lunes, 25 de abril de 2005

Mi suegra


Mientras apunto con la llave en la chapa del auto que aun permanece en el ante jardín, de reojo miro hacia la puerta de la casa para ver si mi suegra aparece.
Siempre hace lo mismo. Por más que entro y salgo antes de sacar el auto a la calle, ella sea como sea se las arregla para estar ahí. Vigilando. Es así siempre.
Al principio, recién casado, lo que más me sorprendió fue ver como vivía pendiente del resto de la gente. Se desfiguraba cuando llegaban visitas sin aviso y la casa estaba desordenada. Era capaz de hacer o dejar de hacer cualquier cosa con tal de no aparecer de bajo perfil. Ella nunca sufría, nunca le faltaba comida, ni ropa, ni humor. Nunca pidió nada ni se quejó. Cuando iba al almacén compraba más de lo necesario para no parecer que le faltaba. Nunca compró medio kilo de carne molida ni un cuarto de queso. No. Compraba como para la semana. Se enojaba cuando a nuestros hijos, sus nietos, los mandábamos a comprar pan con moneda o con la plata justa. Inventaba además paltas y bebidas y les pasaba como sea un billete grande. Si llegaba el camión del gas, junto con salir a pagar, tenía que conversar con las vecinas y explicarle que tenía otro balón de repuesto, no vayan a creer que quedó sin gas. Siempre se levantaba temprano y arreglada como si fuera a salir Hay que estar arreglada y lista, esa era su respuesta. ¿Y si hay que llevar a alguien al hospital, o llegan visitas? ¿Y si tengo un accidente en la calle? Al menos estar con los calzones limpios. Nunca se paraba en los paraderos con el resto de la gente, nada con los rotos, decía ella. Se paraba metros más allá o más acá y hacía parar la  liebre. Y paraba. A ella siempre le resultaba. Andar con ella era un sufrimiento, al menos para sus familiares. Yo me divertía. No así mi señora, que se ponía nerviosa cuando su madre se ponía seria. Con los años fue endureciendo su cara. Su risa cuando joven era hermosa y amplia, pero con el tiempo se hizo cada vez más escasa. Así también su rostro se fue ensombreciendo. Si algo le molestaba, bastaba con mirar para dar a entender su profundo enojo. El largo de la mirada sin pestañar con el ceño fruncido era proporcional a su ira. Si algún comentario lo encontraba fuera de lugar, bastaba enrostrar con su fuerte mirada y descomponía a cualquiera. Hasta su perro le daba esa miraba y se aguachaba. A mí me dedicaba algunas de esas miradas cuando me salía de mis casillas, aunque en realidad eran pocas porque raramente la inflaba, pero a veces era inevitable. Sobre todo cuando estábamos en la mesa, cuando me reía de su hija menor, mi cuñadita, esa vez si me dedicaba una de esas miradas.
Como vivía siempre pendiente de los vecinos yo la hacía sufrir. Todo empezó una vez cuando nos disponíamos a salir en mi auto. Estando todos arriba ella, que subía al último, controlando todo, se despedía de los vecinos que también siempre estaban ahí mirando, regando el pasto o barriendo la vereda, y por esas cosas del azar el auto no partió. Se murió de vergüenza. Se metió adentro de la casa prometiendo que nunca más se subiría a mi auto. No hubo caso convencerla pero con el tiempo accedió. Tuve que prometerle que solo iba a salir de la casa cuando el motor del auto ya esté andando. Pues bien. Se subía de copiloto, porque tenía sus privilegios la señora, y yo de puro gusto inventaba que se me quedaba algo en la casa y apagaba el motor. Lo bueno vendría luego. Al prender el motor le pegaba un par de patada al acelerador y el motor se ahogaba y se apagaba. Al intentar encenderlo nuevamente hacía intento que partía pero sólo se sacudía. Esa vez fue cuando recibí la más cruel de las miradas, tanto que no dude de no seguir ahogándolo y partió de inmediato. Pero eso no paró ahí. Como repetí ese truco cada vez que me subía al auto, exigió que primero que lo sacara a la calle, y cuando esté el motor funcionando varios minutos, sin estornudos, ella se subiría. O si no, no. Así fue. De más está narrar la vez que simulé que el auto no partía y pedí me empujaran. No lo soportó. Se escondió en la casa. Solo salió cuando ya ninguno de los vecinos estaba en la calle.
Cada cierto tiempo el truquito lo volvía a repetir, para delicia mía y malestar para mi señora. Un día el motor estaba andando, pero como justo estaba la rueda sobre una piedra, el auto se movió un poquito hacia atrás justo cuando tenía un pie arriba a punto de sentarse. No se asustó. Se quedó quieta con su mirada prehistórica. De la edad de piedra. Un pie arriba y el otro abajo, esperando que frenara, sin dejar de mirarme feo. Obviamente frené de inmediato, no iba a permitir que cayera. Hum, decía mientras subía. ¿No digo yo?
Un verano partí con la familia y con ella a la playa. En el muelle a los niños se les ocurrió arrendar un bote. Así que nos subimos y nos acomodamos en hileras mientras el bote seguía el ritmo de las minúsculas olas. Yo sentado al centro del bote con los remos listo para empujar y salir, pero en eso mi señora y mi suegra que estaban en el muelle viendo postales también quisieron subir, así que les pedí a los niños que se sentaran a un lado y dejaran espacio en el lado que estaba pegado al muelle para que se subieran. Se subió mi señora, se sentó de inmediato para no caerse y le tocó a mi suegra. Ella con cartera en mano, vestido y tacos, puso un pie en el bote, y miró con cierta preocupación pensando que sería lo mismo que el auto, pero todos nosotros permanecíamos serios. No era para menos. Ya pues, ponga luego el otro pie, pensaba, que no estoy jugando. Como no estaba haciendo fuerza con el remo para mantener el bote pegado al muelle, esté comenzó a moverse lentamente hacia afuera y mi suegra comenzó a quedar con un pie en el bote y otro en el muelle. Ella notó el movimiento, incluso la persona que la estaba ayudando y la tenía del brazo le dijo “salte”, pero ella consideró que yo estaba moviendo el bote a propósito así que prefirió dedicarme una de sus miradas castigadora, me encajó la más cruel. Traspiré helado. “Salte”, grité, el bote cada vez se alejaba más y ella endurecía cada vez más la mirada. A esa altura ya todos gritaban, “mamá”, decía mi señora; “abuelita” los niños y yo presentí lo peor, pero ya no había tiempo, las pierna ya estaban lo suficientemente abierta y simplemente no resistió, el señor que la afirmaba trato de agarrarla bien del brazo, pero no pudo. Su caída fue estruendosa y mientras caía no desviaba su mirada hacia mí y cada vez peor. De paso también botó al viejo que trato de agarrarla. En esa milésima de segundo antes de desaparecer bajo el agua, en su mirada leí claramente “tú y tus jueguitos”. Me tiré al agua, el otro ayudante también y sacamos la señora. Hoy cuando la recordamos lo primero que hacemos es comentar ese fatídico hecho.


No hay comentarios:

Publicar un comentario