miércoles, 9 de junio de 2004

Antesala

Había comenzado cómo un juego. Movía sus piernas de un lado a otro cuando se sentaba en la sala de espera, frente a él. No sabía por qué lo hacía. Quizás porque veía en él a un hombre atractivo, apasionado y presentía que en su interior mantenía un secreto que despertaría su interés.


Ella soportaba la mirada fija de aquel hombre bello, alto y de gran espalda.
Se sentía como una adolescente jugando quien quebraba primero la dirección de la mirada, cómo en sus mejores tiempos de secundaria, cuando jugaba en el bus de regreso a casa. Sólo que esta vez era diferente, jugaba con sus piernas con pequeños movimientos suaves pero al mismo tiempo insinuando una invitación a traspasar en la mirada un mensaje erótico. Al cambiar de posición para acomodar su minifalda, dejaba las piernas a la vista por largos segundos hasta volver a cruzarlas. Ella lo presentía, notaba en él un gesto muscular en las mejillas cada vez que entreabría sus rodillas. Eran sólo algunos centímetros, para no despertar interés en la concurrencia, pero suficiente para que la fantasía de aquel hombre viaje quizás por que pasajes. Aunque la mirada se mantenía firme, su carne era débil. Cada cierto tiempo él se levantaba y se paseaba por la sala de espera, un poco para despejarse del estado incómodo al cual estaba sujeto como también para absorber esa rigidez involuntaria, pero suficiente para delatar su tan inmensa ternura. Ella lo sabía. Volvería a sentarse y nuevamente iniciaría el intercambio de posición de sus piernas, preocupada también de no producir humedad emergida por la vertiente que ella misma generaba con su propia energía.
Pero su caudal era irreversible. No podía poner término a no ser de algún imprevisto, que, sin dudarlo, ella no lo deseaba. Seguía con la vista fija en aquel sujeto inmanejable que se defendía bien en la guerra fría de las miradas, pero que despertaba en ella lo que resulta inevitable, aquella invitación irresistible a sentirse deseada.
En ese sentido estaba perdiendo.
Disparaba dardos de fuego, que daban directo en los ojos de su oponente, acusando su impacto con ligeros pestañeos, pero su cuerpo ardía, no sabía cuanto duraría la farsa de sentirse ganadora, pero sus piernas de pronto perdían el control cruzándose enérgicamente para amortiguar una punzada que llegaba de lleno al centro de su cuerpo, dando un gemido sordo que callaba solamente presionando su bolso en su vientre traicionero.
Se sentía incómoda y culpable. Ya poco le preocupaba el resto de la gente, sólo él.
El marcaba los intervalos cada vez que se ponía de pie. Amortiguaba los ánimos y el juego silencioso entraba en receso.
Esta vez sus piernas se entreabrieron ya no sutilmente, sino que por la incomodidad de la situación y la necesidad de erguirse con rapidez, la ternura de la piel interior florecía brillante ante los ojos de aquel sujeto, que pudo dar su golpe de gracia sin apartar la vista con un cálido mensaje, ya no con la intención de jugar con la mirada sino apreciar concretamente tan hermosa figura.
Se levantó en el momento preciso y sin dudarlo un instante salió disparada. Ya no podía controlar su organismo por más tiempo. Se había confundido.
Tomó rumbo por el pasillo hacia la sala de baño.
Sin mirar atrás cerró tras si la puerta quedando apoyada de espalda con las manos atrás. Eran demasiadas las emociones y no podía detenerlas.
Quedó mirando hacia el techo con una pierna semidoblada, en una posición que invitaba a tomarla de la cintura, aprisionándola suavemente mientras los cuerpos se confundían concretando con suaves besos en la ternura de su cuello. Por unos segundos así se sentía, prisionera de aquel juego, esperando que la figura de aquel ser se concretara frente a ella recibiendo la presión necesaria para frenar el llanto que emergía desde el interior de su entrañas.
No cerró con llave porque así lo deseaba.
Bajó la vista poco a poco, mirando hacia el frente hasta fijar su vista en el espejo. Sus labios entreabiertos fingían recibir la humedad de sus besos.
Su mano izquierda comenzó a acariciar su cuello, simulando las grandes manos de aquel hombre, apretando la barbilla y desfigurando los labios que resultaban verse más carnosos. Sus dedos acariciaban con fuerza su propio mentón, a tal punto que algunos gemidos emergían de improviso, mezcla de placer y dolor. Cerraba los ojos cuando sentía que su boca se sellaba con un beso, mientras humedecía con su lengua sus labios rojos y brillantes. Su mano avanzó por el cuello hacia el pecho, mientras ella retorcía su cuerpo para poder callar los gritos que surgían del interior. Su mano acariciaba su propio cuello mientras se abría espacio entre la abotonada blusa, avanzando y soltando los broches de su propia ropa. Sus obstáculos les proporcionaban un placer mayor. Ella, por instinto, trataba de esquivar su propia mano, para que no avance hacia los lugares prohibidos, pero su cuerpo respondía a las caricias y el hombre imaginario avanzaba con sus manos sin mayor resistencia.
Su mirada era tierna, su rostro rosado daba cuenta del estado de excitación en que se encontraba, mientras más se miraba más sentía que su cuerpo clamaba el placer total.
Sus propios dedos, que eran los dedos imaginarios de aquel desconocido, acariciaban su pecho presionándolo suavemente llevando el ritmo que ella misma daba a sus caderas. Mientras su mano avanzaba los dedos llegaban por fin al punto donde todo el cuerpo sintió un recogimiento, cómo si todas las fibras nerviosas del organismo estuvieran interconectadas a ese lugar.
Sus piernas perdieron fuerza y su punto de apoyo en la puerta resbaló algunos centímetros, mientras soltaba su bolso que aun sostenía en la mano derecha.
Íntegramente entregada.
Fingía abrazar con sus piernas un ser que ocupaba espacio entre su cuerpo. Llevó su mano derecha a presionar y acallar su cálido vientre que esta vez ya no pedía tregua.
Mientras su mano izquierda acariciaba sus pechos, a veces apretando con violencia, su otra mano acariciaba para acallar su vientre gritón mientras su cuerpo llevaba un ritmo pausado simulando que se amoldaba al cuerpo del ser que ahí estaba.
Pero no estaba.
Su mano acariciaba su propio cuerpo pensando que él estaba ahí, sentía su espalda, su nuca, sus piernas, y entre más se apretaba, él más la apretaba.
Entreabrió sus ojos y vio su silueta en el espejo.
Su rostro era irreconocible, rara vez había tenido la oportunidad de verse mientras era presa de un hombre. Eso la llevó a desearse con más ímpetu.
Su cuerpo pedía que se callaran los gritos que provenían de su interior.
Presionaba entre sí sus piernas para poner fin al diálogo sordo que estaban clamando sus compasiones.
Abría sus piernas lentas y afectivamente para recibir la envestida de placer.
Pero no llegaba.
Su figura se quebraba soltando su fuerza a un ser inexistente.
A punto de desplomarse en el abismo y sabiendo que sus piernas cedían y que en realidad nadie la apoyaba, avanzó derrumbándose sobre el lavamanos.
Percibía su cuerpo pesado sobre ambos brazos mientras sus gemidos ya no eran sordos.
Abrió a todo dar el agua caliente y fría viendo su rostro tierno, sus ojos semiabiertos pidiendo una explicación del por qué de este intento frustrado. Quiso acariciar su rostro a través del espejo pero su imagen ya estaba confusa, el vidrio estaba empañado con la tormenta cálida desprendida por el agua caliente al compás de sus gemidos.
Bajó su mirada mientras aspiraba el vapor. El calor invadía su cuerpo, no quería escapar tan pronto, la humedad de su cuerpo igualmente se hacía presente en su rostro.
Cerró sus ojos y aspiró profundo cuando sintió las manos de aquel hombre rodeando sus caderas.
Una ternura invadía su cuerpo. No tenía fuerzas físicas para reaccionar ni sabía cómo, que hacer, sus defensas estaban actuando en su contra.
Levantó suavemente su cabeza hasta quedar frente al espejo, mientras sentía la aproximación del hombre que presionaba, al mismo tiempo que rodeaba su cuerpo, apretando y rozando pausadamente. Esta vez lo sentía real.
La imagen del sujeto, aunque tenue por el vapor, se hacía presente tras ella.
Estaba ahí, mas hermoso que nunca. Su cuerpo, latiendo, rozaba su propio cuerpo, estaba ahí y lo sentía.
Quedó inmóvil, a disposición de él.
Su placer invadía su conciencia.
Sentía que las manos ascendían por la cintura hacia sus pechos, mientras besos ardían en su cuello. Él estaba ahí y su pierna se abría paso entre las suyas, sin fuerza, quedando anclada y suspendida en el placer.
Los broches de su blusa ya no resistían el avanzar de sus dedos, tenía grandes manos sobres sus tiernos pechos, que la hacían suyas. Ella se los ofrecía.
Su imagen en el espejo se veía más hermosa aún envuelta con esos brazos atléticos y sensuales.
El rostro de hombre cubierto en una nube de vapor y placer se veía más bello aun.
Giró en si misma para abrazarse a aquél individuo que la transportaba a un encuentro lleno de magia. Lo miró de frente, abrazándolo por el cuello.
Le mordía tiernamente los labios mientras las manos de aquel hombre la despojaban de sus interiores con movimientos ondulatorios fácil de seguir.
Se encontró desnuda, ante un hombre desconocido que en pocos minutos ya lo adoraba, se sentía suya de siempre, el deseo despertado en pocos minutos reflejaban los años de fantasía esperando algo similar, cuantas veces imaginó ese bellísimo encuentro. Ahora le tocaba a ella. Ayudado por él despejó los obstáculos hasta tener la seguridad en sus manos. Ya no había nada que ocultar. Su hermosura endurecida latía mientras era acariciada por sus astutas manos.
Ella se sentía flotar por el aire mientras sentía que sus pechos eran succionados cómo buscando por ahí su energía vital. Ella ofrecía. Todo en ella era sensible.
De pronto él la miró de frente y la abrazó por la cintura con firmeza. Ella se encaramó rodeando sus piernas por la cintura. Ofreciendo su flor radiante. El tomó su trasero por abajo y con ambas manos levantó su cuerpo hasta tomar posición, dejándolo caer sutilmente mientras ella sentía cómo el tan esquivo amor penetraba su cuerpo abriendo las puertas misteriosas de su mundo íntimo. Clavó las uñas en su espalda para ahogar un grito de placer que se instaló en su garganta. Sus ojos casi blancos se entrecerraron. Ese grito sordo que rebotó por las paredes del lugar dio paso a una serie de gemidos pausados mientras se movía dilatando su cuerpo para que el amor ocupe todos los espacios. No quería que nada quede afuera. Ahora todo era de ella. Se movía casi bruscamente y batiendo sus caderas hasta que el amor toque fondo. Rodeando y presionando a su héroe con ambas piernas, para que no escape, para que no se vaya todavía.
Ella jadeaba al ritmo de sus movimientos. Su aliento ardiente bañaba su rostro. Sus labios húmedos mordisqueaban los de él. Se venía el tan ansiado momento. Sentía cómo su cuerpo se humedecía y se entreabría para dejar entrar la lluvia de placer que ya no se podía postergar. Sentía cómo recibía las vibraciones de ese hombre que no claudicaba, que arremetía con sus meneos a fondo clavando cada vez más la ternura en sus besos y la dureza de su cuerpo.
Ella dio la señal. Era el momento y no se podía dilatar más. El recibió el mensaje y abrazando firme a su compañera con ambos brazos, tomando cada una de sus piernas, aumentó el ritmo y la firmeza de los movimientos queriendo confundirse en un solo cuerpo. Cómo queriéndose meter entero en ella. Ella así lo sentía. Se dejó llevar quedando inmovilizada con tanta energía.
Ya se sentía completa. Era la entrega total.
Sólo respondía con bruscos movimientos que su cuerpo sin control realizaba.
Su cuerpo se estremecía con cada arremetida. Miraba su rostro de frente y le suplicaba que no parara, que no se detenga, que quería más, más y más.
Veía su rostro. Estaba cada vez más bello. El sonreía. Brillaba su piel con el vapor y el sudor. Su cabello inicialmente tan peinado caía sobre su rostro húmedo dando un aspecto olímpico. Sus ojos café bajo esas cejas negras reflejaban su propia hermosura, sus labios finos y carnosos que invitaban a besar dejaban escapar sílabas armoniosas con una profunda voz ronca. Enternecida por sus palabras ella le pedía que no callase, “Háblame, no pares”. Su mirada varonil se iluminaba. Ella, sabiendo lo que venía, comenzó a acariciar ese rostro que se sonrojeaba con cada movimiento, gemía con su voz grave mientras explotaba de placer. Ella, que sintió el torrente de placer dentro y que estaba experimentando lo que nunca en su vida había sentido, quiso decir, cómo la culminación del encuentro, “te amo, quiero sentirte siempre, te amo”. No paró de repetir esas hermosas frases.
Permanecieron en esa posición por largos minutos, moviéndose calmadamente, reaccionando a los últimos gritos de placer que todavía flotaban en el aire.
Se movían cómo presintiendo que ambos querían mantener el placer prisionero dentro de sus cuerpos. “No te salgas”, decía ella.
Ninguno de los dos cedía.

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