Para todo el mundo poco o casi nunca hay tiempo para leer, para hacer deporte o ir al cine,
postergando para otro día con la misma excusa, no tener tiempo.
Pero ir a la peluquería es un acción que se realiza sin programar, salvo en el mismo día. Es mi caso. La peluquería a la cual he ido durante los últimos veinticinco años, está en el recorrido a mi antigua oficina, por lo tanto en el camino a ella, ya sea de vuelta de un trámite o a la salida en la tarde, o a media tarde, no importa, me acordaba y pasaba, sin obedecer a ningún plan previo. Jamás lo anoté en mi agenda. Nunca anoté una cosa así. Ya no tengo esa oficina pero igual voy a su peluquería. Esta señora envejeció conmigo. Fui la primera vez cuando tenía treinta y dos años, ambos de la misma edad, y si sumamos los veinte y cinco, ahora cuando escribo estas líneas, tenemos sobre los cincuenta y siete.
Pero ir a la peluquería es un acción que se realiza sin programar, salvo en el mismo día. Es mi caso. La peluquería a la cual he ido durante los últimos veinticinco años, está en el recorrido a mi antigua oficina, por lo tanto en el camino a ella, ya sea de vuelta de un trámite o a la salida en la tarde, o a media tarde, no importa, me acordaba y pasaba, sin obedecer a ningún plan previo. Jamás lo anoté en mi agenda. Nunca anoté una cosa así. Ya no tengo esa oficina pero igual voy a su peluquería. Esta señora envejeció conmigo. Fui la primera vez cuando tenía treinta y dos años, ambos de la misma edad, y si sumamos los veinte y cinco, ahora cuando escribo estas líneas, tenemos sobre los cincuenta y siete.
Conocí a sus hijos cuando corrían por los pasillos, apenas con
seis años más o menos, hoy uno de ellos atiende codo a codo con ella a cargo de otro local,
pegado al de ella. La conocí cuando ella era empleada y me atajó cuando
yo despistadamente elegía un local para cortarme el pelo. Ella me detuvo en el
pasillo, me asaltó y me empujo a su sillón de peluquero. No me
resistí, por cierto, si era lo que andaba buscando. Bastaron pocas palabras y
pocos tijeretazos para saber y sentir que con ella tendríamos una larga
relación. Al menos una vez al mes durante todos estos años me he cortado el
pelo en su peluquería. Solo cambió de local cuando al año de conocernos se
independizó y se instaló en su propio local, al frente del mismo pasaje. Desde ese día noté
que hacía y deshacía a su antojo. Fui partícipe de varios enojos con sus empleados,
despidos, fastidios, alegatos y también a quienes la acompañaron por años.
También escuché de su separación.
También escuché de su separación.
El trámite completo del corte de pelo, incluyendo la espera, no duraba más de media hora. Me gustaba pasar a las horas más concurridas. En la tarde y los días viernes. Ella me retaba porque pasado medio día, y casi gran parte de la tarde, no entraba nadie. Pero cómo era una peluquería mas orientada a atender damas que varones, se dedicaban a peinados y teñidos, yo me entretenía conversando mientras esperaba mi turno. Me siento esclavizado. Ella debe tener cientos de clientes similares, pero yo me siento único. Cuando llego la saludo como si me estuviera esperando y me despido como si acabara la jornada. Ella nunca se acordó de mi nombre, se le dije varias veces, sin embargo yo nunca me olvidé del suyo. Sin embargo con el tiempo, se acordaba en que habíamos quedado la vez anterior. Ya la clásica pregunta si me lo corta igual no era un simple decir, porque se acordaba. A veces me recomendaba un shampoo para la crasitud y la siguiente vez, sin que se lo recordase, me revisaba los resultados. Varias veces experimentó conmigo. Una vez tomó la máquina y me peló casi al cero, cuando reaccioné ya era tarde y su comentario fue “Te ves bien”. Y yo le creí. Me pelé casi al cero varias veces.
Pasaba mucha gente al local. Al margen de los clientes,
recibía muchas visitas. Era el centro de reunión de varias personas que paraban
ahí simplemente por holgazanes. Varios venían a venderle cosméticos, tijeras o
revistas para mantener en la mesita de espera. Cada uno de ellos se imaginaba que
eran bienvenidos, sin embargo el comentario era el mismo que me hacía a mí. “No
vengan en este horario, que estoy llena de clientes”. En el tiempo de espera yo
veía a varios interesados que entraban al local y al ver o preguntar cuánto
faltaba para su turno se retiraban. Yo cooperaba con ese taco. Yo perfectamente
pude venir a media tarde y atenderme sin que tenga que perder a otros
clientes, pero me habría perdido la convivencia. El olor y el ambiente de peluquería
son indescriptibles.
Los días viernes aparecía un amigo de ella que le pedía
prestado el equivalente más o menos al costo de un corte de pelo. Siempre con
la misma excusa, que no tenía sencillo. Cuando era poco, abría el cajón que hacía
de caja y retiraba el mismo el par de billete que necesitaba. “Me lo anotas” le
decía. Cuando aparecía con cara de serio, le decía que necesitaba conversar con
ella, era porque traía planeado pedir una cifra muy superior. Ella no se podía
negar.
La historia con ese señor la conocí con pelos y detalles. Me
comentó que eran amigos de infancia, de barrio. Cuando ella aprendía el oficio
de peluquería lo usaba a él como modelo. O sea le cortaba el pelo gratis. Cuando ella ya estaba establecida, el la visitaba constantemente, pero a cortarse el
pelo gratis. Cuando después de un tiempo ella logró demostrarle que este era su
trabajo, cambió su actitud. Ella comenzó a cobrarle. El argumentaba que tenía que ser gratis, por usarlo a él tanto tiempo como modelo, incluso mas de una vez le dijo que ella debía pagarle por sus servicios. Lo que en un principio era un empate, ella ganó. El debía pagarle por el corte de pelo, pero como tenía plata, apareció el concepto de pedir fiado.
Ella llevaba anotado en un cuaderno la totalidad de la
deuda. A medida que los años pasaban la cifra iba en aumento y cuando me contó y
me mostró la cifra no me quedó otra que reírme y decirle que jamás la pagaría
tamaña cifra. “Todo se paga en esta vida”. Me Dijo. “Este señor tiene plata,
trabaja y tiene negocios”. Ya sabré yo cómo lo haré.
Entre esos años, su hija se casó y se fue a España. Ella me
tenía amenazado que un día ella no iba a estar en la peluquería porque viajaría
a España a ver a su hija. Pero en la intimidad que se genera mientras me
cortaba el pelo me comentaba que juntar la plata para el viaje era cada vez más
difícil. Ya habían pasado varios años desde que anunció su viaje y me daba
mucha pena preguntarle “cuando viajas”. Pronto, me respondía, pronto.
Un día llegué a la peluquería y no estaba. Había viajado a
España. Dos meses estuvo fuera. Cuando apareció y apenas estuve
sentando en su sillón, comenzó a narrar la odisea del viaje. Partió primero comentándome
que su amigo, el pedigüeño, se enfermó. Así que de inmediato ella fue a su casa
a verlo, como corresponde a una antigua amiga. Lo encontró postrado en la cama, afiebrado,
triste y aburrido, por lo que ella le recomendó que para pasar el tiempo mientras
se recuperaba era necesario que se comprara un televisor. Así que lo convenció
que le diera un cheque abierto para ir a comprar uno pequeño y no muy
caro, según se lo pidió él.
Ella, que tenía clara la deuda que tenía este señor, puso la
cifra en el cheque, fue al banco y lo cambió. Con ese dinero viajo a España a ver a su hija.
“No hay deuda que no se pague”, me comentaba mientras me pasaba
la máquina recortándome los bordes. Yo, asustado por la audacia de su acción, rogaba
que no se le pase la mano y me haga un corte en una oreja.
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