Una de las jefas de proyectos, porque aquí todos somos
jefe de proyectos, me tiene que entregar información importante. Es campeón
mundial para no cumplir lo que promete. Cada vez una excusa diferente. Este mes
se mostró despectiva y no encontró nada mejor que inventar que
todo este mes estaría ocupada, que no le hablara hasta después del día 22. ¿Pero por qué? Pregunté yo, pensando lo exagerada para aplazar el compromiso. Es que el día 10 tengo que entregar esto, y el 12 esto otro, después el 15 los anticipos, luego el 22 el informe mensual, así que después de ese día hablamos. Muy bien, dije, pero esta vez le advertí que no se saldría con la suya. Por ahí por el 15 le hablé y no con buenas palabras me recordó que el 22. Era en serio.
todo este mes estaría ocupada, que no le hablara hasta después del día 22. ¿Pero por qué? Pregunté yo, pensando lo exagerada para aplazar el compromiso. Es que el día 10 tengo que entregar esto, y el 12 esto otro, después el 15 los anticipos, luego el 22 el informe mensual, así que después de ese día hablamos. Muy bien, dije, pero esta vez le advertí que no se saldría con la suya. Por ahí por el 15 le hablé y no con buenas palabras me recordó que el 22. Era en serio.
Llegó ese día lunes 22 la llamé y su teléfono estaba
ocupado. Dejé recado. Me pasee delante de ella y nada. Luego el martes y así.
Nada. Una mujer cara dura. Llegó la reunión de directorio del viernes y me
preparé. Cuando llegó mi turno me puse de pie, todos expectante porque advertí
mi situación y el porque del atraso. Tome mi hoja manuscrita y comencé: “Esos
días 22 que nacieron para dividirme el mes en dos. Desesperado espero con
ansias ese día. Fija un antes y un después. Antes del 22 y después del 22.
¿Cuando llegará? Miro el calendario y me hace morisqueta. Tres días. Dos días.
Maldigo. Es una eternidad. El calendario que tantas veces fue mi principal
aliado, hoy es mi peor enemigo. ¿Quién habrá inventado ese maldito día 22? No
es día de pago. Tampoco es el día que llega el buque, dichosa la esposa del
marinero, o el día que bajan los mineros, a tocar mujeres con manos llenas de
polvitos de oro. Tampoco es el día de inicio de vacaciones, esperando con los
bolsos listos, el auto mecánicamente a punto, con agua en el radiador y los CD
de música en la guantera. Alucinando ¿Y si rompo el calendario? Solo bastaría
con sacar la hoja del mes. Pero no puedo. Qué culpan tienen los otros días. El
15 por ejemplo. Que amaneció con un lindo sol recordándome el día en que mi
vecino, que quizá que intenciones tenía con mi mamá, me regaló un cuaderno,
aunque usado tenía más de la mitad de las hojas libres. Y pude así escribir ahí
mi primer cuento. Era un cuento que no mencionaba el calendario. Que feliz era
en ese entonces. No sabía de días de visita ni de pago. Si alguien me hubiera
dicho: escribe sobre el día 22, habría sido un Jesús para mí. En vez de
escribir sobre la naturaleza o quizá que disparate, habría escrito sobre la
importancia del día 22, y hoy sería un hombre totalmente distinto, renovado,
preparado totalmente para la dureza que ya adulto viviría. Afrontaría con
entereza lo que hoy me resulta tedioso. Hay dios, hay Edipo, Otero, Mostesco y
la cacha de la espada, que historia de amor se escriben. Será esta la primera,
no, y creo que tampoco será la última historia. Hablaré con mi hijo y junto con
enseñarle las trivialidades de la vida, le enseñaré sobre el día 22. Dos
números que caminan juntos como una marcha fúnebre. Así se cumplen lo plazos.
No hay plazo que no se cumpla y deuda que no se pague. Viva el 22. Viva.”
He dicho, muchas gracias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario