Cualquier tipo de alergia
evoca mis recuerdos. Incluyendo la alergia ajena. Aunque ahora no me afecta
tanto, en los años de juventud me azotaba con una inusitada violencia.
Recuerdo ocultándome de los días asoleados, no podía mirar estando al sol, caminando siempre por la sombra. Los cambios de clima eran fatales. Si me levantaba más tarde de lo normal, estaba todo el día resfriado, estornudando y con dolor de cabeza. Si la ducha estaba muy caliente, me resfriaba. Si me duchaba con agua helada, se me quitaba la alergia. Si el champú era muy aromático, aparecía el resfriado. Pienso que el origen fue un resfriado mal cuidado que perduró por meses y que se transformó en sinusitis cuando mi padre me compró la moto. A los 18 años. El frió se instaló en mi frente al punto que permanecía con un dolor constante todas las horas del día, sentía crujidos al interior de las fosas nasales. Por ende viví resfriado por años, hasta que vendí la moto. Así fue como apareció un asma producto de lo mismo. Sentía que la garganta se cerraba y se apagaba el aire. Eso sí que fue atroz. Que te falte el aire es una angustia muy difícil de definir. Mientras fui alumno de la UC, los médicos experimentaban para descubrir el origen de la alergia. Me pinchaban ambos brazos con alfileres, agarraban el cuerito levantándolo hasta romperlo, produciendo una minúscula herida. Después untaban con diferentes líquidos en cada una de las grietas. Cada gota era un extracto de algo, plumas, polvo, polen, etc. Si la herida se transformaba en roncha esa era la alergia. La medían y anotaban. Estamos hablando de veinte pinchazos por cada brazo, proceso que se repitió por varios días.
Recuerdo ocultándome de los días asoleados, no podía mirar estando al sol, caminando siempre por la sombra. Los cambios de clima eran fatales. Si me levantaba más tarde de lo normal, estaba todo el día resfriado, estornudando y con dolor de cabeza. Si la ducha estaba muy caliente, me resfriaba. Si me duchaba con agua helada, se me quitaba la alergia. Si el champú era muy aromático, aparecía el resfriado. Pienso que el origen fue un resfriado mal cuidado que perduró por meses y que se transformó en sinusitis cuando mi padre me compró la moto. A los 18 años. El frió se instaló en mi frente al punto que permanecía con un dolor constante todas las horas del día, sentía crujidos al interior de las fosas nasales. Por ende viví resfriado por años, hasta que vendí la moto. Así fue como apareció un asma producto de lo mismo. Sentía que la garganta se cerraba y se apagaba el aire. Eso sí que fue atroz. Que te falte el aire es una angustia muy difícil de definir. Mientras fui alumno de la UC, los médicos experimentaban para descubrir el origen de la alergia. Me pinchaban ambos brazos con alfileres, agarraban el cuerito levantándolo hasta romperlo, produciendo una minúscula herida. Después untaban con diferentes líquidos en cada una de las grietas. Cada gota era un extracto de algo, plumas, polvo, polen, etc. Si la herida se transformaba en roncha esa era la alergia. La medían y anotaban. Estamos hablando de veinte pinchazos por cada brazo, proceso que se repitió por varios días.
Me derivaron a
doctores especializado. En la sala de espera nos encontrábamos los alérgicos.
No eran pocos los desdichados. Hablábamos sólo de alergias mientras esperábamos
nuestro turno. Cada uno se sometía a los más diversos y extraños exámenes.
En uno de esos
laboratorios me atendió una joven doctora, que viajaba todos los días de Viña a
Santiago, estudiando y escribiendo sobre este tema. Dicha doctora fue mi primer
amor platónico. Mientras iban desapareciendo los otros pacientes porque se les
descubría su alergia y se les enviaba a los doctores respectivo, esta dama
continuaba conmigo porque no descubría cual era mi enfermedad. Yo estaba
totalmente entregado. Iba todos los días. Y todos los días lo mismo. Buscando
el origen de la alergia. Estábamos toda la tarde juntos. Enamorarse de la
doctora no es un tema trivial. Ella me tocaba a su entera disposición, sin camisa,
auscultando el pecho, me hacía respirar profundo para ver como crecía mi caja
torácica, mientras me apretaba las costillas, con sus preciosos dedos, jugaba
conmigo respirando y botando el aire, ella me alentaba llevando el ritmo. Para
escuchar no usaba ningún aparato. Ponía directamente su oído sobre mi pecho.
Buscando un crujido, un ruido, a lo mejor escuchaba mi corazón enamoradizo.
Pero no todo era
fácil. Me hacía respirar distintos vapores con sustancias impropias. Yo
reclamaba. - Ese vapor ahoga a cualquiera -, le decía. Ella se acercaba a mí, no
tenía por qué hacerlo, y mejilla con mejilla, nos metíamos los dos en la misma
mascarilla, prácticamente nuestros labios se rozaban. ¿Ya, listo? Y soltaba el
vapor. Yo terminaba ahogado y ella no. Su piel suave aun la recuerdo. Yo ya
usaba barba. Algunos vapores me dejaban aturdido. La idea era soportar el
máximo de tiempo con la mascarilla puesta y el vapor a todo dar. Ella
registraba los tiempos. - Vamos, aguanta, aspira y aguanta - se cerraba mi
garganta hasta que sucumbía tendido en el sillón. Me provocaba un ataque de
asma. No era similar a estar bajo el agua, porque ahí uno empieza a dar
manotazos, aquí iba perdiendo poco a poco el conocimiento. Me iba. Cuando ya
sucumbía, quizá ya con un semblante morado, ella cambiaba la mascarilla por una
con gas con el anti alérgico, que sensación más agradable, aun la recuerdo, y recuperaba
la conciencia mientras ella me abrazaba, ponía su rostro sobre mi desnudo y
peludo pecho y decía, ya pasó, ya pasó. Reía. ¿Por qué reía, si yo sufría?
Anotaba algunas cosas, seguramente aun indecisa con el diagnóstico, preguntaba,
¿lo hacemos de nuevo? Tan enamorado estaba que lo hacíamos tres, cuatro veces.
Cuatro ataques de asma diarios, no fue fácil. Así fue mi primer amor platónico.
Luego de varias veladas ella definitivamente no pudo viajar más. Creo que
lloré. Me presentó a su reemplazante. Un pelotudo mamerto con cara de mateo así
que no fui más.
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