martes, 26 de agosto de 2003

Fin de semana largo

Fin de semana largo.
Son exactamente la una y media de la noche o madrugada y escribo:
Los fines de semanas largos siempre me han sido tortuosos. Planifico demasiadas cosas y en realidad no hago ninguna.
El fantasma de falta de organización y planificación no solamente me afecta en los asuntos de trabajo, sino que constantemente me aparece y me obliga a pensar más de la cuenta y eso cansa.
No es novedad tener muchas cosas que hacer, cómo todo el mundo, sino que la gracia es hacerlas. Y realizarlas todas con la debida planificación, con los tiempos y los espacios adecuados de tal forma que ninguna de las actividades resulte damnificada y cruelmente postergada con fecha de realización indefinida.
Las buenas costumbres señalan que es saludable separar las horas de trabajo con los ratos de ocio. Creo que es una gran habilidad de algunos que logran, día a día, entregarse de lleno a las tareas que son asignadas, por ejemplo tiempo para ganarse la vida, y regalarse por entero a las horas de ocio, cuando corresponde, ni un minuto más ni un minuto menos.
Pero a mí ese asunto tan clásico me resulta demasiado enredado. Yo funciono según las estimulaciones e inspiraciones diarias, voy improvisando día a día lo que voy a realizar el día siguiente. Aprovecho la luz solar para reactivas mis células y camino bajo las estrellas para revisar si tengo una reservada. Soy un fanático de escribir en agendas porque no tengo parámetros ni referencias naturales para saber que es lo que tengo que hacer hoy, mañana o pasado. Los tiempos de ocio los aprovecho para adelantar trabajo y las horas de trabajo para cultivar y enriquecer mi espíritu. Me encuentro de sopetón con la hora de almuerzo y suelo vivir con las cuentas vencidas.
Los fines de semana son otro cuento. Tienen su propio ritmo y en eso creo que coincido con muchos en que lo utilizo para realizar lo que en la semana hábil de cinco días no alcanzo. Claro que lo que no terminé el fin de semana no lo dejo para el próximo, sino que continúo el mismo lunes y al diablo la semana laboral.
Psicológicamente me preparo para el fin de semana y dejo reservado el lunes para enfrentarme a situaciones inesperada.
Lo que no es común, y así cómo de pronto se me vienen encima las vacaciones, son los inesperados fines de semana largos los que me “joden la pita”. Y más aun cuando hay días puentes que dejan media semana adicional para disponer de ellos cómo si fuera un gran festín de ocio y descanso. Yo también espero los fines de semana largo, sobre todo para disponer de las noches y dedicarlas a cosas pendientes; frecuentemente me duermo cómo a las tres de la mañana y son, de todas maneras, más productivos que los días laborales, ausentes de teléfonos, reuniones, presentaciones, bochinches y extravagancias. Pero la sensación de que estoy robando tiempo a otras presas si no me deprime, me pone nervioso. Ya, de pronto, siento deseos que sea lunes y hacer lo que se hace en la semana y ya.
Valga la pena el prólogo porque lo que voy a explicar ahora tiene relación con los fines de semanas largo.
Conocí a una persona que me encanta. Con el transcurso del tiempo esta persona revivió mi necesidad de contar con alguien para conversar esos temas que no se toca con nadie. Si sumamos que a esta edad uno se va poniendo exigente con las cosas que escucha, y selectivo con las personas que las emite, resulta doblemente motivador que ese pequeño milagro se identifique con una mujer.
Recuerdo las primeras conversaciones telefónicas, donde fugazmente se entrelazaban pequeños comentarios que me alimentan la curiosidad de escucharla más, de entender que podríamos sintonizar y que me daba pie a saber de ella cada vez más. Poco a poco fue naciendo esa chispa que ilumina lo que ya quizás era conocido pero que con el duro paso del tiempo fue olvidado. Fueron inolvidables las tertulias donde ambos permanecíamos atrincherados tras el aparato telefónico, cruzando las primeras intimidades dando a entender que una fiel amistad nacía.
A esta altura debo agregar que ya no sólo quería conversar con ella, sino que además ser compinche de quizás que proyecto, compartir lo que yo hago.
Ella, cómo prueba de confianza y muy atenta, me comunicó que estaría de cumpleaños el 30 de abril. Faltaban pocos días. Pero además la noticia venía acompañada de otra más emocionante: cumpliría cuarenta años. Eso despertó en mí una sensación que no sentí cuando yo los cumplí. Hace ya cinco años. Sentí mucha curiosidad de saber cómo ella lo estaba sintiendo. Sabía que no seria una fecha más. Debo reconocer que el cumplimiento de mis cuarenta años pasó totalmente desapercibido en cuanto a emociones y siento que tengo una deuda no haberlo celebrarlo cómo debió corresponder. Por eso cuando escuché que ella lo estaba viviendo, me permití sumarse a las celebraciones e iniciar una serie de intercambio de opiniones desinteresadas que yo al menos las considero cómo un tardío pero preciado regalo.
Pero el mismo día 30, por esos impulsos psicotripales, quise estar con ella. Sentí un profundo deseo de compartir con ella su fecha tan importante y de paso conocerla. Nada peor fue la forma. Por un terrible inconveniente no pude llamarla y ponerme de acuerdo dónde y cómo ubicarnos. No tuve una segunda oportunidad, ya no tenía cómo comunicarme.
Cómo el día todavía se venía largo, no desesperé y pensé incluso que ya en las cercanías de la hora convenida del supuesto encuentro me llamaría, pero no fue así, y creo que ahí sentí una sensación poco explicable. No soy un personaje que se caracteriza por ser cumplidor en los horarios, aunque si cuando involucro a otras personas. No era primera vez que dejaba en el aire un compromiso de importancia, pero esta vez quedé atragantado y no supe cómo reaccionar.
Lo habitual hubiera sido que al día siguiente retomara el hilo en el punto que quedó cortado. Pero esta vez lo sentina distinto. Aun me cuesta describir la sensación que sentía cuando recapacitaba en lo que había hecho. No era una reunión de negocio donde lo perdido podía evaluarse en términos económico. No era una reunión de amigos dónde después se dan las explicaciones y todos entienden. No era asistir a un seminario dónde pierdes la clase y puedes saber el temario. No. Aquí sentía que estaba pediendo algo inmensurable. No bastaba con retomar el tema donde quedó. Ya sabía que algo se había perdido con lo acontecido. Algo misterioso. Algo cómo la confianza o el encanto.
Sentía que se había perdido la magia.
En el resto de la noche sólo pensé en que lío estaba metido. No dejaba de arrepentirme sobre la leche derramaba. Era incapaz de asumir y pensar que se venía una nueva jornada y tenía que hacer cosas. A cada rato me volvía a la memoria mi triste espectáculo.
Una vez más reposado pensé en cómo dar un atajo a lo que se venía encima. Dar solución en la práctica era sencillo. Bastaba con comunicarnos al día siguiente y dar las explicaciones del caso. Cómo el sol alumbraría para ambos tenía una oportunidad de detener el deterioro. Pero pude distinguir que era lo que me apretaba. Se venía un fin de semana largo y pasarían cuatro días sin poder hacer nada. Recién al quinto día podía enfrentar los hechos.
Con ese escenario no pudo ser más tétrica la situación.
Estamos recién a sábado (madrugada del sábado) y queda todavía demasiado para hacerme el leso. Ahora entiendo. Los fines de semanas largo no me hacen nada de bien. Por ABC motivo se me aparecen los fantasmas fríos y calculadores que revolotean a mi alrededor queriéndome amilanar. No son días tan fáciles de asimilar. Las lecturas se vuelven más intensas. Los pensamientos se afinan. Las sensaciones se agudizan. Al contrario del resto de los mortales, duermo menos y aprovecho más el tiempo en mí. No descanso, al contrario, me apasiono con lo que estoy haciendo. Sin embargo termino deprimido. (Pero los lunes se me pasa)
Mi terapia, la más barata que conozco, es escribir lo que me pasa.

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