“Pagar el piso”, está en la constitución laboral y se
aplica al recién ingresado. Pero no siempre se paga con dinero.
Con veintitrés años entré a la institución
pública a realizar mi práctica profesional asistiendo medio día. Los papeles de
ingreso dependían del mismo departamento por lo que no tuve que hacer trámites
en los departamentos de administración ni personal. Conocía sólo a la gente de
la misma oficina.
A los
seis meses se dio la posibilidad de pasar a jornada completa y era necesario
llenar los formularios requeridos por el departamento de personal. Se hicieron
pero a los días nuestra secretaria recibió un llamado solicitándome que faltaba
una foto tamaño carne para la credencial y otro de medio cuerpo para la ficha
personal.
Después de enviar las fotos con el
auxiliar, al día siguiente llamaron de Personal que yo debía ir a firmar el
contrato. Nuestra jefa no pasó por alto dicha solicitud. Ella revisaba los
contratos y los leía delante del empleado. Y de paso advertía que no le
gustaban ciertos comportamientos, especialmente políticos, dentro de la
institución. Eran otros tiempos. Llamó a la jefa de personal pidiendo
explicaciones porque no enviaba la carpeta con la documentación, si sabía que
ese era su proceder. No tuvo éxito. Pesó la jerarquía. Me dio lástima mi jefa,
ya éramos amigos. Me dirigí a la oficina de personal y fui recibido por dicha jefa.
Me saludó muy cordialmente; me ofreció café y me preguntó cosas de mi profesión,
estudios y gustos personales. Aclaró que estás últimas eran necesarias para
considerarme en las olimpiadas que celebraban anualmente entre las distintas
regiones de la institución. Recordaba las palabras de mi jefa y por solidarizar
mi actitud fue fría aclarándole que todas mis aptitudes deportivas estaban en
la ficha. La foto enviada estaba sobre la carpeta. Me miró molesta, tomó la
foto y la introdujo en la carpeta. Interpreté que ya no quería verme ni en
pintura. Se acabó la entrevista. Llamó a su secretaria y me citó para mañana
para firmar los papeles. El café quedó a medias. Mientras bajaba me sentí mal.
No era mi costumbre ser irrespetuoso. Averigüé con mis compañeras de escritorio
sobre ella; era considerada mujer culta y seria. Separada con una hija pequeña
de 10 años. Su edad treinta y ocho años. De profesión pedagoga en Castellano y
Licenciada en Sociología.
Al día siguiente, totalmente
arrepentido por la estupidez del día anterior, antes de dirigirme a Personal, salí
a la calle a caminar y decidí llevarle de regalo una barra de chocolate. Nunca
falla. Así que compré la barra con más azúcar. Subí a su oficina y sin pasar
por su secretaria me dirigí a su escritorio. Mirándola fijamente a sus ojos me
disculpé por mi comportamiento al tiempo que deslizaba suavemente la barra de
chocolate sobre su carpeta. Después todo fue cordialidad. Firmé los contratos y
esta vez sí terminé mi café. El efecto del chocolate duró varios días. Varias
veces almorzamos juntos y me recordaba de aquello. Del regalo. Le encantaba
como yo hablaba porque tiraba las frases con bastante lógica pero los verbos
los conjugaba como yo quería. Se burlaba y me corregía.
Después de varios días sin verla le
mandé un escrito, cerrado en un sobre, con el auxiliar. En ese tiempo no
existían los mail. Tenía deseos de continuar con este juego. La carta cumplió
el objetivo de atraer su atención. Al rato me llamó por teléfono para decirme
que es imposible que la hubiese escrito yo y por ende le incomodaba saber que
alguien más supiera de esta carta. Insistí en mi autoría y cómo ya nos
desafiábamos, me obligó a escribir otra carta. En sobres cerrados.
Después ya me exigía un cuento
diario.
Al paso de los días ya estaba en su
departamento peinándola, poniendo crema en su espalda, hablándole. Cada vez que
estaba con ella, le acariciaba su pelo, sus brazos, su rostro. Ante cualquier
gracia acariciaba y besaba su mejilla. Soy tu geisha me decía, mientras me
pegaba los botones, que ella misma arrancaba, me planchaba la camisa, que ella
misma arrugaba. Jugaba con mi barba, me la recortaba. Se admiraba porque yo era
un ser silencioso, no reclamaba. Como buena vegetariana cocinaba platos exóticos.
Yo pasaba al supermercado a comprar una hamburguesa. Con mucha paciencia me la
freía. Me tiraba el i-ching y me leía el Tarot. Y yo creía. Le encantaba los
puestos de libros usados. Después de la oficina pasábamos a la plaza Almagro a
comprar uno. Sus paredes y sus repisas estaban llenas de libros, así que me
entretenía eligiendo y nos sentábamos en su sillón de cuero a leer. Leíamos en
voz alta. A veces veíamos películas. A veces se dormía en mis brazos, y a veces
lloraba a mares.
Fueron 5
meses intensos. Hasta que terminó la práctica. Lo que más lamento es no haber
guardado copia de los más de noventa cuentos que le mandé.
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