Las tertulias en las oficinas son maratónicas. Se sabe la hora de inicio. Fácil, porque coincide con la hora de entrada pero la hora de término va dependiendo del termómetro emocional.
Y es entendible, por algo todo el mundo participa en estos círculos. Tampoco existen alternativas, ya que cualquier otra variante se puede interpretar como sacar la vuelta. Pasar reunidos conversando 45 horas semanales, 180 horas al mes, y para que seguir con el cálculo de horas al año y quizás cuantas miles son en una década, es una actividad simplemente desproporcionada y también alucinante. Su magnitud es similar a la cantidad de horas que alumbra el sol.
Convengamos que muchas de esas horas de conversaciones son relativas al trabajo que ejecutan. Pero muchas otras no lo son. Y ahí está la imaginación de cada uno de hacer que esos momentos sean agradables o provechosas. Si son desagradables al menos son provechosas. Triste sería si no cumplen ninguna de las dos. Desagradables y no provechosas. Un caos.
Como la conversación es democrática, o sea cualquiera puede participar, las diversas fracciones del grupo de trabajo, en cuanto a las conversaciones, son evaluadas como simpáticas, prepotentes, sesgadas, acomplejadas, bellas, cultas, rascas, etc. Lo real es que cualquiera sea el tenor de esas conversaciones el grupo de trabajo tiene que convivir con ellas las horas que ya mencioné al comienzo del texto. Y son un montón.
La conversación también es jerárquica. Dentro de una oficina da la sensación que la conversación es ligeramente, sino de frentón, más interesante cuando la dirige o la inicia un jefe o jefa. Más aún si ésta o éste tiene sus años, - los años constituyen grado, en jerga militar – y a veces la dulzura y la ingenuidad de la niña más joven.
De más está decir que en la medida que aumenta la cantidad de personas dando vuelta en la oficina, aumenta la cantidad de tipos de conversaciones.
Una prueba es cuando llega cualquiera pregonando que el calefón no calentó lo suficiente y se tuvo que lavar el pelo con agua fría en el ambiente se siente un rumor diciendo “a quien le importa”, pero la mecha ya está encendida. La conversación se inicia.
Hago este preámbulo porque en la oficina hace semanas, sino ya hace meses, cada cierto tiempo, casi a diario, viene dándose una conversación media peligrosa que hiere algunas susceptibilidades y deja a algunos seriamente picados. El planteamiento original que dio a pie a esta maratónica conversación, fue: de qué sirvió haber estudiado matemáticas o física.
Muchos opinaron - qué tontera más grande -. Sin embargo otros opinaron que eso permite no hacer la misma pega dos veces, ordenarse, aplicar la lógica, emplear métodos. A poco andar ya se habían formados bandos y estos eran transversales. Algunos que nunca estudiaron una carrera reconocían lo importante que eran las matemáticas, las ciencias en general, que si aportaban, con esos conocimientos se entendía las complicaciones del medio ambiente y la reproducción. Pero los del otro bando, que incluía a varios con carreras universitarias, rechazaban las matemáticas.
- Son inútiles y son mal enseñadas. No sirven para nada.
Las cosas ya estaban llegando demasiado lejos. Se enrostraban situaciones ya pasadas. Cómo la otra vez que se me ocurrió mencionar que algunas mujeres, no todas, me apresuré en decir, que por opción, o sin opción, según sea el caso, las que son dueñas de casa, es decir, dedicarse a las labores de la casa, porque no todas son dueñas de casas, lo digo porque de inmediato algunas que defienden, mejor dicho te apedrean la idea, por solo discutir, continué, por no saber un poco de ciencias arruinan lo que con tanto afán cocinan, aunque no todas,
- ya, córtala –
Continúo…, trataba de decir que algunas cocinan porque no saben hacer otras cosas, pero sea como sea lo que trato de decir es que aun cocinando con agrado, no llegan al punto. O se pasan o les falta.
- ¿De qué hablas? Si cocinar es poesía, no tiene nada de ciencia. Se utilizan técnicas, tal como el pintor usa pinceles, o el escritor un computador, pero ahí las matemáticas o la ciencia no entra.
No sé si era pregunta o afirmación. Pero era uno de mis temas favoritos. Así que comencé.
- A mí me gusta la sopa hirviendo. – dije iniciando una nueva ronda de debate.
- Y, ¿dónde están las matemáticas?
- En el peso específico. ¿Saben algo de calor específico?
- No.
- Ven. A eso me refiero.
Ni mi madre ni mi abuela, ni ninguna de mis tías sabían de peso específico. Cuando cocinaban sopas o cazuelas les quedaba riquísima. Eso era así en los almuerzos, porque cocinaban y almorzábamos. Calentito. Pero como yo llegaba generalmente en la noche, cualquiera de la que esté a cargo de la cocina, mi mama o mi abuela, cortésmente me calentaba la sopa. Ahí está el error porque se generaba una gentileza perversa. Mejor me la calentaba yo.
Ellas esperaban que se calentase la sopa, incluso la probaban antes, y cuando ya se quemaban la lengua al probar, sensor de que ya estaba caliente, me servían el plato. Pero cuál era el problema, que la papa y la carne no estaban lo suficientemente caliente.
Si hubieran sabido peso específico, sabrían que aun estando la sopa caliente, la papa, la carne, el choclo, necesita más tiempo de calor porque su masa es mayor. Había que dejar la sopa hervir un poco y después servir.
- Con mi abuela no pasaba eso. – Dijo la Paty, -Ella colocaba los platos en hilera y sacaba y la carne y la papa e iba preparando los platos, mientras esperaba que se calentara bien la sopa.
Iván, el jefe designado, - le decíamos así porque el gerente lo nombró jefe nada más que para trasmitir esas órdenes que nadie se atrevería a dar, pero él las daba sin inmutarse, - que estaba atento a la conversación de la sopa, le dijo a la Paty que en ese caso la carne y la papa no se calentaba lo suficiente, porque la sacaban antes de la olla, y de inmediato se dirigió a mí,
- Pero para eso no hay para que saber física, es puro sentido común.
- Como que no, si además de comer la sopa y las presas calentitas, ese conocimiento sirve para todo lo que tenga peso. No es lo mismo empujar un auto que un carro de tren.
- Eso es otra cosa – dijo Iván. – no es temperatura.
- Lo mismo pasa cuando le echas hielo a una jarra de chicha. ¿Qué temperatura tiene el jarro?
- Ahí sí, depende de la cantidad de hielo y de chicha – Iván nuevamente.
- Cero grado. Mientras el hielo esté en cubo, en el jarro hay cero grados. Ni más ni menos, Si hace calor se derretirá más rápido, pero mientras existan cubos, está a cero grado.
- Al revés de la sopa, - dijo la Paty – o sea mientras más hielo o chicha la temperatura se mantiene. Ya, voy a estudiar física.
- Insisto - dijo Iván - No hay que saber matemáticas. Diste un ejemplo puntual que no viene al caso.
- Además en la probada de la sopa está envuelta la estadística. – dije con ganas de molestar.
- Ya, dale – Iván nuevamente. - ¿Qué tiene que ver la estadística?
- Para probar que la sopa esté caliente no necesitas probar toda la sopa. Sacas una muestra, una cucharadita, y puedes inferir, deducir, palabras claves en ciencias.
- Ya, de nuevo, eso es sentido común.
- En todo lo cotidiano están las estadísticas. Problema matemático: Si tú tienes una bolsa con diez pares de calcetines. Cinco pares azules y cinco pares rojos. Sin mirar. Cuantos calcetines tienes que sacar para asegurar un par del mismo color.
- Esa es una pregunta de ingenio – alegó Iván.
- Pero basada en las estadísticas. Trata de resolverlo. Y dime si te vas por el lado del sentido común o por las estadísticas.
- A ver. Tenemos 10 calcetas rojas y 10 azules.
Todos opinaron.
- Cinco – diez - los veinte.
- No te voy a contestar. – Dijo Iván – Porqué es evidente que es un caza bobo y voy a responder cualquier cosa.
- Si usas las estadísticas, serás preciso, pero si usas el sentido común, la intuición, te vas a equivocar. Dale, juégatela.
- Once. Obvio. Sacas los diez primeros, puede que salgan del mismo color, pero al sacar el número once, completas el par.
- Ves. Usaste las estadísticas, pero para sacar dos colores distintos.
- ¿De veras?
- Debiste usar la misma lógica. Con tres calcetines que saques te aseguras un par.
- ¿Cómo?
- Claro. Sacas uno. Al sacar el segundo si sale del mismo color, ya tienes el par. Sino, al sacar el tercero, cualquiera sea el color aseguras un par.
- ¿Cómo? ……… Tienes razón. Viste es una pregunta de ingenio. Caza bobos.
- No.
- A ver demuéstralo matemáticamente. Dijo la Paty.
- Fácil. Coloquemos los intentos en la pizarra. Intento 1, intento 2, intento 3 y así. Primer intento, da lo mismo el color, es fijo. No se considera. Segundo intento. Si el primero es azul, cual es la probabilidad de sacar del mismo color, cincuenta por ciento. Ya. Supongamos que sacaste uno rojo. Tenemos uno rojo y uno azul. Ahora bien. Cuál es la probabilidad de sacar uno rojo o uno azul, para completar el par. Cien por ciento. Listo. Completaste el par. tres intentos.
- Era difícil. – Lamentó Ivan. Acongojado.
- Usaste la misma lógica matemática pero para sacar dos calcetas distintas. Sin darte cuenta. Ahí está la trampa. Las personas piensan que es sacar distintos pares. Ojo, que en esta caso da lo mismo la cantidad de pares. Podís tener un saco con cien pares o mil pares.
- Ya…..
- Incluso puedes tener cien pares azul y un par rojo, Y la respuesta es la misma.
- Ya, me aburriste. – Dijo – Mo me vas a convencer. – Pasando a otro tema, por el cual nos pagan. Mira, el programa que estabas haciendo para imprimir los comprobantes está malo.
Iván trajo una resma de papel con los comprobantes impresos. Tomó la primera hoja.
- Si te fijas, la última línea no está al centro. Debes arreglarlo.
Para ese detalle máximo me demoro una hora en arreglarlo. Pero no se lo dije, porque así me tomo todo el resto del día y lo entrego mañana después de almuerzo.
- Bien. Lo arreglo y lo entrego mañana.
- Anótalo porque hay más. Mira la segunda hoja, también tiene la última línea corrida. Debes centrarla.
Hubo un momento de silencio en la oficina. Todos callaron, como presintiendo algo. No todos sabían matemáticas pero intuían algo.
- ¿lo anotaste? Ya. No quiero fregarte la semana, pero el tercer comprobante también tiene la última línea corrida. Serán tres días entonces, no uno como me prometiste. Y no quise seguir revisando porque quizás con que otras sorpresas me voy a encontrar. Pero termina esto primero.
Miré de reojo al resto de la audiencia y la mayoría estaba con la mano tapándose la cara. Sentían vergüenza ajena por nuestro Jefe, el Iván.
- Bueno – dije - me esforzaré para entregar todo esto el lunes.
- Ya, vamos a almorzar ahora, hemos perdido toda la mañana hablando tonteras. Y llegando de almuerzo te pones las pilas.
Iván se retiró a la oficina del gerente a entregar un reporte de mis actividades. Lucía muy satisfecho.
Yo miraba a mis compañeros. Estuvimos largos minutos callados. No se me ocurrió nada más que decir, mientras tomaba el siguiente comprobante
- Usando inducción, matemáticamente hablando, deduzco que el cuarto comprobante también tiene la última línea corrida.
- Se fijan.
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