martes, 16 de mayo de 2006

La jefa

Cómo todos los días, el Jefe entró a la oficina donde se encontraban los suyos, cómo solía llamarlos. “Viene a ver si hay alguno ausente”, cuchicheaban los visitados. Por norma, no conversaba de trabajo; eso lo dejaba para las reuniones programadas en otra hora del día, sino que se empeñaba
de tocar temas domésticos, para fortalecer las relaciones de trabajo y al menos poder contribuir en la solución de algún problema mayor. No en vano ya llevaban ocho años juntos. A su vez, ellos celebraban dicha entrada porque les permitía hacer un alto a la monótona función administrativa.
El jefe estaba atento a las fechas más importantes, cumpleaños y aniversarios de todo tipo, también a las imprevistas enfermedades; sabía de los remedios y contribuía con los tratamientos, o cuando alguno se salía de lo habitual, cómo por ejemplo, si alguien se compraba un electrodoméstico, él se sentía con derecho y deber de aconsejar, ya sea técnica o financieramente. En realidad eran excesos de confianza y nadie sabía cómo y desde cuando, el jefe se entrometía en sus vidas privadas.
Aunque meterse en temas ajenos nunca fue con mala intención – era el Jefe-, los suyos consideraban que de vez en cuando se le pasaba la mano, cómo esa vez que uno de los suyos le pidió aumento de sueldo, aludiendo que ya no le alcanzaba para nada y el Jefe, calculadora en mano, sumó el sueldo del solicitante y el de su cónyuge, arrojando una cifra que, en términos comparativos, casi se igualaba al sueldo de él. “Para que quieres más, no seas ambicioso”.
Ese comentario produjo un daño que no les ha sido fácil olvidar. “Que culpa tenemos nosotros que la mujer del jefe no trabaje”.
En dichos encuentros matinales, ellos contaban anécdotas de sus esposas, sus líos laborales, sus pormenores. El, en cambio, contaba cómo su mujer se dedicaba a realizar tareas que sólo eran posibles no teniendo obligación laboral: pertenecía a la cruz roja, estaba tomando un curso de inglés, asistía diariamente a un gimnasio y a veces, eso sí, se ofrecía para mostrar las casas a un corredor de propiedades. Para los suyos, eso era lo más cercano a un trabajo que habían escuchado.
Las esposas de ellos raramente se presentaban en el trabajo, o si lo hacían era pasado la hora de salida, por sus obligaciones laborales. Contadas veces habían conversado con el jefe, pero sin embargo, la mujer del jefe los iba a ver por lo menos tres días a la semana. Cuando ella llamaba telefónicamente a su marido, varias veces al día, marcaba directo al anexo de cualquiera de ellos, los saludaba muy cordialmente y luego pedía que le pasen a su “maridito”.
Al igual que toda esposa de jefe, ella lucía cómo jefa. Ellos la saludaban como tal. Con cierta distancia, lógico, no era de su nivel, pero apreciaban la buena disposición para con ellos. Sabían que era ella quien se encargaba se recordarle a su marido las fechas de los cumpleaños, ella misma compraba las corbatas para los regalos, incluso camisas, por lo tanto sabía las tallas de cada uno. Tanto la apreciaban que llegaron a pensar que al jefe lo estimaban influidos por su esposa.
El jefe, por su parte, se sentía impresionado por el orgullo de los suyos con sus respectivas esposas. Así que cuando su mujer le comunicó que una amiga la invitaría a trabajar en una AFP, captando afiliados, se emocionó al punto que no dudo en querer comentárselo a sus subordinados.
- Así que su señora ya encontró pega – le preguntó José al Jefe, adelantándose.
- Así es, mi señora ahora se dedica a captar afiliados para una AFP. Que bueno, - continuó - porque así puede desarrollarse. Si, ella estudió para todo eso. No sirve para estar en la casa. - El jefe hacia gestos, cómo convenciéndose sólo.
- Jefe. Y a Ud. ¿no le molesta?
- No, ¿Por qué? al contrario.
- A mi sí.
- ¿Que mi mujer trabaje?
- No, Jefe, que trabaje la mía.
- ¿A sí? - Primera vez que escuchaba algo semejante.
- Se involucra mucho - continuó José - No sabe separar las cosas. Al final lleva la pega para la casa. Es muy machista la mujer esa.
- ¿Machista? No será al revés. Machista es el que quiere la mujer en la casa.
- Le explico, jefe. La última vez trabajó de secretaria en una empresa constructora. Estuvo cómo cuatro años. Partió re’ bien. Llegaba cansada como perro. Pero feliz. Claro, así cómo es de buena para la pega en la casa, así también lo era en el trabajo. Es feo que yo lo diga, pero era la mejor. Se levantaba una hora antes que yo, aun de noche, a plancharse la ropa, a puro pintarse. Se lavaba el pelo, se lo secaba. Y de ahí no paraba en todo el día. Mi mujer no era de esas que bostezaba en la pega. No paraba ni un minuto.
- ¿Y, porqué se fue entonces? ¿Tuvo problemas?
- Claro. Conmigo.
- ¿Con Usted, José? - El jefe ya no daba más de la intriga.
- Déjeme explicarle, jefe, no me apure. Después de dos años que estaba trabajando, me pidió que la acompañase a una fiesta, con gente de su oficina. La acompañé. Todavía me arrepiento. - Musitaba - Cuando llegamos a la fiesta, todos me miraban raro. Al principio me costó congeniar. Los tipos se habían cerrados cómo ostras. Me tenían miedo. ¿Miedo de qué, me preguntaba? De a poco fui conversando, compartiendo un trago con uno, después con otro, pero siempre el ambiente tirante, distante. De pronto me cayó la chaucha. Me di cuenta cuando uno de ellos dijo al grupo “Oye, no es tan terrible”. Ahí reaccioné. Mi esposa, la muy canalla, me había pintado cómo ogro. - mientras hacía sonar los dedos - En su oficina, para librarse de los problemas me usaba a mí. “Mi marido aquí, mi marido acá”. – Morisquetas - ”Mi marido me prohíbe trabajar los sábados”, “Mi marido me quita el sueldo, así que no tengo plata para las cuotas” ¡Calcule jefe! “No puedo quedarme horas extras, mi marido me mata si llego tarde”. Cada vez que su jefe le llamaba la atención, decía, “hay Dios, si supiera mi marido”, imagínese, lo amenazaba usándome a mí.
- No creo que haya sido para tanto. Sin embargo lo contaron igual. - Dijo el jefe.
- Lógico. Le tenían un poco de rabia a mi esposa. Apenas cacharon que yo no era así, se vengaron. Rápidamente me contaron todo. Me sacaron a un lado y se fueron de lengua, Estábamos medio “copeteados” así que les fue re’ fácil. Cómo no pudieron o no supieron aclarársela a ella, se vengaron usándome a mí. Me convertí en el centro de la fiesta.
Todos tenían una anécdota que contar.
- Pensaron que después tú la pondrías en su lugar.
- Claro, que me importa a mí. Si yo se que el trabajo es duro. Que aprenda, igual cómo aprendo yo. Pero yo no la involucro. Que tiene que meterme en su trabajo. Imagínese. Al final estuve viviendo con ellos los cuatro años que ella trabajó ahí. Le ofrecían algo y lo primero que respondía “voy a preguntarle a mi marido”.
- De cariño. Hombre. - Quiso calmarlo.
- Así no más fue. Jefe, Todas las decisiones las tomaba yo. Por eso me contaba todo, la muy diabla. “En la oficina me dijeron esto”. Y yo el muy bruto le respondía. Haz esto, “me dijeron esto otro”, en fin. Cuando advertí el papelón que estaba haciendo le dije hasta aquí no más. Se acabó.
- ¿Ahí le prohibiste que trabajara?
- No. Tuve mucho cuidado en eso. Pero cuando yo le respondía que tomara ella misma las decisiones creyó que la estaba molestando. Fue peor. Ella siguió igual. Cómo ya no podía usarme como chivo expiatorio, empezó a argumentar que sus faltas o errores, que eran los mismos de siempre; se debían a que yo la reprimía. Llegaba diciendo en la mañana, “no me hablen, no me hablen, tuve un problema con mi marido”. Imagínese que yo llegara diciendo aquí en la pega que no trabajaré por que discutí con la bruja. Me mandan a la punta del cerro hasta que se me pase.
- Y pensar que aquí pasa lo mismo, con algunas damas. – Dijo el jefe, mirando el piso.
- Claro. Pero yo creía que ella no era así. Finalmente ella se retiró de la pega para puro fregarme la pita, Jefe. La mujer que es machista, es machista en la casa y en el trabajo. – Siguió trabajando, refunfuñando.
- Jefe, teléfono. Su señora –interrumpió Javier.
- Gracias. - Tomó el auricular sin sentarse, se preparaba a hablar en forma clara y fuerte lo que ya suponía, el nuevo trabajo de su esposa.
- Hola, mi amor. Cómo estás. Cómo te ha ido. ..... Que bueno. Claro. Así debe ser. Hay que captar a todos los conocidos. ..... Yo me comunico con mis primos. ....... EL Pablo, Diego, Juan, todos. Claro. Si. Se tienen que cambiar de AFP. Tú llama a tú hermanos. También a tus primos, que importa que no los veas desde hace años, los negocios son negocios.....ah, de veras, también… los del Gimnasio, y los del curso de Inglés, Oye te va a ir bastante bien. ..... ¿Aquí en la oficina? claro, también, es lo mínimo que pueden hacer - mientras miraba de reojo a los presente.
Javier y José se hicieron los desentendidos con el último comentario, siguieron en lo suyo. Algo presintieron.
Los días siguientes fueron marcados por la rutina del trabajo de la señora del jefe. Ella continuaba llamándolos a ellos cuando quería hablar con su marido, mientras les comunicaba abiertamente lo bien que le estaba yendo.
El jefe comentaba, muy orgulloso “Esta es la pega ideal para que trabaje la mujer. Sólo tiene que cumplir metas, puede presentarse al trabajo más tarde, no cumplir la jornada completa, en fin”.
Ellos sin embargo, pensaban que un trabajo de esa naturaleza no era un trabajo propiamente tal.
El jefe entendió que su mujer debía ganar a lo menos lo mismo que las esposas de los suyos, para hacer creer que el trabajo era tan normal cómo cualquiera. Si quedaba la sensación que no era tal la ganancia, justificaba las aprehensiones de Javier y José que el trabajo no era tal. “Esta jugando a que está trabajando”, escucho decir entre labios, así que no permitiría que opinen que “la mujer del Jefe no tiene dedos para el piano” cómo escuchó en otra instancia.
Los días siguientes, por cada visita de ella, era un rendir cuenta de las captaciones que iba logrando. Se quedaba mucho más tiempo en la oficina de José y Javier para, con calma, hacer notar las captaciones logradas. Ocupaba los escritorios de ambos para formar sendas pilas con las solicitudes de afiliación que iba preparando. Las iba separando por rango de sueldos.
El jefe, que mantenía una posición cauta, moderada de entusiasmo, sin emitir opiniones, cómo si ella también fuera una subordinada más dentro de la oficina, se atrevió a predecir una cifra posible de ganancia.
- Oye, vas a ganar más que los míos.
Ese comentario terminó por herir de muerte a Javier y José. No era si la esposa del jefe ganaría lo mismo que las esposas de ellos, cómo lo había dicho la primera vez. Sino que podía ganar lo mismo que ellos. Para ellos iba el comentario. El jefe felicitó a su esposa y, medio en serio, dijo que esto había que celebrarlo.
- A fin de mes, después de conocer tus comisiones, almorzaremos todos juntos.
Cómo era de esperarse, los primero días del mes siguiente se supo cuanto fue lo que ella percibió por las comisiones. Al decirlo fríamente, el líquido de ella era superior que el sueldo líquido de José, por lo tanto literalmente ganaba más.
Ella inmediatamente comenzó a proyectarse con respecto a esa ganancia.
- Qué bien. Por fin voy a poder comprarme un auto nuevo, mío. Con este sueldo me alcanza demás para pagar las letras, ¡que rico! Aunque sean treinta y seis cuotas.
Durante todo ese segundo mes el lenguaje de las afiliaciones continuó rondando por la oficina con más fuerza. Ya el jefe se daba la licencia de ir comunicando a sus subordinados las fluctuaciones de las mismas. Como era de esperarse, ese trabajo era especial. Todo lo del jefe era diferente. Por lo tanto, el trabajo de ella también era diferente. Requería de cierta aptitud para enfrentar a los potenciales contactos y convencerlos que la decisión será buena.
- Eso la va ayudar a su personalidad – repetía con énfasis.
Al mediado de mes, el jefe deslizó algo que inauguró un nuevo debate al interior de la oficina.
- Este mes a ella no le fue tan bien.- Las captaciones no fueron peces gordos, por lo tanto sus ingresos serán menores. - El jefe se mostró preocupado y se retiró, amargado.
José empezó a especular que no es la cantidad, sino que sus comisiones van a depender de los sueldos que ganan los afiliados.
- Si, pero ella tiene buenos contactos. – Comentó Javier.
- De acuerdo, pero se acaban. – Agregó José - Fijo que embaucó a esos primeros. Por eso ganó tanto el mes pasado. Ella debe tener familiares y amigos que son gerentes de empresas.
- Eso puede ser, a lo mejor se le acabaron los contactos. Ahora tiene que buscarlos, cómo cualquier hijo de vecino. Me la imagino, tiene que haber visitados a todas sus amistades.
- Y las amistades del jefe. Yo creo que no se salvó ninguno de sus parientes. Por eso le fue tan bien.
- Es la suerte del principiante.
- Si, escoba nueva siempre barre bien.
A mitad de mes celebraron las captaciones del primer mes de la esposa del jefe concurriendo a un conocido y concurrido restauran. – El Jefe invita.
Mientras almorzaban, cómo el momento era más informal para estar hablando asuntos de trabajo, observación que él mismo jefe se atrevió adelantar, ella se limitó a comentar algunas situaciones paradójicas que se dieron con este asunto de captar afiliados. Sus cuñados no se salvaron. Los dos esposos respectivos de sus hermanas se habían negado rotundamente a cambiarse de AFP, ella lo sintió como un desprecio a su gestión.
- Los muy miserables, con los regalos que les hago a mis sobrinos, que les costaba realizar un gesto. Conmigo perdieron, nunca más.
El jefe, que sentía cierta distancia con sus concuñados, no pudo quedar sorprendido. Sintió pena por su señora. Se imaginó a sus concuñados negándose dejándola totalmente acongojada.
- Cómo se atreven, se limitó a decir, es lo mínimo que pudieron hacer. Los muy patanes. Que van a decir los míos, - agregó, levantando el vaso de vino para cambiar el tema. José y Javier, al sentirse aludidos, no sabían si reír o adoptar una actitud seria.
En medio del ajetreo, el jefe divisó a varios conocidos en el local, los saludaba respetuosamente; algunos eran amigos, otros eran conocidos ejecutivos de otras empresas. Ella, medio en broma al principio, decidida después, no vaciló en pedirle a su marido que se los presentará, ahí mismo.
- Oye si no me los presentas, voy yo misma mesa por mesa persuadiéndolos para que se cambien de AFP. Total me presento cómo esposa tuya. -
- Muy bien, - dijo, se asustó porque la consideró capaz - pero ahora no, yo te doy los nombres después para que los llames.
La esposa del jefe no dio importancia a que José y Javier tuvieran amigos presente en el restauran. Sólo le interesaba captar a peces gordos y los sueldos de esos amigos, posiblemente serían similar a los de ellos, por lo tanto no valía la pena interesarse por captarlos.
El jefe quedó bastante preocupado. No lo comentó pero sintió que tarde o temprano tendría que darle esa lista a su esposa para que inicie la cacería. No era prudente.
Por primera vez sintió que no fue buena idea tal ofrecimiento. La reacción de algunos no sería distinta a las de sus concuñados. Lo que iba a lograr era enemistarse con todo el mundo que desairara a su esposa. Escasamente se comunicaba con ellos, y ella los llamaría con el fin de captarlos para que se cambien de AFP. - Que locura.
La velada fue estupenda. El más contento de todos fue el jefe que sintió que la relación con sus subordinados era bastante más estrecha y pensó que a futuro se debía realizar otra velada similar, esta vez, con las esposas de ambos. El éxito de esta reunión no dudó en atribuírsela a todo lo logrado por su esposa. Frente a la invitación estuvieron todos de acuerdo y, con mayor razón, José y Javier que se sintieron privilegiados que sus respectivas esposas podrían compartir con la esposa del jefe.
El jefe, con el bajativo en la mano, a modo de brindis, comentó:
- A fin de mes invito nuevamente a los míos a celebrar el cumplimiento de las metas de mi esposa... que este mes quedó bastante alta, ¿verdad mi amor? – sellando sus palabras con un beso en los labios.
- Salud, brindaron, tomando el vaso de jugo al no sentirse capaz de aceptar un licor a medio día. -Después se nos calienta el hocico – dijeron en la oficina, cuando no dudaron en comentar dicho encuentro con cuanto habitante se cruzaron.
Un manto de dudas se generó hacia fines de mes. La esposa del jefe había multiplicado los llamados y las visitas a potenciales clientes y sin embargo la captación no había sido cómo se esperaba. Mucho menos si se comparaba con el mes anterior, que resultó ser todo un éxito.
Terminado el mes la esposa tuvo que resignarse a recibir en comisiones una cifra muy por debajo de la rimbombante cantidad del mes pasado. Además ya se había comprado el auto y tenía que cumplir con las cuotas. Lo comentó a su marido y este se vio muy afligido al notarla deprimida. A pesar que éste sucumbió con lo prometido y le dio una lista parcial de personas de alto rango para llamar, aun así la captación fue baja. Por un instante pensó que debió de darle la lista completa de conocidos, pero se imaginó que este gesto, a la larga se convertiría en un compromiso mayor, frente a los aludidos. No podía arriesgarse a que le cierren las puertas sus propios pares.
El jefe comprendió, muy a su pesar, que el proceso no podía ser de otra forma. Un captador tiene una cantidad de conocidos limitado. Sobre ellos se trabaja sobre seguro, con una baja posibilidad de ser rechazado, sobre todo en los casos que existe una especie de favor correspondido o un compromiso familiar, pero, acabándose la parentela, se acabó el negocio. Es por eso que a todos los que inician un negocio donde comprometen a los familiares y amigos, al principio les va bien, pero una vez que se terminan las presas, el negocio se pone duro. Comprendió que eso sucedió con su esposa.
Pensó en cómo ayudarla. Si pretendía seguir en esto tendría que no pensar tanto en sólo captar personas de sueldos altos, porque el acceso es mas difícil y las posibilidades disminuyen, la aconsejó a que iniciara la captación en trabajadores de rango medio, aunque el costo y el esfuerzo sería mayor al tener que contactarse o visitar a más personas.
La verdad que lo dicho por el esposo fue bastante acertado. La cantidad de visitas y llamados telefónicos aumentaron en demasía. Ya no era una actividad apropiada de jornada flexible para personas que están sujetos a horarios domésticos, sino que al contrario, en varias ocasiones tuvo que él ir a buscar los niños al colegio a media tarde, ir a reuniones de apoderados, preocuparse de algunos pagos domésticos, actividad que sagradamente cumplía ella, hasta ahora.
Ese mes no hubo almuerzo, el jefe simplemente no tocó el tema y José y Javier quedaron expectantes. Algo anormal había sucedido. El almuerzo se les esfumó.
El siguiente mes comenzó con la inercia del mes anterior. Anunciaba ser decadente sino se tomaban medidas especiales. Ella ordenadamente se programó para nuevamente ir a visitar a los que ya había contactado, incluso a los que se habían negado, “aunque sea por cansancio”. A los que se habían cambiado, ahora les estaba pidiendo un listado con los trabajadores y su AFP actual. Ese régimen ya se cumplía sagradamente todos los día y tanto ajetreo y llamadas telefónicas a su marido conmovió un poco a José y Javier.
En una de las visitas ellos aportaron algunas ideas de cómo captar clientes. Le dieron los teléfonos de algunos de sus proveedores con el sano compromiso de que no se presente a nombre de ellos. Tanto fue así que no pasaron muchos días hasta que se acercó a José y Javier. Les pidió, con el mismo tono de súplica, cómo si estuviera pidiendo que le devuelvan un favor, el mismo que usaba con los familiares, que se cambiaran de AFP.
- Ya chiquillos, me toca a mi ahora. Cámbiense de AFP y de paso me hacen un favor. Lo necesito.
- Claro, encantado, pero estas cosas primero las consulto con mi señora. – dijo José, no muy contento con la gracia, usando la misma excusa que usó su señora.
A Javier un poco más alegre, la idea no le afectó mucho.
- Yo no puedo, me cambié hace poco, o sino encantado – usaba las frases a diestra y siniestra, con una inconsecuencia a toda prueba, libre de toda represalia. Me cambie en Octubre del año pasado.
- O sea en dos meses más se cumple el año. Ahí te agarro entonces. Javier se dio cuenta que no sería fácil desprenderse del compromiso.
Los días siguientes fueron tormentosos. La esposa del jefe los llamaba sagradamente todos los días pidiendo que José se cambie a su AFP, el formulario ya lo tenía listo. Pasó lo que tenía que pasar. José nunca más contestó el teléfono, haciéndolo sólo Javier. Si la señora del Jefe preguntaba por José, Javier lo negaba. Inventaba cualquier excusa.
La esposa del jefe ya no gozaba con la simpatía de José y Javier. Es más, estos la detestaban. Eso terminó complicando la relación de trabajo, porque ya era rabia lo que sentían por ella. Y esa misma rabia también la sentían por su jefe.
Sentimiento que nació a consecuencia de la insistencia de su esposa, que arremetió con todos los empleados de la empresa. Algunos se cambiaron por compromiso, se creó un ambiente que antes no existía. Con el tiempo el jefe perdió toda autoridad y al preguntar el porqué, en una confabulación y mala intención no dudaron en decir que su señora esposa los tenía lleno.
El jefe tuvo que, muy a su pesar, cambiarse de trabajo. Lo lamentable es que su señora esperaba ansiosa la nueva destinación para continuar con la labor de captar a los nuevos subordinados.

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