Nuestras reuniones mensuales con mis amigas y amigos eran puntuales. El local estaba lleno, el tono de voz ya era varios decibeles más altos. El bullicio casi ensordecedor.
Y las copas se llenaban a un ritmo peligroso.
Cuando la cantidad de alcohol llega al límite de la insolencia el tema de conversación es un poquito subido de tono. Insolente porque a veces se tocan temas íntimos de conflictos en el trabajo, vidas familiares y muchas veces el atrevimiento y la osadía de algunos de dar consejos carente de tacto y tino. A veces esa impertinencia conlleva enemistarse por varias semanas. Lo más sano era que se den de trompadas.
Estábamos en la hora de los comentarios íntimos. El tema era “En cuantas horas se te fué todo a negro”.
El primero contó su experiencia cuando estaba postulando a una aerolínea, allá por los inicios de los ochentas..
Estaba todo listo, - decía - las entrevistas de rigor y luego la aprobación. En mi trabajo anterior me tomé los días de vacaciones. Así a sugerencias de mi nuevo jefe asistí varios días para ir conociendo el teje y maneje.
Llegó ese día lunes.- Salud. decía, para prepararnos al remate del cuento - Primero me dirigí a primera hora al trabajo anterior y presenté mi renuncia. Me burlé de ellos cuando me increparon que ese no era el procedimiento. Me retiré. Escuché un portazo tras mío. Estaba saliendo por la ventana.
A las 11 de la mañana me presenté en mi nuevo trabajo. Terno nuevo. Llegué saludando feliz a todo el mundo. Al portero, a la gente del aseo y a mis futuros compañeros. Mi escritorio no estaba disponible pero quién lo ocupaba me dijo muy compungido que me esperara un ratito, qué estaba escribiendo algo. No importa . dije - me dirigí a servirme un café, totalmente apoderado de mi nuevo lugar de trabajo. En el camino me interceptó mi nuevo jefe. Ambos nos servimos un café y me invitó a pasar a su oficina. Cerró la puerta y en los segundos que tardó en sentarse me comunicó que la negociación tuvo un revés. En esos mismos segundos me percaté que lo que estaba a punto de ocurrir era propio de una escena surrealista. - “Fojas cero, Nada que hacer. El negocio se esfumó” . De nada sirvieron mis argumentos, quise atormentarlo psicológicamente, le hablé de la situación del país, la cesantía, mencioné la familia y los hijos. Nada. Fue cortés, debo decir, porque esperó que me sirviera el último sorbo de mi café, se levantó y me dijo “te acompaño a la puerta”. A medio día estaba cesante. En 5 horas estaba en la calle..
El grupo quedó mudo. - Salud, salud, - Impactante, - Qué terrible, ¿Y qué hiciste? Si dejaste el trabajo anterior en mala. Las niñas pensaban - Huy, si me pasara a mí, me muero.
El segundo, aprovechando la hilaridad del momento no quiso ser menos y arremetió con su caso.
Estábamos en el último año de universidad. También a inicio de los años ochenta. Sabíamos que el mercado pagaba muy bien a los que estudiaron carreras relacionadas con computación. así que en cuanto a trabajos nos hacíamos de rogar. En el diario mural del centro de alumnos apareció un aviso necesitando profesional experto en base de datos y comercio exterior. Me aluciné. Si era base de datos me consideraba el mejor. Así fue. Me presenté y al lunes siguiente ya estaba ocupando uno de los escritorios con una renta equivalente a la que ganaban los mismos profes. Mi prestigio se elevó al máximo. Todos me hacían preguntas, era el capo en base de datos. Ya al mes, mi jefe me llamó para reclamarme que los informes que entregaba no estaban correctos. Me hablaba de cosas que apenas entendía, “interés compuesto, paridad, nada estaba de acuerdo a las normas”. Muy sincero le comenté, pensando que mi jefe lo merecía al seleccionarme desde un montón de postulante, que nadie se había acercado a guiarme en este complicado tema. Mi jefe, que seguramente sabía la respuesta , argumentó que no tenía nada que decir con respecto a mis conocimientos de base de datos, pero los de comercio exterior eran mínimos.
Así que me ofreció continuar pero la renta debe ajustarse. “No pretenderás que te vamos a pagar por algo que no tienes ideas” Me ofreció un poco más de lo que ganaba como ayudante en la universidad. Así que ese lunes, a las 12 de la mañana, estaba caminando por Morandé sin rumbo. Cuatro horas.
Ha bueno, comentaron en grupo, no fue tan impactante, eras estudiante, no perdiste nada.
El prestigio y la lata de pagar como tres terno que compré a crédito
Y yo tomé la palabra.
Esto ocurrió hace un mes. La conocí por Tinder. Nuestros diálogos eran transparentes. Dos tortolitos. Cuando la conocí era la mejor. Bella. Estudió música en la secundaria. Luego estudió ingeniería. Habilosa, inteligente. Nos comunicamos fluidamente. Almorzamos, caminamos. Me estaba enamorando. Tenía que tomar una decisión pronto. Casi nos besamos, estuvimos a punto. Por esas casualidades por donde andábamos nos confundían por marido y mujer. Por afiatado matrimonio. Decidimos formar un club. Donde la primera obligación eran darnos los buenos días y las buenas noches. Nos comunicamos a diario. Por Whattapps. A veces la llamaba. Enloquecía con su voz. Le mandé unos cuentos. Seleccioné los relacionados con enamorados. Les gustó. Le escribí otros con humor. Alucinaba. Me sentía un premio nobel. La sede de nuestro club era el Liguria. Nuestro cóctel preferido era una jarra de borgoña. Se venía la navidad y el verano. Lo pedíamos con hielo. Refrescante. Al poco rato ya estábamos casi ebrios y hablando de nuestra vida. A la salida caminabamos por Lastarria y todo nos parecía un carnaval.
En uno de nuestros encuentros decidí declarar mi amor. Decirle que pensaba todo el día en ella. Que debía tomar urgente una decisión con respecto a lo nuestro, que me estaba volviendo loco. Loco de amor.
Nos disponíamos a pedir la carta cuando, ella, sin ningún atisbo de duda, muy segura de sí misma, me comunica que estaba saliendo con otro. Estaba dando vuelta la página.
Yo me creí morir. No me estaba comunicando de a poco. No fueron horas. Fueron minutos. Estaba ilusionado y de pronto desilusionado. Sufrí mientras me comunicaba que ya hacía días que la situación era otra. Mientras yo pensaba en ella y creyendo que ella pensaba en mí, no era tal. Ya tenía otro. No me dio tiempo para enojarme, reclamar, desilusionarme.
Me sentí pésimo. Me estaban haciendo el cuento del tío. Gato por liebre. El cambiazo.
Luego de comer, salimos por el mismo lugar. La misma entrada donde me sentía dichoso porque nos confundían por matrimonio, ahora salíamos y sentía que los mismos meseros me daban su sentir.
El regreso fue un funeral. No había carnaval. La despedida fue cruel. Después que nos separamos me senté en un paradero a llorar.
Oficialmente al día siguiente me comunicó que era su amigo. Tuve que hacer serios esfuerzo para desconectarme. Afortunadamente me dio espacio para verla un par de veces y convencerme que ya nada existía. Hablarle por whatapps. me hacía daño.
Mi vida cambió. Era uno y en tres horas terminé otro.
Hubo un par de segundos de silencio. Pensé que se había pasado la mano con tanto dramatismo. No fue así….
Quién te va a creer una cosa así. . Me dijo Pedro.
De adonde vas a conseguir una mina que te prometa tanto. - Me dijo Isabel.
Y te las das de escritor, cuando apenas sabes escribir memorándum, ni carta de renuncia. Escritor de pacotilla. - Acotó Luisa.
Por hueón pagai vos la cuenta. -- Remató Alvaro
Y me dejaron solo.
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