"Jamás imaginé que me iban a quemar ni siquiera cuando me echaron la gasolina por encima. Pensé: Cuando llegue a casa me ducharé.
Sufrí quemaduras horrorosas en el 65% de mi cuerpo. Cuando mi hija me pregunta qué fue lo que me pasó, yo le respondo que me quemé en un accidente". Esa es la respuesta de Carmen Gloria Quintana, la cara en llamas de la dictadura.
Sufrí quemaduras horrorosas en el 65% de mi cuerpo. Cuando mi hija me pregunta qué fue lo que me pasó, yo le respondo que me quemé en un accidente". Esa es la respuesta de Carmen Gloria Quintana, la cara en llamas de la dictadura.
Son temas que no se tocan. Quedan archivados en la mente colectiva porque no son referentes para nada. La juventud está sin odio y que bueno que crean que esas cosas ocurren en otras latitudes.
Hasta que alguien, por querer aportar elementos al debate político lo saca a colación como una vivencia personal y mas encima tergiversa la realidad, quizás para dormir tranquilo.
La historia de Carmen Quintana pudo haber sido común a la de muchas jóvenes que vivieron los densos humos de las protestas, en las poblaciones, por allá en los ochenta.
Ese día un grupo se disponía a levantar barricadas en Estación Central siendo capturados en ese pasaje del terror: Rodrigo Rojas y Carmen Gloria, ambos menores de veinte años.
A Rodrigo le dieron con todo. Ella llorando y también recibiendo. Por todo su cuerpo evidencias de culatazos, puñetazos y puntapiés. El jefe del grupo comenzó a rociarlos con bencina y sin pensar lo que venía ella pidió que tuvieran cuidado, porque le estaba entrando bencina por la boca. Fue peor. Les hicieron tragar bencina siempre con la amenaza de prenderles fuego. Incluso al prender el fósforo aún dudaban que la crueldad fascista los convertiría en mecheros bonzos, como un escarmiento. Y luego vino el chispazo.
Trató de correr, su cuerpo y ropa ardiendo, se refregaba en el suelo, trataba de apagarse el pelo, quiso incorporarse varias veces, al compás de las carcajadas y las burlas de los soldados, hasta caer desmayada, con su cuerpo al rojo vivo.
Los envolvieron en frazadas y los tiraron sin piedad a una zanja en Quilicura. Rodrigo humeando la despertó. A ella le costó reconocerlo, cara negra, labios reventados, párpados caídos, sin pelo, sangrando por la nariz. Eran dos espectros humanos obstruyendo la carretera. Dos robots que caminaban con los brazos abiertos implorantes mientras los vehículos los evitaban. Alertados 2 carabineros lo llevaron raudamente a la asistencia deteniendo un auto particular. Rodrigo fallece 4 días después. Los informes médicos dan cuentan de múltiples lesiones productos de los golpes y quemaduras al interior del cuerpo, al tragar bencina. Mientras agonizaba muchos donaron centímetros de piel. Ese gesto también fue odiado por la autoridad. Hubo gente común que sin el afán de figurar, donó centímetro de su cachete. Sin nada a cambio. Impactados e impotentes.
El ejército entregó al teniente Pedro Fernández Dittus, mas dos oficiales, 5 suboficiales y 17 conscriptos.
25 soldados armados con tenida de combate, caras pintadas y fusiles le dieron con todo a una mujer, a una niña y, sin pensar que sus madres también son mujeres, la reventaron.
Existen videos con los relatos de casi doscientos testigos que vieron la espeluznante hoguera humana, donde algunas dueñas de casa habitantes del mismo pasaje se desmayaban al ver semejante atrocidad y otras simplemente se desmayaban al no soportar el olor a carne humana quemada.
Estas mismas confecciones fueron relatadas al ministro de la causa. No escuchó ninguna.
El video también muestra el multitudinario funeral en barrio Brasil, asistiendo toda la cúpula eclesiástica y política de ese entonces, incluyendo embajadores de EEUU y Canadá. Los carabineros raptaron el ataúd dejándolo en el mismo cementerio evitando así la marcha, evitando así la desgracia, "aquí no hay ningún muerto".
Carmen Gloria al parecer su vida siguió un cauce similar al de muchas jóvenes de ese tiempo. A no ser por su maquillaje perpetuo que lo lleva con cierto orgullo. Rodrigo se fue, con su fogosa juventud y su cámara fotográfica al hombro, al cielo de los inolvidables.
Hace pocos años un cabo de la patrulla quiso relatar en televisión lo sucedido y fue acallado. Los deseos de justicia no se aplica para ese caso, es demasiado fuerte para este país.
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