Recuerdo cuando estuve en el liceo, primero medio, por ahí, era un desalmado e irresponsable.
Tenía buenas notas, sobre todo en los ramos de áreas científicas, matemáticas y físicas. Pero no brillaba porque mi conducta era atroz.Cada día, y a veces más de una vez en la misma jornada, me anotaban en el libro de clases, ya sea por un comentario poco afortunado o en anotaciones generales, donde caían tanto los desordenados y los no tanto.
En las reuniones de apoderados se tocaba ese punto tan delicado. Los retos de la profesora jefe eran dirigidos al grupo pero después se dirigía a mi madre y me dejaba en evidencia frente al resto de los apoderados publicando la gravedad de mi mal comportamiento.
A mitad de año mi comportamiento era insoportable. Ya mi madre estaba advertida que si el ritmo de anotaciones diarias continuaba, me aplicarían la tan temida suspensión. Eso era grave porque con un par de suspensiones, no recuerdo cuantas, dos o tres en el año, uno quedaba condicional. Y ese era el primer paso para la expulsión. Antecedentes existían. A varios compañeros nunca más los vimos porque al año siguiente le cancelaron su matrícula.
Cuando ya quise moderar mi comportamiento, que ya estaba en crisis, la situación se me puso cuesta arriba. Yo no lo sabía, pero los mismos profesores y algunas profesoras, de esas que le gusta el chacoteo, me advirtieron que aunque haga esfuerzo en mejorar la conducta mi mala fama finalmente me terminaría sepultando.
Otros me recomendaron que la otra forma de revertir dicha calamidad, era tener anotaciones positivas. ¿Cuántas anotaciones positivas anulan una negativa? Siempre fue un misterio.
Averiguando confeccioné una lista de actividades que se premiaban con anotaciones positivas.
Deportista. Ninguna posibilidad de pertenecer a un club deportivo, máxima distinción a cuyos miembros prácticamente no lo anotaban aun cuando sus desórdenes eran de orden mayor. Insolentes, matones y prepotentes como ninguno, gozaban de esa impunidad. Pero aun así eran catalogados cómo simpáticos.
Después estaban los otros. Paso a describirlos:
"Los semaneros", esos que se quedaban después de la última hora para asear la sala. Corrían los bancos, recogían los papeles y barrían. Que atroz. Descartado.
"Los arrastrados", así los llamábamos en mis tiempos. A los que ayudaban a los profesores, a veces a pasar lista o a llevar el libro de clase o los materiales. Los barreros. Los acusetes. Nunca sería uno de esos.
Los alumnos inspectores. Eran los que acusaban a los desordenados. Cuando la profesora se ausentaba de la sala por un instante, estos se encargaban de anotar quienes causaron desorden. La profe, sin ningún criterio y usando esa mala fama a la que me refiero, traspasaba la anotación al libro. Ni se me ocurrió postular por razones obvias, no sería aceptado.
Banda de guerra. Ahí me inscribí. A pesar de quedarme todos los días un par de horas ensayando en el patio al aire libre del liceo, hasta las nueve de la noche, con frío y lloviendo; ….a pesar que estábamos dirigidos por unos milicos que nos enseñaban a desfilar al mejor estilo castrense, con castigos tales como tiburones o camoteras de los propios compañeros; ….a pesar que yo era afinado en tocar la trompeta, me daba una vergüenza ajena desfilar en las ceremonias oficiales, porque la mayoría eran desafinados y descuadrados para desfilar, más parecía un desfile de orangutanes, y lo peor de todo, eran feos, aun así, a pesar de todo, cosas de niño, lo pasé bien. Tuve anotaciones positivas.
Otras actividades, como los que recitaban en los actos, los que pertenecían a los talleres de teatro, remo, bomberos, así es, también habían compañeros bomberos, muy usual en provincia o en pueblo chico, los que pertenecían a la directiva del curso y ya de orden mayor, a los que pertenecían a la directiva del liceo.
Entre paréntesis ser bombero era alucinante. Sonaba la sirena de la ciudad y corrían los alumnos, los profes y los inspectores bomberos por los pasillos mientras los porteros le abrían las puertas. Libres. Los que quedábamos adentro los mirábamos y decíamos, ¿Cuál es el requisito para ser bombero?
Con las anotaciones positivas de pertenecer a la banda de guerra, algo mejoró el asunto de la fama. Pero no tanto. Siempre que había desorden en la sala, se escuchaba “Rivas, siéntese”, “Rivas, callado”. Y yo estaba tranquilo. En fin.
Una vez no fui a clases, seguramente estaba ensayando en la banda, porque en ese tiempo no se faltaba a clases, llueve o truene, y producto de un desorden exacerbado el profesor junto con anotar a todos los verdaderos desordenados también me anotó. La fama me pasó la cuenta.
La anotación fantasma, la apodé.
Fui suspendido.
Cuando estuve frente a mi padre, después del castigo de esos tiempos, logré explicarle que fui anotado en ausencia. A ese detalle no le dio importancia. Lo que le daba lata era tener que ir a poner la cara. "Tener que ir".
La profesora jefa nos recibió en la misma sala de profesores. Ella comenzó con el sermón de siempre, la cantidad de anotaciones, el desorden reiterado.......
En ese tiempo el profesor, después de la conversación formal describiendo el porqué de la suspensión, se daba el lujo de retar y a veces amenazar al alumno con severas sanciones si no corregía el comportamiento. Y no era raro, que el padre, para dar muestra que era un padre ejemplar, terminaba por retar a su hijo ahí mismo, frente al profesor, incluso con amenaza que en la casa se las va a dar. Le creía a pies juntillas todo lo que la profesora le decía. Qué lesera. Ni se atrevía a defenderlo. Qué tiempos aquellos.
Pero esta vez mi padre, que no era para nada asertivo, ni bueno para el diálogo, era más bien bruto y todo lo llevaba a la gravedad absoluta, le acotó, interrumpiéndola
_ “Pero mi hijo ese día no estaba”
_ “¿Cómo no estaba? ¿Qué me está diciendo?”
La profe se descompuso.
_ “Aquí en el libro dice jueves, a la segunda hora, y está clarito el nombre de su hijo”
_”Peor todavía el error. Si mi hijo no asistió a clase”
_”El profesor de Inglés no pudo haberse equivocado”
_”Antes de venir le pregunté al sargento que dirige la banda y me confirmó que nadie falta a los ensayos”
_”Bueno, no importa. Su hijo fue advertido y se le suspendió por la cantidad de anotaciones”
Se acabó la conversación.
En esos días en septiembre y como es usual en provincia, las fiestas patrias se celebraban con fuegos artificiales. Se podía comprar a granel y sin restricción. Yo les tenía respeto a los petardos. Jamá encendí alguno. Encontraba que la mecha era muy corta y no alcanzaba a arrancar.
Pero si me gustaban los guatapiques. Eran piedritas redondas bañadas en pólvora y envueltas en papel volantín. Si se golpeaba en el suelo detonan con un ruido considerable. Especial para asustar a una víctima al golpearlas en el suelo, en los pies mientras camina. Entre más fuerte el impacto, como que sonaba más fuerte.
Un día fui con uno, recalco, uno, al liceo. Pretendía asustar a alguien. Se me ocurrió mostrarlo a los compañeros en la sala, mientras estábamos en clase con la profe jefe.
Paredes, el que si era malulo, agarró el guatapique y lo arrojó contra el piso. Sonó fuerte, La profe se alteró un poco, identificó quien lo tiró, lo iba tan solo a anotar, pero Paredes se defendió diciendo que él no lo trajo.
_”Quien fue”, preguntó.
Listo. La fama me pasó la cuenta. Debía llegar con mi apoderado al otro día. Al otro lo iba a anotar, pero a mi a suspender.
En el recreo, en el patio descubierto, estaban prendiendo petardos sin restricción. Yo miraba a la sala de profesores que estaba en el segundo piso y veía a la totalidad de los profes disfrutando, pero entre ellos estaba la profe jefe mirándome.
Al otro día mi padre conversó con la profesora, me suspendió y quedé condicional.
En la casa mi padre me castigó como de costumbre. Seguramente cumplía el rol de padre ejemplar.
Le expliqué el asunto de los guatapiques. Que había llevado solo uno. Que no pensaba en explotarlo en la clase. Qué Paredes me lo quitó y lo lanzó a propósito al piso. Que a él ni siquiera lo anotaron.
Mi padre a la antigua consideraba que si me pillaron a mí, no debía culpar a Paredes, lo pasó por alto.
Su reto más grande fue porque seguí tirando petardos en el patio, a la vista de los otros profesores.
_”No” le dije.
_”La profe dijo que te vio”
_”Si, si me vio. Yo también la ví. Estaba apoyada en el borde de la ventana, con los otros profesores. Pasó lo mismo que la otra vez. Inventaron que yo estaba haciendo desorden y ahora inventaron que yo reventaba petardos. Obvio que me vio, si estábamos todos en el patio”
_”Dice que te vio tirando guatapiques”
_”Imposible. Tiraban petardos. Yo le tengo miedo a los petardos”
Ahí sí. Por fin. Me creyó. Cualquier padre sabe a qué le tiene miedo su hijo. Y sabía muy bien que yo tenía un miedo atroz a los fuegos artificiales en general, más aún a los petardos.
_”Mañana vamos hablar con ella”
Al otro día mi padre en vez de esperar en la sala de espera, se dirigió de inmediato a la sala de profesores. Conmigo de la mano.
_”Mi hijo dice que no tiró ningún guatapique en el patio” – Dijo mi padre.
_”Cómo, si yo lo vi con mis propios ojos” - respondió la profe.
_Si, Usted estaba mirando desde la ventana del segundo piso, junto a los otros profesores. El vio que Ud. lo vio, no se estaba escondiendo” – Continuó mi padre.
_”Si, estaba tirando guatapiques” – dijo la profe.
_”No. Lo que estaban tirando eran petardos. Esos se prenden con mechas y hay que agacharse, prenderlo y arrancar, y él estuvo siempre en grupo con sus compañeros conversando, mirando”.
_”Seguramente les pasó los guatapiques a alguien para que los tirara, igual que en la sala” – dijo la profe, muy segura de sí misma.
_”Pero los guatapiques no se encienden” – dijo mi padre
_”??????” -
Ahí mi papi, medio hocicón preguntó a viva voz
_”Alguien vio si estaban tirando petardo ayer en el patio”
_”Si” - dijeron todos – “Todos los vimos”. Asegurando.
_”Ve” – profesora – “Eran petardos”
Y de nuevo preguntó:
_”Eran petardos o guatapiques”
_”Petardos” – dijeron todos.
Y esas profesoras chacoteras, que no están ni ahí con mi fama, dijeron
_“Si los guatapiques suenan despacito. Eran petardos. Si los prendían”
_”Ve”- Profesora – “Además mi hijo le tiene miedo a los petardos”
_”Es segunda vez que suspenden injustamente a mi hijo”, Córtenla, po”
Nos retiramos.
Se extinguió la mala fama.
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