y corbata que le dan categoría, aunque la cotona blanca lo delata cómo un simple empleado más del supermercado, pero no importa, es un paso transitorio a la fama. Así se la pasa. Cada dos horas tiene que subir nuevamente a entretener, a decir cosas, alegrar al público, de eso se trata, y de paso, dar ciertas recomendaciones. Es el único que luce diferente. Es un artista. Habla fuerte, de corrido, de hace escuchar, se relaciona con todo el mundo. Da instrucciones.
Me acordé de mis tiempos cuando por esas cosas de la vida trabajé en una agencia informativa. Por medio de la agencia me tocó ir a otras estaciones radiales, otras cuantas de televisión y varias de prensa escrita. Tanto en la radio cómo en las otras estaciones televisivas conocí el perfil de este personaje de radio, algunos ya encumbrados en la televisión y de todas maneras se parecen al locutor del supermercado. Ni por si acaso son introvertidos. Llegan y se hacen notar de inmediato. Hablar con ellos era una terapia ya que tienen una particularidad, con el poder de la voz pueden cautivar y mantener atento a un auditorio, les escuchamos y le creemos, aunque lo que está diciendo sean puras pamplinas. Se pasean de la misma forma por los pasillos y sus tiempos son distintos. El camino de la fama deja huellas. Algunos intentan olvidar que fueron locutor de algún supermercado, otros lo logran. Artistas al fin y al cabo.
De pronto el locutor del supermercado me sacó de mis recuerdos y escuché nuevamente su recomendación.
“Se recomienda al público que no deben leer los libro que están a la venta”.

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