jueves, 16 de junio de 2016

Por los pasillos de la U

Estamos en el año 1983. Comienzo diciendo que ya tengo veintiséis años y aún asisto a la universidad.

Cuando egresé de la carrera tuve un año de trabajos esporádicos, ahora estudio un post grado. Claro que no he evolucionado mucho. Todavía mantengo de amigos a los mismos mal educados y desubicados compañeros de siempre, la mayoría aun estudiando la carrera, se juntan a carretear hasta quedar botados y los tan escasos “tiempo libre” se encierran en locales de mala muerta a jugar pool. Como nunca aprendí a jugar ya que siempre ocupaba ese tiempo para estar con alguna niña en un plan de conquista no fue para nada extraño que en esta segunda etapa de estudios nuevamente me reste de acompañarlos y a la postre continuar con mi tradición de dedicar esas horas a las conquistas esporádicas.

Como ya no era un estudiante tradicional de ingeniería, sino que de post grado, para pagar mis estudios dictaba clases de matemáticas en las carreras llamadas humanistas. Entre ellas estaban las parvularias, bibliotecarias, psicologías y algunas pedagogías, donde la cantidad de alumnas “femeninas” era muy superior a mis compañeras de ingeniería. Como profesor sentía que mi deber era conocerlas y llamarlas por su nombre, saludarlas en los pasillos de la universidad y recibirlas en mi oficina para sus consultas; a pesar que para eso estaban los ayudantes, aun así se la ingeniaban para tener un contacto directo con su profesor.

 

En los horarios libres continuaba conversando con mis amigos tradicionales, almorzábamos, a los rezagados los ayudaba en sus ejercicios matemáticos, y nunca se restaban de recordarme el privilegio de hacer clases a tantas alumnas femeninas. Ya tenía solicitudes de algunos de ellos para que el próximo semestre sean mis ayudantes. Sin embargo la respuesta ya la tenía preparada: los alumnos ayudantes tenían que ser de la misma carrera. Mentira.

 

Al poco tiempo los habituales café o las bebidas en los distintos kioscos de la universidad ya no era solo con mis habituales compañeros, sino que también me acercaba donde estaba alguna de mis alumnas. Así fui conociendo a las amigas de mis alumnas, a sus pololos, a sus amigos, y también profesoras y académicos de sus carreras. Todo un mundo nuevo. Había multiplicado por cientos la cantidad de personas conocidas.

 

Mis amigos terminaron por acercarse de alguna forma a mis nuevas amistades, nos juntábamos o nos saludábamos en los kioscos, en la biblioteca, y ellos vivían en carne propia lo que no todo el mundo ve y los que ven saben convivir con dicha realidad.  Explico. Esta es una universidad Católica carísima. Más de la mitad del alumnado pertenece al quintil de las familias más adineradas del país. Y es transversal. La mitad de los académicos, los directivos, profesores, asistentes sociales, bibliotecarios, servicios médicos, profesores adjuntos, etc, etc, pertenecen a dicho quintil. 

 

La manada que pertenece a dicho quintil se confunde con el resto de los alumnos principalmente porque el objetivo es el mismo. Si se mira con paciencia se detectan ciertos comportamientos que no se ven en la otra porción. Se reconocen porque diariamente asisten a las distintas capillas repartidas en los campus, viajan por el país para trabajos voluntarios en invierno y en verano, los equipos deportivos, sea futbol, gimnasia, golf, equitación, natación, alpinismo y otros viajan a torneos interuniversitario principalmente de Europa. La mayoría se conocen porque ya estudiaron en los rimbombantes colegios privados, veranean en los mismos balnearios, centros de sky, y van a las mismas clínicas.

 

Dentro del perímetro del campus, convive una comunidad integrada, todos se saludan, conversan, bromean, no existen cursos con requisitos reservados, a los profesores los eligen por excelencia, todos van a los mismos kioscos, biblioteca, y así, pero de pronto te das cuenta que gran parte de tus amigos, o al menos así lo creías, nunca te ha invitado a su casa, a su cumpleaños, no conoces a su familia, etc. En cambio entre ellos sí.

 

En mi entorno se conversaba dicho tema pero no se tomaba conciencia sobre dicha realidad. Los descargos para demostrar que dicha afirmación cuántica era un poco exagerada tan solo bastaba con fijarse que en muchos casos, ya sea un jefe de carrera, incluso hasta un decano, siendo este perteneciente a los quintiles intermedios, sin que esto se confunda con una escala valórica,  tenía a su cargo profesores o profesionales que pertenecen a ese quintil superior, y pese a esa diferencia la convivencia universitaria era absolutamente profesional. Algunos profesores se delatan porque no piden aumento de sueldo ni tampoco pertenecen a algún sindicato, porque su mesada que reciben  de sus empresas familiares es varias veces superior a su sueldo. También es notorio cuando un profesor se toma un año sabático ya sea para viajar o contraer matrimonio. Ni nombrar su luna de miel.

 

No he querido dar un enfoque arbitrario o quizás un poco negativo de como veo la comunidad universitaria, al contrario, quiero valorar que en un país donde todavía existen las diferencias sociales, en este campus existe perchas donde dos alumnos distante en la línea social, puedan colgar su chaqueta una al lado de la otra. Así pasa también en los estacionamientos, en los casinos, en los parques, en la biblioteca, y en la misma sala de clase. Son cientos los ejemplos donde dos o más alumnos se unen para los trabajos, para disertar, para presentar proyectos.

 

Los que no concuerdan mucho con lo que estoy diciendo, me prueban que se crean muchas amistades que duran toda la carrera, y que continúan después en la etapa laboral, pretendiendo decir y auto convenciéndose que no existe esa diferencia a la cual hago hincapié, pero en la mayoría de los casos no hace más que confirmar la regla. Es fácil conocer de cerca en lo que terminan esas amistades. Si dos alumnos se conocen desde el comienzo de la carrera y uno de ellos pertenece a este quintil que hemos nombrado varias veces, ya en la vida laboral, el poderoso, porque ya en la vida laboral así se llaman, le ofrece trabajo a su amigo en algunas de sus empresas. Quizás jueguen tenis, en horas de trabajo. Quizás lo invite a su boda.

 

Puede que exista una excepción. Quizás se suman varias. Quizás las miradas furtivas de la niña que casi a diario la veo sentada en uno de los bancos cuando camino a mi oficina pertenezca a ese quintil. A veces me detengo sentándome en otro banco en los alrededores cruzando nuestras miradas mientras ella conversa con sus amigas y yo leo. A veces corrijo pruebas.

 

De las miradas pasamos a los saludos espontáneos; cada vez cuando camino hacia mi oficina y a la misma distancia me saluda muy sonriente haciéndome señas. No era una de mis alumnas. No parece alumna de pregrado. ¿Por qué ese saludo tan efusivo? A veces conversa con alguna de mis alumnas y me ha saludado estando con ellas, por lo tanto debe saber que soy profesor de matemáticas. No está confundida entonces. No entiendo.

 

Al paso de los días decidí comprar dos café y acercarme al banco donde acostumbra sentarse. Nos presentamos. Martina es su nombre. Se mostró sorprendida que yo era profesor de matemáticas. No le creí. Necesitaba clases particulares. Me comentó que su fuerte no era precisamente el cálculo y necesitaba aprobar dicho ramo. Otra mentira. Fue fácil averiguar sus notas y para nada era mala alumna. Demasiadas coincidencias para aparecer como una casualidad.

 

Comenzamos las clases particulares. Periódicamente reservábamos un cubículo en la biblioteca y ahí jugábamos, yo era el profesor y ella la alumna que poco a poco aprendía. Después caminábamos hacia nuestro banco preferido a tomar café y a conversar de nuestras vidas. Más bien era un interrogatorio. Ella hacía las preguntas.

 

Los protocolos se cumplían. Al dirigirme a la sala de clases y pasar por donde ella se encontraba con sus amigas, debía hacer un alto y acercarme a saludarlas. Me tomaba mis resguardos saliendo por lo menos diez minutos antes para no atrasarme. Sin embargo, cuando yo me encontraba con mis amigos, ella no se acercaba a saludarme, se detenía a unos diez metros, desde ese lugar me hacía señas saludándome. Yo debía despedirme de mis amigos y salir a su encuentro. Ya era protocolo.

 

Mis amigos comentaban

 

-          Lo perdimos

 

Y los más amigos

 

-          Fina la niña

 

Y había más. Me sugirió, para no atrasarnos, definir cómo punto de encuentro la capilla de su facultad al medio día en punto. Todos los días. Tomados de las manos permanecíamos unos minutos mientras escuchábamos al capellán su homilía. También nos arrodillábamos.

 

Aprobó su semestre sin problemas. Fue muy responsable en estudiar los temas que le daba de tarea. Tan responsable fue que tuve que ir a su casa a continuar nuestras clases mientras estaba resfriada. Su madre, encantada de conocerme, según me dijo, me ofreció su casa. Su padre no tanto. Sus hermanos menos.

 

En el verano salimos de vacaciones. Me invito a Santo Domingo. Ahí también hay una capilla. Y conocí su campo en Chillán. Ya me indicaron cual sería mi caballo, aun potrillo.

 

Al segundo semestre del segundo años hablábamos de nuestro futuro. Se interpretó como una formalización. Fue muy precisa para recalcar que nuestro encuentro no fue casual.

 

-          Yo te elegí.

 

También muy precisa para recalcarme que su familia y sus amigas me aprobaron.

 

La formalización se acercaba. En las noches conversábamos de nuestro futuro. Si queríamos vivir o viajar a nuestro antojo debíamos casarnos de todas maneras.

 

-          Hay ciertas condiciones eso sí. Mira, escucha.

 

-          Me deberás acompañar a misa todos los domingos, junto a mi familia.

 

-          Serás muy amistoso con mis amigas. Ellas son todo para mí.

 

-          No tendrás nunca más "tus amigas”. Si es necesario conversar con ellas solo lo podrás hacer durante quince minutos. Estando yo presente en los alrededores. Nunca a solas.

 

-          Mis amigos y los esposos de mis amigas serán tus amigos. Olvídate de los amigos de antes.

 

-          Me llamarás todos los días a medio donde quieras que estés.

 

Fin primera parte.

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