Antonio caminaba por la Avenida Bilbao y se encontró de
frente con Mario, un antiguo compañero de secundaria, que muy a su
pesar, vive a no más de tres cuadras. Desde esa fecha sólo se acerca
para ofrecerle emprender un nuevo negocio.
Ya lo han intentado y a veces han trabajando juntos pero la última vez pudo comprobar que a propósito se quedaba con el dinero que recibía de los clientes, pagaba sus deudas personales y convencía con argumentos muy enredados que se pondría al día. Antonio lo descartó de plano para cualquier otra empresa que éste le propusiese. Ya nunca más.
Ya lo han intentado y a veces han trabajando juntos pero la última vez pudo comprobar que a propósito se quedaba con el dinero que recibía de los clientes, pagaba sus deudas personales y convencía con argumentos muy enredados que se pondría al día. Antonio lo descartó de plano para cualquier otra empresa que éste le propusiese. Ya nunca más.
Apretó los dientes mientas se acercaba.
Venía moviendo las manos, cómo abarcando el mundo, algo traía entre manos. Siempre
un nuevo negocio. Si se le recordaba la deuda anterior, de inmediato recurría a
la treta de convencer que con el negocio actual se recuperarían. Es más, si cualquiera
se negaba a acompañarlo en el nuevo negocio que traía entre manos, los
responsabilizaba de negarle la posibilidad de ponerse al día. Su frase
predilecta era decir: “Antes me ayudaste tú, ahora déjame ayudarte yo a ti,
dame esta oportunidad para pagarte todo lo que debo”. Caradura. Sin embargo, esta
vez fue totalmente diferente. El negocio para levantar cortina de humo y
hacerse el leso con las deudas, era invitar a Antonio a un paseo de fiestas
patrias a la tierra de su familia, ubicada por Santa Cruz, camino a Pichilemu. No pudo nuevamente. Lo traicionó la necesidad
de vivir en paz. En primera instancia se negó porque no tenía dinero. Mario
convencía que lo llevaría y lo traía de vuelta. Que llevaba comida y algunos
regalos. La familia se ponía con todo. Era una fiesta absolutamente familiar.
Eso último terminó por convencer a Antonio. No sería un carajo con la familia.
Mario, como era su costumbre, usando frases
para el bronce
-
Ya Mario, me convenciste, voy a
permitir que pagues el peaje.
Llegaron el lunes, día previo al dieciocho
y se dedicaron a recorrer los lugares típicos de la zona. Antonio, con el
dinero justo para una emergencia, acompañaba obediente sin causar problemas.
Alojaron en la casa de los padres de Mario y
al día siguiente se reunieron los parientes que vivían la gran mayoría en el
mismo pueblo. Se dispusieron grandes mesas, repartidas en el gran comedor. El
ambiente era alegre y el bullicio ensordecedor hacía que todo sea familiar y
acogedor. Una vez almorzando, desde cada mesa se turnaban los tíos o abuelos en
ir descargando pesadas bromas a todo el mundo, convirtiendo cada uno de los
comentarios en alusiones directas a las personas presentes y a medida que los
vasos se llenaban con ese vino auténtico de la zona subía el tenor del palabreo.
Era este el momento para decirse las cosas feas que estaban guardadas desde la
última fiesta.
Antonio sabía de esa costumbre. Cada vez más
se asombraba con el tenor de las frases que pasaban de una mesa a otra. Lo peor
ocurrió cuando en uno de esos espacios que se crea después que bajan la
intensidad de las risas y se aprontan para lanzar la próxima, una de las tías,
supuso Antonio, desde una mesa ubicada al otro lado del gran comedor, se acomodó
tal forma que su mirada pasase por entre las mesas hasta ubicar a Mario, al
otro lado.
-
Mario – dijo, casi gritando, y
cuando éste se enderezó para atender el llamado, la tía arremetió
-
Mentiroso
Fueron como dos segundos de silencio,
suficiente para entender de qué se trataba, quién había dicho tal comentario y
ver el rostro hacia quien estaba dirigido. Luego la sala explotó en risas. Antonio
asombrado sintió pena, porque si bien sabía de su afinidad en mentir, nunca se
imaginó que sería blanco de un ajusticiamiento público y menos en manos de su
propia familia.
Mario quedó pálido y se notaba que rogaba
que aquello terminara ahí.
La tarde pasó sin mayores sobresaltos. Los
familiares iban y venían y ya no daba para pensar que ese traspié se repetiría.
Al atardecer Mario invitó a Antonio a donde otro tío, en la otra cuadra, que
tenía unos hornos de barros y estaba preparando unas empanadas.
El ambiente estaba colmado por los mismos parroquianos
que se aprontaban a seguir con la misma costumbre. Las empanadas circulaban y
quien las recibía era blanco de esas bromas pesadas, muchas ya repetidas, pero
causaban el mismo efecto. Mario las
esquivaba caminando de aquí para allá. Antonio ya estaba prevenido. Es más,
esta vez esperaba una broma pesada a Mario. Una dulce venganza. Nunca logró verlo
acorralado y, esta vez, se estaba cumpliendo.
No pasó mucho tiempo, desde un rincón, otra
tía, gritando dijo:
-
Mario – Y cuando este la miró,
la señora dijo
-
Chanta
Las risas esta vez fueron instantáneas.
Antonio se atoró riéndose y pensó que Mario tenía su fama. No sólo era así en
Santiago, sino que también aquí, con los suyos, pensando que aquí lo conocían
desde chico.
Al poco rato, el dueño de casa, comenzó a
retirar casi a empujones a algunos invitados. Advirtió que Mario dio
instrucciones al tío para que procediera a sacar a quienes participaron en
dicha funa. Entre ellos obviamente Antonio. En la casa Antonio encaró a Mario el
proceder
-
No era necesario que
procedieras de esa forma. Echándome como si ...
-
No me levantes la voz
Mario siempre empleaba elementos
adicionales para escapar de cualquier diálogo que lo comprometiera. Si era
capaz de eludir tangencialmente cuando lo encaraban por las deudas, era juego
de niños con algo absolutamente doméstico.
-
Bueno, me voy a acostar, mañana
hablamos.
Antonio se levantó temprano, pensando en
irse. El padre lo convenció de tomar desayuno.
Mario apareció a los minutos después y de
inmediato dijo:
-
Ya, te voy a dejar a la
carretera
Mario manejaba sin dar pie a que Antonio
dijera palabra alguna. Antonio encontraba lo absurdo de la situación. El ladrón
detrás del juez.
Al bajarse Antonio quiso disculparse, pero Mario
arrancó de regreso al pueblo.
Antonio sacó sus billetes de reserva y tomó
el primer bus a Santiago.
A la semana siguiente, Antonio se encontró
con Mario en la misma vereda, esta vez venía en bicicleta. Se detuvo, lo saludo
amablemente y comenzó de nuevo con el discurso de un nuevo negocio, mientras
movía las manos.
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