jueves, 29 de abril de 2004

El abono

Por fin compró el tan ansiado y esquivo abono. Ya era cerca de la dos y media y aunque ocupaba su hora de almuerzo para realizar actividades particulares se esforzaba por llegar a la hora para no crear conflictos internos en la oficina. 
El trayecto de vuelta a la oficina reflexionó lo duro que fue ahorrar para comprar el paquete de entradas que contemplaba asistir los cuatros meses siguientes al cine arte con funciones diarias los cinco días de la semana. Por mucho que el precio unitario salga a menos de la mitad de precio, la suma total no dejaba de ser abultada.
Lo más terrible, pensaba, era que la mitad del valor se lo había conseguido con sus amigos y comprometido a devolverlo en la misma cantidad de meses. No invitó a nadie. Siempre consideró que el cine es uno de esos placeres solitario similar a leer un libro. Se toma y se deja cuando el lector lo estime conveniente, sin mirar caras a nadie. Además la hora que prefería asistir era precisamente la hora de colación, entre las doce treinta y dos y media y nadie de la corporación estaba dispuesto a saltarse el almuerzo por ir al cine. Y si a medio día las cosas se complicaban, tenía una segunda oportunidad asistiendo a la función de las seis de la tarde. Justo después de la salida.
Esto que había hecho lo elevaba a otra dimensión. A su jefe esta noticia le generaría más de una alteración. Era un verdadero cinéfilo. Con sus treinta y cinco años no le sacaba el cuerpo a los acostumbrados comentarios de las películas que exhibieron en la televisión la noche anterior. Conversación que a los pocos minutos se convertía en una competencia de quién sabía más. Salían a relucir los nombres de los actores, actrices, directores, año de producción, premios y algún comentario adicional. El jefe no le importaba estar más tiempo de lo moderado conversando con tal de aplastar a quien se atreviere a desafiarlo en cuanto a cine se refiere.
Después de largo rato frente a ellos, su jefe, otro compañero y seis funcionarias, esperando que se consuman el helado comprado camino a la oficina, más caro que la entrada al cine, encontró que era el momento de anunciar su gran hazaña mientras agitaba el talonario frente a sus narices. Se jactaba mientras repetía que serían ochenta películas las que vería en los casi cuatro meses siguientes. Se produjo un silencio escandaloso entre ellos. Sólo él hablaba. Nadie se atrevía a hacer un comentario. Todos se miraban entre sí como si estuvieran presenciando un espectáculo absurdo. No fueron muchos los segundos que soportó hasta que comprendió que el ambiente estaba espeso y de no hacer algo estaría en graves aprietos. No era la reacción que esperaba después de su tan esperado anuncio. En los ojos de cada uno, sobre todo en los del jefe, pudo advertir un brillo extraño.
Algo no andaba bien. El jefe, que seguía con cara de no entender nada, aunque si entendía porque tomó el folleto con la programación y comenzó a viva voz a cantar, como si fuera un juego de lotería, que película había visto. Cómo si por cada película ya vista por el jefe había que arrancar la entrada correspondiente a ese día del talonario. Al principio las nombraba casi todas. Luego una por medio, luego una por página pero de la mitad del folleto en adelante enmudeció. Ese largo silencio, mientras pasaba de una página a la otra, estuvo cargado de ironía, de envidia. Se sentía en el ambiente, se podía cortar a tajada. Ahora si lo veía derrotado. Eran las películas que el jefe esperaba ver para sentirse que ya las había visto todas. Su actitud era tan patética que el resto de los funcionarios lo miraban como si fuera un perdedor. No estaban acostumbrados a ver el jefe apocado, sobre todo en algo que se sentía invencible.
Desde ahí en adelante nada fue igual. Sabían que cada día, después de almuerzo, traía los comentarios de una nueva película. Siempre la última era mejor que la anterior y el resumen habitual aplastaba más ya el precario ánimo del jefe.
Intercalaba los días. Un día iba a la hora de almuerzo y al otro a las seis. No había complicación con el horario de las películas.
Con el transcurso de los días se comenzó a relajar el ambiente y ya las compañeras, coludidos con el jefe, no dejaban pasar nada que no sea acompañado de un comentario.
- ¿Por qué no te vas para la casa mejor, a estar con tus hijos, en vez de ir al cine?
- Porqué con esa plata no le haces un buen regalo a tú señora.
A veces las conversaciones se tornaban insoportables. Ya no las conocía. Hasta su jefe, que siempre fue un hincha del cine ya no le parecía bien que asistiese. ¿Y por qué se molestan? si a todos les gusta el cine, preguntaba
- Si, pero nosotras vamos con nuestros maridos.
Entendía que estaban molestas porque iba sólo al cine. Hasta el jefe le reconvino que era extraño y mal visto que fuera sólo al cine. El se defendía aludiendo cómo el compañero hacía deporte y no invitaba a su señora. Ellas respondían que era distinto.

- Para mí que no vas al cine, quizás dónde vas
- Apuesto que tú señora no sabe qué vas al cine
- Oye, voy a llamar a tú casa y te voy a acusar
- Si fueras mi marido ya te habría dejado, por irresponsable
Nada entendía.
Un día desapareció el talonario. Alcanzó a asistir sólo a siete funciones.

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