martes, 22 de junio de 2004

Sano o enfermo

Hace unos años, recuerdo, se me quedó el llavero en el bolso negro, de esos que se usa al hombro donde acostumbro transportar la agenda, un libro para leer en las infaltables esperas y los cachureos de uso diario. 
Entre ellas estaba la llave de la casa y la de entrada al jardín. En consecuencia, al regreso me encontré frente a la casa imposibilitado de entrar. No había nadie en el interior que me diera una manito así que no me quedó otra alternativa que saltar la reja. Era fácil, tan sólo meter la punta del zapato izquierdo por entre los arbustos hasta apoyarme en el medidor de agua, oculto entre las ramas, luego subir como un primer escalón hasta agarrarme con ambas manos del barrote horizontal superior y, con un pequeño impulso, subir el pie derecho hasta alcanzar la altura de la reja. Ya estaba arriba, sólo quedaba no engancharse en las ramas mientras pasaba por sobre las puntas filosas y, una vez que ya estaba al otro lado, dejarse caer en el césped.
Pero la segunda etapa era absolutamente más difícil. La reja que dividía el jardín del patio era de madera lisa, sin ninguna protuberancia, saliente o hendidura donde apoyar la punta del zapato y forzar un primer escalón. No me quedaba otra alternativa que agarrarme con ambas manos en el borde superior de la reja, casi de dos metros, impulsarme de un salto y con fuerza elevar mis más de setenta kilos hasta quedar con los brazos extendidos, verticales, con medio cuerpo sobre la reja. Es exactamente el mismo ejercicio que subir sólo con los brazos la gimnasta barra horizontal, hasta quedar con ella en el estómago. No todos lo pueden hacer. Yo si. Recuerdo que no existía obstáculo donde no pudiera encaramarme y que no sea mayor de dos metros. Los brazos obedecían a cualquier circunstancia, sorteando desde situaciones deportivas, triviales, hasta las peligrosas y con horror de ser alcanzado. Gracias a ello me salvé de varias ocasiones peligrosas. De un tirón me subía a los árboles, agarrándome de la rama a mi altura subiendo mi cuerpo, a veces hasta quedar sentado, con el giro respectivo. En las carreras infantiles, saltaba los cercos de un solo impulso, adquiriendo una considerable ventaja sobre los rivales. En fin.
Me acerqué a la empalizada, ni siquiera la miraba, con desprecio y arrogancia levanté los brazos y enganché ambas manos en el borde superior. Me agaché sin perder la firmeza de las manos en el borde y con seguridad y confianza tomé impulso. Los pies se estiraron como resortes mientras endurecía y recogía los músculos de los brazos, ambos coordinados en un solo movimiento. Cuando ya todo el peso estaba entregado a los brazos, sentí que el cuerpo se elevaba lentamente, como cuando se comienza a mover un ferrocarril, mientras veía pasar la madera por mis ojos como señal que iba subiendo. Cuando el cuerpo llega a un punto medio, se ejerce palanca con los brazos, por lo tanto la fuerza ya es menor y el cuerpo adquiere velocidad. Llegué a ese punto y ya veía por sobre el cerco hacia el patio. Los brazos se endurecían y se comenzaban a acalambrar anunciando que el tirón tiene su tiempo, justo para llegar a la cumbre. El calor invade al cuerpo y la ropa incomoda. Pero algo pasó. De pronto el cuerpo se detiene. Los brazos todavía están doblados y comienzan a tiritar y con horror siento que el cuerpo se hace cada vez más pesado. Con toda la fuerza hago el último intento y siento que el cuerpo no se mueve. Inmediatamente aparecen unas gota de sudor en la frente y un terrorífico quejido se origina desde mi pecho. Al tratar de dar el último tirón el cuerpo toma posición vertical sobre el cerco, quedando mi rostro sobre el borde superior. El pánico me invade porque si caigo azoto la cara en el borde. No hay tiempo. Cómo un instinto de conservación levanto la faz de la cara hacia el cielo mientras mi fuerza se esfuma. El cuerpo se desploma como si pesara el doble y la pera se estrella en la superficie superior del cerco. Se me remece el cerebro, mientras el dolor se presenta en el cuello. Fue tan intenso que la reacción hizo que el cuerpo saltara hacia atrás como si hubiera recibido un mazazo en plena manzana de adán. Inmediatamente me llevé ambas manos al cuello dejando al cuerpo a su propia circunstancia. Los pies se estaban elevando. Mi cuerpo había girado e irremediablemente me estaba yendo de espalda al suelo. Sentía que la espalda se azotaba en el suelo como un saco, sintiendo un dolor interno con un efecto que retumbó en los pulmones; quedé sin aliento. Pero el cuerpo seguía cayendo. Mis brazos estaban en otra cosa así que no tenía medios para amortiguar la caída. Como un péndulo la cabeza seguía su camino hacia atrás. Pocas veces en mi vida había sentido algo igual. El cuerpo se prepara hasta sentir como la nuca se estrella en el cemento. Siento un chasquido, luego un crujido, el cielo se ilumina, luego se nubla, desaparece, el dolor en el cuello es intenso, por el golpe en la espalda no puedo respirar, la corteza de la nuca no la siento y me niego a palparla porque percibo humedad y quizás los sesos están esparcido en el cemento.
Ahí me quedé silencioso, de nada servía gritar. No había perdido el conocimiento esta vez y mientras me recuperaba recordé que cuando niño había amarrado una cuerda en el balcón del segundo piso y con todo el espacio disponible decidí columpiarme a lo Tarzán, Me encontré en los brazos de una vecina sintiendo un dolor intenso cerca del oído. Fue el dolor el que me recordó que antes estaba colgado y seguramente la cuerda se cortó. Incluso capté que habían pasado algunos minutos porque varias personas permanecían a mí alrededor. Recuerdo al despertar que las coordenadas estaban totalmente perdidas, el cielo me daba vuelta y el dolor se hacía cada vez mas intenso. Esa vez terminé llorando a mares. Esta vez sentí el dolor y no perdí el conocimiento y quizás el cielo me daba vuelta pero no lo veía.
EL dolor en la nuca no cesaba, pero ya lo podía manejar. Me senté y cómo ya podía respirar comencé a realizar un inventario de mi cuerpo. El cuello y todos sus huesitos estaban en su lugar. Podía tragar saliva y gesticulé unos movimientos con la mandíbula hacia los lados. Me dolían los dientes producto del golpe en la pera que los apretó con violencia. Inmediatamente batí la lengua para asegurarme que todavía estaba ahí y completa. De haber sacado la lengua, como es mi costumbre cuando hago fuerza, estaría lamentando tan preciada pieza.
Algo había salido mal. Poco a poco me fui incorporando y me acerqué al maldito cerco a buscar la falla. Algo que había hecho por siempre de pronto no lo pude hacer. Definidamente ya no era el mismo. Los años se quedaron en mi cuerpo. Ahora estaba con un intenso dolor de cabeza y sólo me quedaba lamentar lo ocurrido.
Han pasado cerca de diez años y el estúpido accidente lo recuerdo con claridad detalle por detalle. Pero es difícil acordarse del dolor. En ese contexto estaba olvidado. Hace unos días en la mañana aun durmiendo me senté en la cama, me puse las manos en la nuca con los dedos entrelazados y comencé a hacer flexiones, pensando que un poco de ejercicios me haría bien. Nunca lo hacía. Cuando empujaba el cuerpo por décima vez el calor invadió mi cuerpo, señal que los músculos se ponían a tono. Era evidente que la sensación lograda al exponer el cuerpo a la máxima de las exigencias genera una sensación de limpieza, se botan las impurezas. EL cuerpo entre mas agotado mas saludable. Así que estando ya exhausto decidí levantar el cuerpo una vez más. Ahí ocurrió nuevamente lo inesperado. Apareció un dolor en todos lo rincones de mi cerebro, simultáneo, idéntico al ocurrido hace año pero sin el golpe. Esta vez no había un punto donde sobarme, sino que simplemente me agarré la cabeza con ambas manos y apretarla, esperando que pase. Con el dolor presente me levanté y me fui a la ducha, pensando que se pasaría como si fuera una resaca, pero cuando me disponía a abrir la ducha, decidí sentarme en el borde, aun estaba con ropa interior y esperé. El dolor seguía en aumento y los ojos se me achinaban nublándose la imagen, Todo me daba vuelta. Me incorporé como pude y caminé instintivamente hacia el dormitorio, me arrojé sobre la cama y ahí quedé, estirado, tieso, con la cabeza agarrada y el rostro sumergido en la almohada.
Pasó, el dolor punzante e insoportable ya no estaba, solo una presión en la frente. Este se atenuaba cuando achinaba los ojos. Me duché con la tranquilidad que no caería desplomado y seguí con mi vida cotidiana, Nada había cambiado, sólo que ahora llevaba una incomodad, una presión en mi frente, en las sienes.
Los días transcurrieron y el dolor fue cesando. Ya no era un dolor constante, sino sólo punzadas. Si empujaba o me esforzaba el dolor aparecía, si hacía más fuerza, el dolor crecía, algo me impedía seguir, si continuaba presionando el dolor estallaría. Tuve que acostumbrarme a no hacer fuerza. Ya no trotaba ni subía la escalera de a dos escalones. No reía a carcajada ni volteaba la mirada en forma violenta. Con cada sobresalto aumentaba el dolor.
El dolor fue evolucionando. Ya no aparece solo si hago fuerza. Sino que también cuando pienso algo aburrido. Si tengo una discusión cotidiana aparece la presión como una señal que no debo continuar con dicha polémica. Me retracto. Según sea el nivel de importancia es la fuerza de la presión. Es un efecto curioso porque dicho dolor no ocurre en cualquier circunstancia, sino que sólo en las que no forman parte de mis prioridades. Al contrario. No aparece ninguna presión cuando realizo las tareas de siempre. Leo con la misma intensidad y mi trabajo lo desarrollo exactamente con la misma fuerza y entrega, absolutamente sin ninguna presión que me moleste.
En efecto, el dolor es mi guía para detectar cuando los entredichos son de mi incumbencia o simplemente debo evitarlos.
Lo terrible es cuando no puedo evitar que ocurra lo previsto. Los encuentros con las personas conflictivas a veces son inevitables y en ese caso el dolor es francamente intolerable. No me queda otra alternativa que usar mi habilidad para desviar la conversación o bajar el perfil de la situación. Si antes era peleador, terco, obstinado, testarudo, ahora soy moderado, conciliador, mediador, templado.
El desprecio, odio, rivalidad, la poca sintonía que siento con algunas personas, se amortiguó. Cada vez que me relacionaba con ellos, sentía un dolor punzante, y en vez de continuar con la controversia, porque siempre con estas personas esta asociado un entredicho, vacilaba. Como lo único que deseaba era que el dolor cesara, entonces cedía, y así el dolor desaparecía. Debo reconocer que a esta altura de mi vida, el orgullo gastado y el amor propio endurecido, no es de mi interés entrar en desgastes al enfrentarme con personas que se creen superiores a mí. Por motivos de trabajo converso con decenas de personas que viven pensando que serán los elegidos y se toman la libertad de decirme lo que debo hacer y como debo actuar. Antes reaccionaba porque no los toleraba. Ahora cuando ello ocurre, aparece la presión en la cabeza, en las sienes, que me recuerda que el problema es de ellos. Si piensan que las cosas se hacen así, así se hará. Total el trabajo es para ellos. Y el dolor sino desaparece al menos baja considerablemente su intensidad. En ese aspecto las cosas cambiaron. No sólo me siento tranquilo al no entrar en sus mundos pequeños, sino que además disfruto viendo como actúan equivocados. Que me importa a mí. Mientras no me afecte, o gane menos. Si alguien me enseña diciéndome que Chillán queda al norte de Santiago, aparece el dolor de cabeza y no le discuto, incluso le digo que si él lo dice, así será, total el bruto que partirá al norte va ser él.
Comprendí que muchas de las persona actúan orgullosamente y tratan de no pasar por ignorante, ineficientes, tontos y confunden los roles, la mayoría de las veces se desgastan y si no son fuertes caen en terribles contradicciones que las lleva indiscutiblemente a deprimirse y ser mediocre. Terminan ejerciendo trabajos de mando medios y en franca rivalidad con sus superiores.
La literatura enseña que la mejor forma de sobrevivir a las controversias, es haciéndose el tonto. Decidí entonces ser leso medio día. Hasta las cuatro de la tarde. Y dio resultado. EL dolor cesó y ahora puedo catalogar al resto de las personas. He visto a varios que van a Chillán yendo hacia el norte.
Pero hay otro factor. Con las gente que aprecio. Los más cercanos me producen un dolor agudo. Como si el amor estuviera relacionado con la intensidad del dolor. Que pena. El estar junto a las personas que amo también me produce una fuerte presión en la cabeza. Como se han tenido algunos desencuentros, ya que no todo ha sido color de rosa, ya sea amigos, familiares, cercanos u no tantos, es inevitable que los recuerdos perduren. Antes permanecían ahí y se asimilaban como parte de la madurez. Pero ahora no. EL dolor delata que el recuerdo no es inocuo. Está ahí todavía tan vigente como los recuerdo actuales. La única alternativa es no amar tan intensamente. Es una verdadera lata.

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