miércoles, 10 de agosto de 2005

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Uno de los recuerdos que menos logro asimilar es que cuando niño no me gustaban las empanadas de pino. He pasado mucho tiempo tratando de pensar cual es la razón lógica para que no me hayan gustado.
Creo que ya se porque. Trataré de explicar.
Yo tengo la sensación que un estómago de una persona adulta comienza a sufrir ciertos embates producto de los años que lleva procesando cuanta porquería le vamos metiendo. A esta altura ya evito el ají, las salsas condimentadas, las grasas. Tomo vino durante las comidas y me sirvo agüita de perra para bajar los excesos. Sin embargo con las empanadas pasó al revés. Ahora me gustan más.
Cuando chico comencé con una empanada, la aceptaba sólo con mucho apetito y bien caliente, y no había caso, la maldita me repetía durante dos días. El pino lo tenía pegado en las narices y los flatos eran feroces y desagradables. No los soportaba. Sentía un ardor y una acidez que era un verdadero suplicio. Un dolor salvaje. La mayoría de las veces me comía los puros cachito. En realidad ese desagrado se repetía en todas las comidas que tenían pino. Y no era el único.
Ya adolescente no recuerdo comprar empanadas cómo un tentempiés. Menos las consumían las niñas. El temor a los flatos era más poderoso. Ya joven recuerdo que no comíamos empanadas en horario de trabajo. Un flato en la oficina o en el ascensor era fatal.
Con el tiempo, con este asunto de la comercialización y economía a escala, aparecieron picadas en ciertas panaderías donde las empanadas son más ricas. Es decir, repiten menos. Ya las niñas comenzaron a comerse la mitad o ya se servían en los casinos sin el temor que en las oficinas aparezcan los flatos.
Hoy las venden en los supermercados y en todas las panaderías y se consumen por miles. Las niñas a veces se comen dos, yo me cómo a veces cuatro y nadie se excusa porque las empanadas le repiten.
La razón. Muy simple. Las empanadas vienen con más cantidad de carne. Es un pino agradable. Ya la cebolla no es tanta. Al revés. Las buenas empanadas son con más carnes. A trocito, jugosa. Así, más carne, más sabrosa. Las empanadas son más cara que antes, pero son más sabrosas. Tienen carne.
Cómo se comprueba. Vaya a un barrio popular, o a la feria y cómprese una empanada de pino y sírvasela. Le va a repetir y se va a acordar de mi infancia. No tiene carne. Pura cebolla. “Señora, póngale más carne”.
Por ahí va la cosa.
Las viejas de antes compraban sólo medio kilo de carne molida. Con ese medio kilo resolvían cualquier problema. Independiente si comían cinco, diez o veinte personas. Se agrandaba la masa, la cebolla, pero seguía siendo el mismo medio kilo de carne molida. Habrán conocido tallarines más desabridos en las familias populares y populosas. Claro si la salsa está hecha con medio kilo de carne molida.
La vieja que hace las empanadas para vender en la feria o algún barrio pobre, las hace con medio kilo de carne molida. Pregúntele a un carnicero de barrio que es lo que mas vende. Y no es un problema de pobreza extrema, ya que igual compran asado, cazuela, cecinas, etc. Pero siempre medio kilo de carne molida.
Es lo mismo que pasaba cuando cocinaban cazuela de pollo. Compraban un solo pollo. Las viejas antiguas se jactan que a un pollo le sacaban hasta doce presas.
¿Y con las empanadas de queso?. También. El cuarto de queso. Con un cuarto de queso resolvían las dos docenas de empandas de queso. Aunque sean tres o cuatro docenas, no importa, un cuarto de queso.
Ya, los dejo, tengo invitados a almorzar y voy a hacer empandas de queso. “Hija, ve a comprar un cuarto de queso”.

1 comentario:

  1. excelente, hoy en dia ya las comidas son desabridas porque no las cocinamos ricas de puro flojos, de inexpertos... no por esa necesidad de ahorro.
    en todo caso en algunos locales donde venden empanadas...alguien ha visto el queso?

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