lunes, 24 de septiembre de 2012

El primogénito



“Me tinca que Esteban es raro”.
Vociferaba Florencia, la dueña de la empresa, aun se encuentre delante de los administrativos que estaban alrededor.  Ellos, algunos atentos y otros asqueados escuchaban
frecuentemente líos familiares pero en este tipo de conflictos no opinaban. Caminaban como nunca paseándose por los escritorio, amontonando papeles y haciéndose los ocupados o distraídos.
“Ya mamá, no empieces” Replicó Juan Carlos, el hijo, un joven cuarentón simpático y jovial, que trabajaba junto a sus padres. “Yo me pongo en su lugar y encuentro lógico y correcto que como padre venga a ver a su hijo. Es respetable que se tome el tiempo para venir de buenos aires todos los meses y estar con Estebancito”.
Florencia encontraba injusto que nadie la apoyara con las aprehensiones que tenía con el proceder de su ex yerno. Ya todos sabían que aparece por la casa quinta todos los meses y se lleva al niño todo el fin de semana. Y no solo eso, sino que además se queda toda la semana siguiente yendo y viniendo, apareciendo a la hora que se le antojase y chantajeando con regalos y galanteríos. “Que argentino mas odioso, jura que con su verborrea nos tiene loco. Pedante, fantoche, cínico, mentiroso, cree que con su pinta, apellido, dinero….”
“Ya mamá, no seas así, es el padre de tu nieto, Estebancito lo adora” Acostumbrado ya a bajarles los decibeles a su madre, al tiempo que seguía trabajando. La misma hija, la separada, ya no participaba en la empresa, como cuando era soltera. Poco a poco se fue alejando porque encontraba que los comentarios de su madre, más que odiosos, eran repetitivos. Ahora trabajaba adiestrando caballos, ubicada en la casa quinta que tenía el grupo familiar. Actividad que aprendió mientras estuvo casada en argentina.
Lo mismo pasó con Isabel, la esposa del hijo, de la misma edad de la hija separada. Trabajó en la empresa desde que se casó con Juan Carlos. Finalmente decidió mantenerse al margen del descontento que tenía su suegra con la relación de su hija con el argentino. Desde que lo conoció, hace seis años, que en la empresa hacía público su descontento con la facha y patudez del argentino. Fue peor cuando la hija se casó y posteriormente se mudó a Buenos aires.  Los comentarios eran a diario y siempre público, por lo que Isabel se reveló, no quiso ser paño de lágrima y escuchar los lamentos de su suegra. Se retiró de la empresa y se dedicó a labores independiente, mas apegada a la casa para estar cerca de sus dos hijos.
A los tres años de casada su hija se separó y volvió con su único hijo a radicarse en una de las casas de la quinta familiar. A partir de ese mismo día, y durante los tres años siguientes hasta la fecha, el argentino viene una vez al mes a ver a su hijo.
“Patudo. ¿No trabaja acaso, no será como mucho ver a su hijo todos los meses, viajando desde buenos aires? Y llega cómo en su casa, entra, sale, fuma, opina, nos engatusa con puros regalos, ….”.  Frase aprendida de memoria que repetía cuando iniciaba el discurso de descontento y posteriormente cuando lo terminaba, retirándose a su oficina.
 “No. Pa mí que es raro”. Pa mi que viene a Santiago a otra cosa. Es raro. Y lo peor que sale con Estebancito”
Este viernes se envalentó y decidió averiguar por cuenta propia los pasos en que anda el argentino cuando viene a Santiago. Averiguó el vuelo y partió a media día, sola, al aeropuerto.
Una vez allá, como una detective de prestigio, contrató a un taxista para que se estacione en un punto estratégico de la salida correspondiente y seguir al argentino, acostumbrada a hacer público los problemas y sus intenciones con cualquiera. A una distancia prudente para que no la identifique. Estaba segura de sus malos pasos pero no quería causar alarma mientras no lograba pillarlo con las manos en las masas.
Llegó el vuelo y no pasó mucho tiempo hasta que apareció el trasandino con un bolso de cuero colgando. Caminó hacia la calle principal y caminó calmadamente mientras hablaba por celular. Florencia feliz, “ya está tramando algo” decía al taxista. “Alguien lo viene a buscar, los degenerados. ¿Quizás que trae en el bolso?”. Lo peor es que se lleva a mi nieto, decía, por si el taxista opinaba que la vieja “le estaba poniendo mucho”.
Apareció un taxi, se detuvo y él subió atrás sin titubear. “Ya, dijo, encienda el motor”.
 Partieron rumbo a la salida y a una distancia prudente lo seguían. No pudo apreciar al acompañante, pero era tanta la ansiedad que cualquiera sea el destino, lo iba a seguir y descubrir, desenmascararlo, quizás acusarlo y lograr que le prohíban salir con el niño. Ojalá meterlo preso.
El taxi del argentino siguió por Vespucio, hacia el Sur, y en un cruce importante se desviaron y a los pocos metros entraron a un motel, de estos parejeros. Florencia Feliz. De cualquier forma era raro. Planificó con el taxista, luego acuerdo económico, entrar, pero para pillarlo con las manos en la masa, decidió entrar como clientes, siguiendo el mismo recorrido por las calles interiores que siguió el taxi con el argentino. Se acomodaron en la cabaña que les tocó y esperaron un poco. Era lo prudente dado el escenario. Había que dar un tiempo para pillarlos con las manos en la masa.
Ya dijo. Salió decidida y caminó a paso firme hacia la administración. Obligó al empleado que le abriera la cabaña, que era un caso de vida o muerte y que ya había llamado a la policía. Asustado y pensando que si se adelantaba a los carabineros evitaría un escándalo mayor, decidió cooperar abriendo la cabaña. Florencia entró y se fue directo a desenmascarar al acompañante.
Ambos desnudos, desesperados tapándose con la ropa de cama, Florencia logró destapar al acompañante y se encontró con Isabel, la esposa de su hijo. Eso no se lo esperaba. El argentino, con el mismo trato de siempre, mezcla de cínico y educado, se puso los pantalones y se sentó a esperar que la señora descargue toda la ira sobre la, hasta la fecha, esposa de su hijo.
Al día siguiente, muy temprano por la mañana, el argentino, al contrario de Isabel que no entró más a la casa quinta, llego muy alegre a buscar a su hijo para salir el fin de semana.

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