lunes, 21 de noviembre de 2011

Cruce al río

 Atardece y Silvia no aparece. Los nervios me comen y creo desintegrarme. Me invitó a su casa. Sus tíos adoptivos están de viaje así que por primera vez estaremos solos.

En mi casa dije que alojaría en casa de un compañero. Los nervios son porque ella vive al otro lado del río y la única opción es cruzarlo en bote a remo. La otra posibilidad es ir en bus por el puente y después una larga caminata por la rivera del otro lado hasta su casa. Esa alternativa demora un par de horas, en cambio el cruce en bote, una distancia de doscientos metros, no es más de quince minutos, para Silvia quizás un suspiro, para mí la noche entera.

 

Los botes funcionan cómo taxi colectivos, Son tres o cuatro que cruzan de lado a lado, cada uno con capacidad para más o menos 10 personas; cinco a cada lado mirándose de frente, y se va llenando a medida que llegan los pasajeros. El remero se sienta mirando en dirección contraria al avance del bote. Ya es raro y sospechoso que algo no anda bien.

 

Silvia, por estar más tiempo conmigo, así me dice, se sube al último encaramándose en la parte trasera usada para los sacos de carbón y de papas.  Todo mal. Al sentarse en el tablón, si no coloca su bolsón, se moja todo su trasero.

 

No era un viaje de placer precisamente. Llueve o truene, el cruce en bote se hará igual.

 

Permanezco de pie en una esquina de la plaza sobre una capa de hojas amarillas resbalosas, que desde un tiempo ya no me son agradables. Desde que se fue Luisa, las hojas que flotaban al ritmo según la dirección del viento, ahora no son más que fango poco estético y peligroso. Vaya. Aún recuerdo a Luisa. Pero en honor a la verdad y a la estética, si aún pololeara con Pachi, serían palabras mayores.

 

Hacía ya un par de horas que nos envolvió la oscuridad de la noche.  La mayoría de mis compañeros de curso se retiraron a jugar pool, pasatiempo preferido para escapar de la lluvia. No aprendí a jugar por estar alternando con compañeras que usan minifaldas. Desconozco si es una ventaja pero uno se va poniendo sentimental y romántico. Mientras mis compañeros se juntan a escuchar rock, yo escucho a Camilo sesto.

 

Ahí viene Silvia con sus amigas y su bolsón colgando del hombro, caminando un poco de lado, como si le pesase y su chaqueta azul abierta. Que valiente,  con este frío inclemente. Yo me abrigaba con mi Montgomery azul marino forrado; me gusta porque se abrocha con botones de madera, y un gorro también forrado, con tela escoses, que no uso pero se ve bien.

 

Silvia apareció con sus amigas. Pero no se despidió de inmediato de sus compañeras. Hablaron lo que pudieron hablar en toda la tarde. Si le digo que quizás olvidó a que íbamos, es muy probable que se enoje. También es probable que finja estar enojada, estas demoras las hace a propósito. Ya la lluvia torrencial se anunciaba con una densa neblina y una fría llovizna. Un leve viento azotaba mi cara preocupado porque las primeras gotas son las que mojan. Por fin. Se despidió, cruzó la calle y se acercó. Qué sea lo que dios quiera, así que mi semblante era serio, siempre serio. Ella sonriendo, siempre sonriendo. Me besó. Me volvió a besar. Besos cortos. Muchos besos. Cuantos fueron, nunca calculo, pero ya no importaba que estuviese desde las seis esperando, ya no importaba no estar jugando pool. Ella me secaba, con su palma, las gotas primeras gotas en mi rostro, esas gotas que mojan. Las primeras. ¿Nos vamos?

 

De la mano caminamos por la costanera hacia el lugar donde está el improvisado muelle donde atracaban los botes para cruzar el río, mientras continuaba hablando. Ya la lluvia torrencial se anunciaba y apenas se divisaba allá lejos las luces de la otra orilla. ¿Y si caminamos y cruzamos el río por el puente? Insistía. - Ha, tienes miedo. Cruzar el río en bote para mí es rutina. Lo hago todos los días, de ida y luego de vuelta. Y tú también lo has hecho. – Mentira - Nunca lo había cruzado de noche, menos por la parte más ancha, menos lloviendo.

Llegamos. Abajo, en el río, uno de los botes estaba por salir y tenía solo un puesto libre. La miré por si se decidía subir sola pero fue inútil. Así que esperamos el próximo. Bajamos la escalera de piedra, resbalosa, oscuro pisando a ciegas, hasta llegar al nivel del agua. Había que subir de un salto. Ella subió primero y sin sentarse, mientras el bote se balanceaba mi invitó a subir, estiró su mano y ya no había nada que hacer, salté y sin saber cómo quedé sentado en el lugar reservado. Ella se acomodó a mi lado muy juntitos. Los otros pasajeros subieron cajas de manzana, los típicos sacos de carbón, uno que otro señor gordo, que balaceaban la embarcación, señoras que también iban de vuelta a sus casas, y hasta un perro, que con sus cuatro patas era el único que pasó a la parte delantera sin temor a caerse. Listo. El que quedó sentado en la parte posterior soltó la amarra y empujó. Ya estábamos a la deriva. Totalmente oscuro. El agua era una inmensa mancha negra, sin límite.

Silvia me hablaba durante el trayecto. A veces reía, seguramente me contaba alguna anécdota, pero yo solo asentía, no quitaba la vista a las luces de la otra orilla,  donde debíamos llegar, que parecía que no se acercaban, al contrario, se alejaban. Las señoras sentada frente a nosotros no cesaban de hablar y siempre mirándonos. Las luces que usábamos como referencia ya no se divisaban por la niebla. Asustado miraba a las señoras y mientras estas siguiesen hablando como si nada, es porque nada había que temer. De pronto sentimos un ruido de motor intenso. Miramos a todos lados asustados sin ver nada. Noté preocupado al remero, que de inmediato fijó los remos en el agua, frenando el avance. Las señoras dejaron de hablar y se afirmaron abrazándose. Algo pasaba. Silvia se apretó a mí. Lo que vivimos en ese momento fue aterrador. Una gran mole, de varios metros de altura pasó cerca de nosotros, rozándonos. Era un carguero que traía a rastra un lanchón cargado. Mientras pasaba al lado nuestro, dibujó una ola en el aire que cayó sobre nosotros azotándonos. El agua se metió por entre la ropa y corría por mi espalda. Miraba a Silvia. Me abrazó fuertemente mientras ella gritaba, y gritaba. Yo la apreté hacia mí y entregado lloré. Y lloré. Cerré los ojos mientras el bote se balanceaba sorteando las gigantescas olas que producía el paso del remolcador. Pensamos que venía la calma pero pasó el lanchón que remolcaba y de nuevo nos cayó otra gigantesca ola. Fue horrible. Ya pasó. Las señoras del frente increparon al remero, - “tenga más cuidado, casi nos choca el vaporcito”. El viejo alegó que remaba de espalda y tiró un par de tarros que quedaron flotando en medio del bote para sacar el agua. “Achiquen” nos dijo y siguió remando. Nuestros pies estaban sumergidos. El nivel del agua dentro del bote era el mismo del río. Esa imagen me calmó. La embarcación ya no se hundiría. Ya no podía entrar  más agua. Cuando bajé los brazos para recoger uno de los tarros, dos chorros de agua cayeron por los brazos, por entre las mangas. Miré a Silvia y ella hizo lo mismo. Sus brazos eran dos grifos abiertos. Luego, por entre su chaqueta, que aun permanecía abierta, estrujó su chaleco. Me miró. Su pelo lucía tristemente empapado. Para solidarizar me puse el gorro de mi abrigo y el agua cayó como desde una olla. Reí, nos reímos, nos abrazamos. Así quedamos mientras la lluvia, que ahora sí, era  intensa. El remero alegaba porque con agua el bote era más pesado, el gordo y una de las señoras botaban agua, mientras la otra le decía, que remara, que no hablara. Que todo era su culpa.



Continuara.........

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