Manuel desde pequeño fue muy astuto. Tan astuto que tempranamente advirtió la inconveniencia de sobresalir en su colegio por sobre el resto de sus compañeros. Estuvo si, dentro de los cinco mejores alumnos del curso pero, a propósito y calculadamente, evitó llegar a ocupar el primer
puesto. Este tenía sus razones. Su esfuerzo por no parecer un niño aventajado e inteligente obteniendo consecutivamente el promedio más alto, obedecía a que no quería confundir a su madre y, junto con ello, causarle un daño irreparable. No quería verla convertida en esas mamás presumidas que pasan todo el día jactándose que su hijo es superdotado, como sucedía con las madres de sus propios compañeros. ¿Existe algo peor que un niño mal criado y que más encima sea superdotado? Pues sí, ¡Su madre!
Podía calcular el segundo o tercer lugar en el curso, pero consigo mismo sí era exigente. Tanto se esmeraba en analizar todo lo que veía a su alrededor, que se alteraba cuando se quedaba con algo atravesado y sin resolver. Se amargaba y, de paso, concluía que si no encontraba la causa o la solución a su preocupación que lo embargaba, se debía a que simplemente no era tan inteligente como a veces se creía. Entendió que si alguien así se consideraba, es porque ya llegó al máximo de su exigencia, y un tope indica limitación, por lo tanto, concluía Manuel, un niño inteligente no puede ser limitado. Se producía un hecho absurdo. Al contrario, pensaba, que en la medida que va desarrollando ideas advierte que aumenta la cantidad de cosas que tiene que comprender.
Así lo entendía en los juegos. Como por ejemplo las tradicionales pichangas de barrio. De los adultos escuchaba que sólo los niños inteligentes eran hábiles para jugar. Y no les iba mejor en los estudios porque en vez de ordenarse y dedicarle mas tiempo a los cuadernos, sólo se dedicaban a "pelotear todo el santo día". Sin embargo, él no estaba de acuerdo con esa afirmación qué, por lo demás, las decían los mismos papá de los talentosos para el balón. Concluía: si son diestros con la pelota y a su vez niños inteligentes, ¿porqué no se aplicaban bien, teniendo idea de equipo, resaltando como figuras en partidos oficiales?
El nunca fue considerado como una estrella para la pelota, al contrario, para el resto de los compañeros era sólo un jugador del montón. Una prueba es que nunca se lo disputaban cuando se elegían en el sorteo de los jugadores, trámite previo antes de iniciar un partido. Cuando eso ocurría tranquilamente se ubicaba entre los que elegían al último, los muy malos, mientras los jugadores que se creían estrellas sacaban pecho esperando su elección. Siempre hay dos que se asignan la capitanía, frecuentemente rivales entre ellos, evitando que finalmente pertenezcan al mismo equipo. Desde ahí en adelante, se van eligiendo alternadamente manteniendo la jerarquía respectiva, de mejor a peor.
Para el sorteo existían diferentes alternativas: cara o sello, quien pisa primero el pie del otro o dominar la pelota sin que ella toque el suelo. Cara o sello era tan simple como tirar una moneda al aire, aunque resolvía inmediatamente era una práctica sin emoción, por lo que quedaba descartada a veces sin nombrarla. Para las dos alternativas faltantes dependía del carácter de los capitanes. Si ambos se desafiaban, el que tenía la pelota comenzaba muy seguro de sí mismo a dominar sin que esta toque el suelo. Tan seguro se encontraba que si fallaba antes de llegar a diez, se daba una segunda oportunidad. Era un trámite aburrido y los únicos que se divertían eran ellos mismos, contando a veces más de cien toques cada uno. Pero si uno sabía que el otro lo doblegaría, se optaba por la tercera opción. Ambos se ubicaban estratégicamente a una distancia tal, que caminando hacia sí colocando un pie pegado del otro, el que pisa primero el zapato del otro ganaba. Entre los que esperaban habían algunos que hacían señas al capitán para ser elegido de acuerdo a sus preferencias. Se alternaban “Dame el Jaime, a mí el Iván, dame al Víctor", uno por medio los elegidos caminaban a pararse al lado del capitán que los eligió. Una vez terminada la elección y, si uno de los equipos quedaba en evidente desventaja con respecto al otro, mediante un mutuo acuerdo, cambiaban a dos malos, por uno regular.
En algunos casos, el dueño de la pelota se atribuía como uno de los capitanes a elegir, partiendo él primero para quedarse con la principal estrella. El efecto era el mismo. Se sentía muy cómodo porque de todas formas se sentía "elegido" por el bueno. El control lo tomaba el capo ubicándose estratégicamente detrás soplándole a quien más convenía señalar. "al Marcelo, al Enrique, al Manuel”.
Entre los últimos elegían a Manuel. Formaba entre los de su equipo sin hacer ningún comentario. Nadie se daba cuenta, pero él se calificaba cómo jugador oportunista. No jugaba mejor ni peor que el resto, pero cómo era astuto, convencía al arquero o al capo de su equipo que apenas tuviera la pelota, la lanzara al arco contrario de cualquier forma, no importa, ahí siempre estaría él. Y claro, de doscientos pelotazos que recibía lograba acomodar al menos cinco y hasta con unas fintas fantásticas, medio cayéndose y sin levantar la vista, la embocaba en medio del arco contrario. Manuel siempre entendió que la estrategia de un equipo es elegir un líder y que sea éste el que da el pase a quien corresponda. El líder no podía ser la estrella. Aunque el equipo este formado por puras figuras, mientras no tengan un líder no lograrían nada, cómo equipo no llegará a ninguna parte. Nada más que puras proezas individuales.
Tanto fue lo que desarrolló la idea de formar un equipo que relacionó la forma de ser de los niños dentro y fuera de la cancha. Por ende sabía a priori cual sería el equipo ideal para participar en un campeonato y terminar en los primeros lugares. Los niños que en la cancha reflejan su poca cultura deportiva: traicioneros, groseros, matones, acaparadores, sucios, son así también fuera de la cancha. Eso no es ser inteligente, asociaba.
Pero Manuel sabía muy bien el porqué no fue bueno para los deportes: por la poca dedicación. Su padre entendía que el ser capaz y triunfar en la vida, - no se refería a éxitos económicos - se lograba siendo brillante en los estudios. Según su padre todo lo demás eran accesorio que estaban más cerca del ocio, - más precisamente vagar - y había que financiarlo. Primero era pensar cómo conseguir los recursos, y cómo él no estaba en condiciones de obtenerlos porque ya no le daba el cuero para más trabajo, le inculcaba que por ahora sólo se preocupara de estudiar. “Tú decides”. Lo dejaba en libertad de acción para que decida de donde obtenerlo. “Perder un par de pichangas por estudiar era tener muchas pichangas en el futuro”, algo así cómo “pan para hoy, hambre para mañana”.
Manuel le recordaba con mucha emoción, “si quieres ser deportista, tienes que ser cómo “Pabloski”, capo para el ajedrez” - no existían todavía un Chino Ríos, o un Salas o Zamorano – “si sueñas con ser músico tienes que ser cómo Los Bitles”. Alta la vara le puso el viejo. Se dedicó al ajedrez con mucha constancia, lo aprendió, por suerte lo encontró divertido, y cómo homenaje y gratitud a su padre por el buen gusto de elegir por él cual debía ser el deporte a practicar, dedicaba gran cantidad de horas jugando con él. Su padre quedó admirado al ver que a los nueve años éste mocoso ya podía ganarle. La madre en ese entonces preguntó al padre a que edad él aprendió. Respondió que cuando estaba en cuarto preparatoria. Su madre agregó, o sea, “también comenzaste a los nueve años, mi amor”. Fue una de las pocas veces que vio a su padre aportar con una broma, “hijo, somos superdotados”.
Cuando recordaba a su padre lo veía tan distante. Mecánico de automóviles. Siempre administrando su propio taller. Era un viejo de apariencia amargado que se la pasaba todo el día reclamando. Si había algo que estaba poco claro, él se encargaba de levantar la voz y rápidamente lo ponía en su lugar. Por ende pagaba todas sus deudas y en cuanto a consumos era austero hasta el fanatismo. Nunca mentía. Era incapaz de engañar o embaucar a alguien si existía alguna posibilidad de riesgo. Dentro de sus características era un personaje locuaz. Todo lo conversaba. Mejor dicho lo dictaba. Ante cualquier trabajo o problema que se presentaba, anteponía en voz alta su frase predilecta: - “veamos”, “recapitulemos” -. Se paraba en una posición majestuosa frente al motor del auto y, cómo un catedrático de prestigio, realizaba un resumen del trabajo a realizar. Tomaba el repuesto que se iba a analizar y, mientras la manipulaba con ambas manos, decía: “Presentemos la pieza”. Mientras la sostenía con una mano, la otra la metía al bolsillo de la cotona donde siempre mantenía un guaipe húmedo con bencina para limpiar lo poco que se había ensuciado. Luego cambiaba la pieza de mano y procedía a meterse la otra al bolsillo, del otro lado, que contenía otro guaipe con bencina. Así sus manos lucían siempre limpias. A lo más resecas con un leve tono blanco, producto de la bencina que tanto utilizaba para limpiar sus manos. Era tanto el impulso compulsivo de lavarse cada vez que se sentía sucio, que sus mecánicos ofrecían su ayuda para cada maniobra que él realizaba. “El problema de esta bomba de agua” decía, mientras la levantaba cómo un cáliz en una misa dominguera, no faltaba el buen samaritano que, haciendo causa común con la higiene de su patrón, exclamaba “jefe, yo se la sostengo”.
Vivía todo el día en su taller. Nunca le faltó el trabajo. Cuando se enfermaba, siempre estuvo cubierto por gente de su confianza. Desde muy temprano el taller ya estaba en pleno funcionamiento. Cada uno de los mecánicos que trabajaban en el taller era su segundo. Para cada actividad existía un nombre, y éste a su vez, tenía definido su reemplazo. La capacidad de ir delegando la fue adquiriendo con el tiempo hasta convertirse en el mejor. Cuando advertía que una actividad la estaba repitiendo tomaba la decisión de enseñarle al que sigue, se daba el tiempo y aplicaba toda su capacidad persuasiva para que su segundo realizara el trabajo con verdadero entusiasmo. Cómo hablaba fuerte, casi a gritos, los demás tomaban atención como si fuera una lección más. Nunca se repetía. Aun enseñando lo mismo lo acompañaba con anécdotas propias o ajenas. Cómo su carácter era más gruñón que cálido, sus historias eran del más puro humor negro.
En el taller disponía de espacio suficiente para albergar más vehículos de los que respondía la capacidad para reparar, por lo tanto, no se complicaba de recibir mecánicos que se ofrecían a trabajar con él. Eso sí, existía todo un estricto protocolo para incorporarse al taller imposible de eludir. El ingreso de cualquier trabajador era siempre cómo aprendiz. Se le asignaba un mecánico cómo apoderado. Este lo debía incorporar, relacionarse, rendir, y si era necesario despedir. Todo un ciclo. Los aprendices usaban cotona verde, los mecánicos usaban cotona azul y, los que adquirían calidad de supervisor, usaban cotona blanca. " Pobre del aprendiz que se atreva ponerse una cotona azul”. Manuel recuerda que era muy graciosa la relación con los supervisores. La cotona tenía que lucir impecablemente blanca. Si estaba sucia con grasa implicaba que realizó labores de mecánico y se supone que él no estaba para eso, era muy caro, escuchaba a su padre recriminarlo y decirle
- Debiste asignar un mecánico, tú no estas para eso menesteres.
Todo este asunto producía una reacción en cadena, que conducía a que el taller, a diferencia de otros similares en el sector, luciera ordenado. Si los supervisores se preocupan de no ensuciarse, porque implicaba labores de menor jerarquía, exigían que todo se mantuviera limpio. Este asunto llevaba a que cada mecánico realizara su trabajo en las condiciones más ordenadas. Cuando retiraban las herramientas del pañol la recibían limpias, el encargado les ordenaba
- Así las deben entregar
Posteriormente, si las herramientas no llegaban limpias, el encargado, que lucía una impecable cotona blanca, simplemente no las recibía. El mecánico debía repasar, con un guaipe empapado con bencina, cada una de las herramientas hasta que estas luzcan totalmente limpias. Se preocupaba de mantener todo su sector en perfectas condiciones de limpieza. Así también exigía lo mismo: si les tomaban las herramientas o le ocupaban una máquina en el banco de trabajo, se la debían entregar limpias.
- Ojo con las herramientas - le decía el mecánico al aprendiz recién llegado. - Si quieres progresar debes mantener las herramientas limpias.
El mesón, el piso, el pozo, todo el alrededor permanecía limpio con el único afán de que al dejar una herramienta ésta permanezca limpia. Lo mismo con los vehículos. El supervisor sólo inspeccionaba el trabajo cuando estaba todo impecable, se preocupaba más de la limpieza que de la mecánica. Por lo mismo, los mecánicos se preocupaban de completar el trabajo mecánico propiamente tal con todo los detalles que siempre son no tan entretenidos, por ejemplo la limpieza. “El trabajo termina cuando todo está reluciente”. Y cómo los incentivos dependían de la aprobación del supervisor, estos se preocupaban que así fuese. Así también un aprendiz se evaluaba dependiendo de su capacidad de mantener el orden. Tres frases medían la gestión del pupilo
- Si, este cabro es limpiecito - implicaba una buena nota.
- Le cuesta ordenarse - cuando no era muy limpio pero aprendía
- Es cochino y desordenado - reprobado, se despide, aunque fuese un buen mecánico.
El ascenso de un aprendiz a mecánico era celebrado con un asado, donde todos participaban. El homenajeado no era el pupilo recién ascendido, sino que era el mecánico apoderado
- Salud, por tú pupilo – pero al aprendiz ascendido ni lo inflaban.
El padre recordaba que antiguamente tener el honor de pasar de aprendiz a experto era un concepto de mucha responsabilidad. Tenía que ser avalado sólo por un experto. Por eso el mecánico era la estrella.
Manuel no vivía muy conforme con la enfermiza obsesión por el trabajo. Muchas veces se preguntó cuando dejaría de trabajar entre los fierros. Su padre un día, muy molesto, lo rebatió diciendo que "la historia la protagoniza el hombre actual, de hoy. No el de ayer ni el del mañana. No era él quien debía de encargarse de escribirla. Su compromiso era producir un taco para que otra generación la escriba. El debía de recibir todo los golpes y soportarlos, pero ni por nada dejarlos pasar y que repercutan en su familia, en sus hijos. Si tenía que pasar todos el resto de su vida trabajando cómo lo había hecho hasta ahora, era para que sus hijos tengan la oportunidad que elijan algo mejor".
A Manuel nunca le molestó ser mecánico, y a futuro hacerse cargo del taller. Es más, lo encontraba hasta alentador. Pero quiso entender lo que su padre le quería decir. Así cómo un día aprendió ajedrez para complacerlo, que a la postre fue su único contrincante, así también decidió entenderlo ¿Cómo? Esa era una pregunta sin respuesta. Lo consultó con su madre y ésta le dijo que no se preocupe.
- El único y verdadero objetivo de tú padre es que todos nosotros seamos felices
La frase de su madre le quedó dando vuelta. Era muy niño para entender tanta realidad.
- Y él, ¿no cuenta en este asunto? ¿Acaso mi padre no es feliz?
Se preguntaba cuál debía ser la condición ideal para que su padre sea feliz. O identificar que cosas lo hacían infeliz. Con sus apenas diez años ese tipo de conflicto no era trivial. Si en algún momento lo complicó la existencia del viejo pascuero, eso no era nada comparado con el problema que llevaba a cuesta. Eso lo llevó a que abriera más los ojos y poco a poco se fijó en otros padres: los papás de sus amigos. El papá de Carlos era más viejo, el papá de Jorge jugaba con ellos a la pelota. Algunos tomaban vino. Tanto papá lo complicó más aun. Tanto es así que enredó a su madre con tanta pregunta, preocupándola más de lo necesario. “¿Mi papá esto?, ¿Mí papá esto otro?” Su madre asustada se imaginaba cualquier cosa. Entendió, a pesar de su corta edad, que ese tipo de pregunta no debía hacerla, sobre todo a la que consideraba la persona más inocente de la tierra.
Mientras se refugiaba en los brazos de su madre, viendo televisión o antes de dormirse, no se atrevía a preguntar nada. La miraba y sólo entendía que ella estaba para hacerle cariño. Lo mismo con su padre. Pensó que sí lo comenzaba a atosigar con preguntas tan poco claras él también se confundiría. Puso más atención a las cosas que decía. Era el niño quien tomaba la iniciativa para relacionarse con su padre.
La falta de humor también la relacionó con la felicidad. Contabilizaba las veces que lo veía reír. Podía distinguir distintos niveles o expresiones de risas en los rostros de las personas. Se acercaba al taller y contaba chistes a su padre, para verlo reír, para verlo feliz. Cuando su padre no lo podía atender por estar reunidos con clientes o en reuniones de trabajo, esperaba ansioso la llegada del padre para preguntar que conversaron, si acaso lo habían hecho reír. Cuando veía a su padre y madre reírse, se sentía muy satisfecho de creer que estaban felices. Con el tiempo “los chistes” ya no era suficiente. También evitaba crearle problemas. Cuando su padre lo despertaba en la mañana, muy temprano, ya no le ponía problemas, aunque con el tiempo supo que los padres tradicionalmente son esas las cosas que más recuerdan de sus hijos, las travesuras, las llamadas de atención, los castigos. Aprendió a mirar de frente cuando le hablaban, a escuchar con una sonrisa en los labios y sin contradecir. Nunca a negarse cuando le ofrecían algo. Antes de interrumpir una conversación, formalmente pedía disculpa. No eran buenos modales lo que él ejercía. Era una necesidad de ir fortaleciendo en su padre la idea de felicidad bajo los conceptos que él los entendía. Herir el auto estima de su padre era factor para verlo triste, por lo que lo fortalecía cada vez que podía. De vez en cuando se dejaba vencer en el ajedrez de una forma magistral, sin que él se de cuenta, por lo tanto lo vería mas menos feliz. Cómo ya advertía cuales eran las situaciones que podían traer algún grado de conflicto y por ende algún tipo de dificultad para obtener su felicidad, estudiaba las materias del colegio con mejor disposición porque disminuía el riesgo de traer malas noticias con malas notas. También mejoraba la conducta para no llevar problemas a sus padres, se incorporaba en los grupos que su padre o su madre le insinuaban, todo para hacerlos feliz.
Eso lo llevo a cambiar su conducta de forma radical. Ya de lleno en la pubertad, cuando el tema complicado de la felicidad de los padres se había borrado junto con el viejo pascuero, manejaba su comportamiento con mejor pericia. En las relaciones familiares era un verdadero ángel. El organizaba todo. En la navidad, o en las fiestas patrias se encargaba él personalmente de ir preparando el ambiente con anticipación. Desde muy temprano llenaba la casa de música, preparaba el ambiente con aguinaldos. Sabía que su padre llegaría cansado, que tendría ánimo apenas para llegar a la cena, por lo que encendía el entusiasmo y los veía reírse, los veía feliz.
En los estudios ocurrió algo similar. Antes de una prueba indagaba con preguntas muy precisas y sutiles algunos pormenores que podrían ser de importancia, ya sea la materia que comprende, o el grado de dificultad. Se asombraba saber que había estudiado lo preciso. Las notas no subieron. No era esa su finalidad. No se convirtió en un típico mateo que estudiaba todo, con esfuerzo extraordinario, pero si advertía que se tomaba menos tiempo en preparar una prueba.
Era experto en manejar la compasión. Con eso atraía a los que los rodeaban. A veces se sentaba con su padre en la mesa y le decía que estaba aburrido, para que su padre se sienta bien consolándolo, ofreciéndole cariño, apoyo. Con su madre resultaba a las mil maravillas. Manuel hacía rato que ya era autosuficiente pero cada cierto tiempo encendía la hoguera de la emoción. Su padre que no era ningún leso, sumado que era un tipo ya con sus años y Manuel sólo un niño, lo llevaba a su terreno, le preguntaba por su colegio, por sus amigos, Manuel respondía que todo bien
- Y entonces ¿cómo es que estás aburrido?. – Vivo el viejo.
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