jueves, 29 de septiembre de 2005

El primo cantante



Raúl no sabía que tenía un primo cantante.
Era el año 1980 y no veía a su primo desde ya casi dos años después que se vino con sus padres a vivir a Santiago.
Estudiaba en la Universidad
cuando leyó un panfleto anunciando que el dúo, liderado por su primo, cantaría en la peña que organizaba el centro de alumnos en su campus. Se reencontraron nuevamente, convirtiéndose en ese par inseparable como en los viejos tiempos de liceo. A partir de ese encuentro la vida cotidiana de Raúl cambió radicalmente. Entraba gratis a los conciertos, sean recitales o festivales, se instalaba atrás del escenario junto a los otros cantantes, privilegios sólo de algunos. Algunos lo confundían cómo parte del grupo y eso a Raúl le encantaba. Sobre todo la aceptación femenina. Antes de terminar el semestre ya había sido invitado a las peñas que realizaban las otras universidades, así que también se sumó a todo ese ajetreo itinerante.
Ya para el verano, el dúo tenía programado una gira por todo el sur de chile, iniciándose en Castro, después Chiloe, Puerto Montt y así. Con mucha emoción se preparó para el que sería el viaje más anecdótico de su vida. Sería un viaje con su primo famoso, cantante del otrora canto nuevo.
A mediados de enero tomaron el tren hacia el sur, donde también viajaban otros grupos que iniciaban el viaje a los mismos festivales que organizaba la agrupación. 
Todo era encantador. Algunas revistas ya hablaban de ellos, era testigo de las primeras entrevistas y ya su primo fue sobresaliendo ganando reputación y ya estaba en bocas de todos, al menos de los que gustaban de dicha corriente artística.
Llegaron a Castro. El festival comenzaba al día siguiente y todo en el pueblo era agitación. Mientras cada uno se encargaba de los bolsos a la bajada del bus, se percató que a su primo famoso se le acercó una atractiva niña saludándolo de beso mientras se encargaba de su bolso. El miraba ya acostumbrado a tales atenciones, pensando que es el precio de la fama, cuando se le acercó otra niña, más atractiva aun, “¿Tú eres Raúl?”. Si, claro, respondió. Lo beso y repitió “Acompáñame, soy tú anfitriona”, y tomo su bolso. Todos juntos caminaron hacia la pensión.
Recorrieron la ciudad ya convulsionada con tanto cantante. Con su primo y las anfitrionas fueron a conocer el lugar donde se efectuaría el festival, el gimnasio del liceo adornado cómo una gran peña y, finalmente, una entrevista en vivo en la radio del lugar. En cada uno de los lugares que visitaron se encontró con la sorpresa que la gente, junto con saludar al primo famoso con admiración se dirigían a él  diciendo “Y tú eres Raúl”.
A la pensión llegaron más invitados, todos saludaban al primo, con apretados abrazos, cómo se acostumbran los ya casi famosos y consagrados, y después se dirigían a él y repetían la ya famosa frase, y “tú eres Raúl”.
Llegó la hora de partir al festival.
Cómo era lógico, a los artistas los privilegiaban cada vez más, fotos y más fotos, ensayos, ajetreos, así que Raúl decidió ir a sentarse a una mesa, sin el alboroto que rodeaba a su primo, un verdadero artista. El recinto estaba lleno, todas las mesas estaban copadas. El festival ya había comenzado y cada uno de los artistas celebraba que estén todos ahí, y algunos especialmente agradecidos que hubiesen venido cantantes de Santiago, nombraban al primo y a Raúl. “Ese no soy yo” se decía Raúl. No podía ser él. Es una coincidencia.
Vino el intermedio. Vendían empanadas, vino navegado, curanto, de todo. La pareja joven que se había sentado en la misma mesa ya habían pedido, así que saboreaban con muchas ganas los platos que les traían. Raúl se dispuso a comprar una empanada, cuando se acercó una de las niñas organizadora del festival, trayendo una bandeja con una paila de greda con un curanto que hervía, un vaso de vino, y dos empanadas, “¿Tú eres Raúl?”. Sin esperar respuesta dejó la bandeja en la mesa, puso un individual de género, algo que a los compañeros de mesa ni las otras tenían, distribuyó el servicio y dejó los platos. Una sonrisa y se retiró.
Raúl se sintió incómodo. Inmediatamente miró a los comensales que habían hecho pausa ante tal  acontecimiento, buscando explicación. Quería estar seguro. Se preguntaba si la niña se había confundido. A lo mejor se equivocó. No tocó nada durante un buen rato mientras esperaba algo. La niña que estaba sentada a su lado, absolutamente más en confianza, le advirtió que se le iba a enfriar. Así que no le quedó otra alternativa que comenzar a comer. Sentía la mirada de la pareja que estaba sentada a su lado. Hasta que el joven, de su misma edad, le preguntó. “Así que tú eres Raúl”.
Los tres conversaron por largo rato, vieron la segunda parte del espectáculo, cantó el primo en medio de una euforia, aplausos a rabiar y el siguiente intermedio. Pidieron otra ronda de empanadas y una jarra de vino navegado, y cuando iban a pagar, la niña que los atendió dijo, “Es por cuenta de la casa, Raúl es invitado”. 
Analizando el tema concluyeron que todo este asunto se había producido porque cada vez que alguien del gran grupo preguntaba por el primo, alguien respondía que viene “con Raúl” en el tren. Así Raúl se fue convirtiendo en una figura más, tanto que al final fue recibido, homenajeado, servido. Ganó amigos, fue despido y nuevamente acogido por otros amigos en los otros lugares. La famosa frase “Viene con Raúl” lo convirtió en un artista más.

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