viernes, 12 de agosto de 2005

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“A la inversa de lo que habitualmente se cree, no es el varón el que toma la iniciativa en el proceso de la seducción. Los estudios en discotecas así lo indica. Las mujeres dan el primer paso.
La señal es directa y el mensaje no es verbal. Un leve balanceo del cuerpo, una sonrisa, una mirada” - El sexo de las emociones. Alain Braconnier-. Por eso ellas siempre deciden con quien quedarse. Su lema es “la mujer cuando quiere y el hombre cuando puede”. Ellas deciden en las fiestas si bailan con quien las saca a bailar. Disfrutan a veces cuando le dicen no y el tipo se va cabizbajo a su lugar. Cuantas veces quedé sin bailar con tremendo cuello. Podrío de vergüenza. Ellas tienen el poder. Lo escuché varias veces. El poder de decir no. Y siempre dicen No.
El hombre siempre fue respetuoso con su mujer y acepta el NO con la esperanza que reconsidere la medida. Y es fiel, porque mientras tanto nada con la compañera de curso, ni las vecinas, ni con las primas, ni con las compañeras de trabajo, ni menos con la cocinera ni la nana. Es decir, “ni en la oficina ni en la cocina”. Pero
Pero, en mi caso, el perímetro para atacar eran dos cuadras, o mas allá de la plaza, o en la otra población, según sea el caso. Ahí tenía las amigas con ventajas correspondientes. Las primas de segundo grado, las tías lejanas, la peluquera, las empleadas de los amigos, las amigas de las amigas. Ahí no existía el dicho de “el hombre cuando puede”.
En mi adolescencia evitaba el NO de las pololas con no apresurarme en tirar las manos ni hacer propuestas indecentes. Siempre fui respetuoso en las salidas, al punto que las desconcertaba. Yo lo notaba. En las noches cuando la iba a dejar en el auto se quedaba esperando algún atrevimiento, pero nada. En ese aspecto super formal. Única forma de evitar el NO. Porque podía estar muerta de ganas pero igual decía NO.
Pero no me quedaba con las ganas. En las fiestas era fácil concertar una cita a escondida con la amiga de la titular, sin que ésta última se diera cuenta. Usaba diversos trucos. Las iba a dejar a ambas, dejando primero a la amiga en su casa, cuando eran de barrios distintos. Con eso sabía donde vivía. A los días después me dejaba caer con cualquier excusa, por ejemplo que estaba planificando una sorpresa, o que tenía dudas con la polola y quería confirmar, y según la reacción, si no se mostraba muy desconcertada, era presa fácil. O si no sutilmente convencía a la polola a ir de visita, y cuando nos veníamos, dejaba el reloj. Después me encargaba de ir a buscarlo. Sólo, obviamente.
O en la misma disco, un amigo sacaba a bailar a mi polola y yo sacaba a su amiga. Y sutilmente la apretaba, la apretaba, mientras le conversada con la voz mas ronca que podía lograr. Había un momento que ya era evidente. Si se quedaba tranquilita e igual de sonriente, no había para que seguir. Le pedía el teléfono y ya está.
O con la compañera de trabajo, pero de la empresa de al lado, no en la de uno. Si la veía seguido le ofrecía llevarla. La excusa era que éramos casi colegas, no tenñia porque desconfiar. Ya en el auto y antes que se bajara, en un lugar discreto, oscuro oviamente, le prometía que yo no haría nada pero le pedía que ella tomara la iniciativa. Desconcertada bajaba la guardia. Le pedía que me diera un beso. De a poco se acercaba y ya. Luego que me tocara, vacilaba un poco y ya. Y así.
Con las tías lejanas o primas en segundo grado, que eran siempre mayores, treintonas la mayoría, me hacía el pavo, que no sabía dar besos, o tocar, no sabía como moverme. Aprendí todo. Excelentes profesoras.
La misma excusa con la peluquera, que generalmente atienden en sus casas. Además en la salita de espera, porque a mi me atendía al último, no se escapaban ni las otras clientas. Aprovechaba el tiempo.
Pero con la polola había que ser de una sola línea.

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