jueves, 3 de febrero de 2005

Sobras

No recuerdo bien como se inició esta historia que voy a relatar. Los años que recién pasaron son más cortos que los años anteriores y eso me mezcla las fechas.
Sólo cómo referencia, para poder guiarme en esta tarea de repasar mi historia, concluyo que aun me faltaba un par de años para finalizar la enseñanza media.
Aunque hay otro elemento para evocar: ese año el invierno fue cruel. La lluvia había causado estragos en el barrio y tengo la imagen de casi todas las casas con sus patios inundados, diluvio que dejó las calles convertidas primero en grandes pozas y luego se convertían en barriales eternos, esos que nunca desaparecen y que forman parte del paisaje habitual.
Lo recuerdo porque tanta lluvia impedía que nuestro grupo de amigos se reuniéramos después de clases. Mientras la luz del día se extinguía siendo reemplazados por las tristes luminarias que vigilaban el anochecer. A esa edad era muy importante salir con ellos. De los juegos de grupos, de los paseos caminando o en bicicleta. Era la edad de la pubertad.
Entre las niñas del grupo, no sé cómo ni en que momento, comenzó a sobresalir la que será la primera figura de esta historia. Hasta ese momento llevábamos viviendo varios años a pocas casas de distancia y, sin embargo, aún no recuerdo alguna situación donde por algún instante acaparara mi interés. Ella se confundía entre un tumulto de hermanos que en su conjunto eran prepotentes, tumultuosos y poco amistosos con los respectivos niños de la misma edad. Ella y sus hermanos eran cinco, y una prima que nunca supe en que año apareció, pero se agregó sumándose a un verdadero clan familiar.
Este grupo de cinco hermanos, estaba compuesto por tres varones, donde el mayor era ya joven que cursaba en un instituto de la ciudad. El menor tenía tres años menos que yo. Ese aun estaba en la primaria. Recuerdo que con ellos sucedía una situación muy obvia y fácil de predecir. Cada uno protegía al hermano inmediatamente menor, por lo que existía un pequeño poder hacia el resto de los amigos. No era muy simple tranzarse en una discusión sin terminar alegando también con el hermano mayor, su inmediato protector. Ninguno brillaba ni por alguna gracia ni por algún defecto. Pero en conjunto eran muchos más que tres. Todos juntos actuaban como escudo que imposibilitaba alguna relación más cercana, que no sea sumisión. El resto de los amigos del barrio, que no eran pocos, caían en ese sometimiento y liderazgos falsos. Yo, en comparación, era un ser solitario, sin hermano y ni sombra que me acompañara. No quería tener problemas con ellos.
La llegada de los días sin lluvia tría consigo esa alegría de volver a las jugarretas callejeras. La aprovechábamos para nuestros paseos en bicicleta rutinarios. Quizá fue esa la forma como llegué a cruzar las primeras frases con Isabel, como dije, una de las hermanas de este clan familiar. La frecuencia de esos paseos coincidentes fue aumentando hasta que por señales nos juntábamos, privilegiábamos esos momentos escasos donde podíamos cruzar algunas palabras.
Los días iban pasando y los advertía cada vez más ágiles y fluidos. La alegría de nuestros encuentros propiciaba que cada día era mejor que el anterior.
Al principio no me daba cuenta, pero al paso de los días sentía que para poder estar con ella tenía que ir sorteando obstáculos cada vez más difíciles. Ya no era como al principio. Las tardes seguían siendo las mismas, claro, la rutina para ir encontrándonos iba perfeccionándose, por cierto, pero también algo se iba interponiendo entre nosotros. Uno de sus hermanos, el de mi misma edad, era el principal escollo para gozar con su presencia a solas.
Era su hermano mellizo y existía esa relación de hermandad que va mas allá de lo que uno está habituado. Yo no recuerdo como era antes que yo comenzara a acercarme a ella, pero supongo que no debe de haber sido muy diferente. Aunque quizá para mí el foco de atención estaba en otro lugar, mas preocupado de estar con ella y no del hermano que ya andaba rondando.
Era el principal obstáculo para estar juntos. Ella y yo dábamos rienda suelta a las más increíbles señales, gestos, con tal que él no se diera cuenta. Nunca me atreví a averiguar que hubiera pasado si el se percata de nuestros flirteos, pero al poco tiempo se tornó imposible intentarlo. Cada uno de los días era diferente y echaba por tierra cualquier plan que con tantas esperanzas me había trazado. En los momentos menos indicados aparecía él, integrándose para no despegarse en toda la restante tarde y parte de la noche.
Con el tiempo nuestros encuentros ya eran rutinarios. Cuando ella se demoraba en salir, me acercaba al hermano porque sabía que ella se integraría finalmente a nuestro pequeño grupo de tres. La presencia de este hermano ganaba espacio y con el paso de los días ya no me molestaba. Más que mal él me servía de excusa para acercarme a ella. Desde muy temprano coordinaba juntas con él con el único propósito de estar con ella.
En la medida que entrábamos en la primavera las tardes se iban alargando. Eso nos permitía, sobre todo cuando había buen tiempo, sentarnos en su banca, en el antejardín de su casa, hasta bien entrada la noche entablando conversaciones raras. Mentiras al fin y al cabo, pero que importaba. A lo mejor fue un cambio importante, a lo mejor crecimos un poco en esos meses, pero ya a esa altura privilegiaba estar conversando ahí, los tres juntos, que estar dispersos en distintos lugares.
La diferencia eran esos días que por compromisos el hermano se ausentaba y podía gozar de la presencia de la hermana para mi solo. Ahí me daba cuenta que solo quería estar a solas con ella. Ahí concluía que la presencia de ese hermano definitivamente me estorbaba.
Pero las cosas se fueron complicando. Esta cercanía con el hermano y la frecuencia casi diaria de nuestros encuentros, nació en mí una dependencia que poco a poco fue haciéndose cada vez más hermética. Recuerdo que vivía confundido. Sin tener nada en común con mí estimado cuñado, pasaba más horas con él que con la susodicha. Sin ningún tipo de diálogo y aspiraciones que nos caracterizara, nos había transformados en dos seres inseparables que producía una suerte de envidia hacia el resto de los amigos.
De pronto, como ocurre en todos los casos cuando se logra ver la luz al final del túnel y se grita producto de la ansiedad ya sea porque la luz representa salvación o tristeza porque termina, sentí la necesidad de poner fin a lo que estaba viviendo. Ya no podía más. Hasta donde podía llegar sumergiéndome en tanta tontera. De un día para otro pude ver el verdadero rostro de este amigo que hasta el momento lo sentía tan cercano. Ya todo me desagradaba. Quizás lo odiaba. Debía soportarlo porque si no perdía por completo la posibilidad de ver a su hermana.
En el colegio hubo una exposición invitando a los alumnos que cumplían ciertos requisitos a postular a la Escuela de Grumetes. Mirando los afiches se me ocurrió la brillante idea de convencer a mi amigo a que postule. Fue una broma, nada en serio, pero se me ocurrió. A lo mejor queda y me deja la hermana a disposición para que yo pueda disfrutar de ella a mi antojo. Así de simple y así se instaló en mi subconsciente.
Esa misma tarde estaba con él comentándole lo que había visto y lo importante que se debe sentir siendo marino. No me hice ilusiones con el comentario, pero el curso de la conversación me llevó a terreno inimaginable hasta ese momento. El cooperó bastante, me hizo la tarea bastante fácil. No solo comenzó a fabricarse ilusiones sino que, además, me incluyó en sus planes. Hasta el momento yo no había considerado para nada esa posibilidad, no era para mí la idea de ingresar a la marina. De pronto me vi envuelto en una extraña candidatura.
A partir de ese día, los dos comenzamos una campaña para recibir apoyo de nuestros padres, con el pequeño detalle que jamás se me ocurrió decir una cosa así a los míos, no por lo que puedan decir ellos, sino que yo no lo tenía considerado. Junto iniciamos todo la peregrinación para rescatar la cantidad de papeles que nos pedían, desde papeles de estudio hasta médicos, donde incluso era necesario disponer de un poco de dinero para pagarlos. Situación que fue bastante incomoda porque yo debía de rebuscármela para conseguirla, manteniendo al interior de mi familia al margen de cual eran mis intenciones.
Ya teníamos fecha. En menos de treinta días, por ahí por noviembre, serían los exámenes. Había que darlos en Puerto Montt. En la medida que los días pasaban y la fecha se iba acercando, la hermana comenzó a darle más intensidad a nuestras reuniones al sentir que su hermano en pocos días mas partiría. Yo sentía el peso de su hermandad. Cada vez que podía ella lo acariciaba suplicándole que recapacitara, que lo pensara bien. Yo rápidamente me anteponía para evitar que nuestro amigo flaqueara. Incluso cuando eso ocurría, siendo totalmente inconsecuente con lo que día a día andaba buscando, tomaba a mi compañero del brazo y nos alejábamos. La dejábamos sola. Yo sabía que ella continuaría con esa campaña al interior de su hogar, quizás con la complicidad del resto de la familia, pero esperaba estar nuevamente con él para reconquistar algún terreno perdido, continuaba con el convencimiento.
El a veces me comentaba que su familia intentaba convencerlo que no postulara. Yo de inmediato me sumaba a su pesar. Le explicaba que no era posible que nos coarten el futuro. Hablaba en plural. Comparaba su familia con la mía, que al contrario, se mostraba lo más dispuesta en cooperar en todo lo que le pidiéramos. Tanto fue la transparencia que mostraba que terminó por convencer a su familia. En eso días celebraron el cumpleaños de uno de los hermanos y aprovecharon la ocasión para organizarle la despedida. Fui el invitado de honor al ser el otro par que lo acompañaría en esta aventura. Su padre nos deseó la mejor de las suertes. Ya quedaban tan sólo cómo cinco días. El ya tenía todo listo. Su padre lo acompañaría a las postulaciones. Eludí las preguntas si mi padre también me acompañaría.
Ante el pánico de lo que estaba ocurriendo, mi organismo no pudo soportar tanta presión. Tuve una colitis de esas fulminante, tumbándome a la cama deshidratado y débil para pensar.  Llegó el día y fue a despedirse. Entró a mi pieza mientras yo permanecía paralizado de vergüenza. Sin embargo, los reproches nunca vinieron. Es más, esa edad tan transparente sobrevivió el orgullo de tener la primera prioridad. Lo habíamos conversado anteriormente. Que pasaría si uno de los dos no quedaba, como lo enfrentaría el otro.
Yo por supuesto me mostré muy sobrecogido con la idea de no ser admitido.
Se fue. Volvió. Cuantos días pasaron, no sé. Había rendido todos los exámenes, Traía cierta esperanza de ser aceptado porque muchos fueron rechazados en las pruebas físicas y médicas.
Los días siguientes tuvieron la misma estructura que los días inmediatamente anteriores al viaje. Pero con una diferencia que no pasó desapercibida. Nos juntábamos y permanecíamos los tres unidos tristes y afligidos. No fue necesario urdir ningún plan para estar con ella a solas. Por primera vez sentí que no era preciso prescindir de él. Tenía la seguridad que pronto ya no estaría.
Fue aceptado y en la misma semana se marchó. Fuimos todos a dejarlo a la estación de ferrocarriles. Que sensación más extraña. Esa misma noche ya no estaría y desde el mismo momento que saldría a la calle podría estar con ella. Muy emocionado esperaba que llegara la noche.
Así fue. Fueron muchas las noches que pude estar a solas con ella.
Después todo fue como un pensamiento extraño. Ya no recordaba que hacía maniobras extrañas para estar con ella. Era como si siempre hubiera hecho la misma rutina. A tal extremo que ya no la veía todos los días. El colegio comenzó a absorberme cada día más y las tardes de estudio con mis compañeros era más frecuente que estar a su lado. A veces tampoco ella estaba. De pronto me encontré con la novedad que ya estaba saliendo con un tipo, que la iba a ver, que entraba a su casa. En que momento pasó, no recuerdo.
Pasó el verano.
Un día, ya en pleno marzo y de vuelta a clase, apareció nuestro amigo vestido de marinero. Una novedad para los vecinos, para los amigos, para las madres, pero no para mí. Al conversar con él no sentí ningún tipo de remordimiento por el teatro que había hecho. El se mostró bastante satisfecho e incluso sintió lastima por mí. Por un momento pensé de la que me salvé.
Volvió un par de veces en el año, y no siempre nos vimos. Ya éramos dos seres extraños. Después me fui yo. Mi familia se mudo de la ciudad por lo que perdí todo contacto con ellos.
Al paso de los años, cuando las circunstancias cambian totalmente y los recuerdos de tanto manosearlos se transforman, lo triste se vuelve placentero, lo hermoso ya no lo es tanto, hay espacio para recapacitar de las decisiones que se tomaron. Ya terminando la Universidad, con casi veintitrés años de edad, me encuentro con este amigo en un lugar común de nuestra antigua ciudad sureña. Después de los saludos de rigor, poco a poco lo fui convenciendo para que me contase lo vivido en su vida de marino. Fue muy escueto, como si su discurso lo hubiera tenido que repetir muchas veces, casi de memoria. La marina no era su vocación. Al poco tiempo de ingresar se enfermó recibiendo una licencia médica que fue renovándose hasta finalmente quedar fuera. Ese verano que nos fue a visitar y que se mostró tan contento, no era tal y solo obedecía a un pequeño orgullo de querer mostrarse mejor que nosotros. Los primeros días fueron terrible. Me contaba. A las cinco de la mañana nos sacaban de la cama para iniciar las actividades del día. Sin otra ropa que el traje de baño, una camiseta y una toalla envuelta en el cuello, mas las botas sin amarrar y sin calcetas, nos llevaban trotando a la playa en medio de la noche, a veces lloviendo. No era más que un paisaje oscuro y frío donde el mar solo era un gran estruendo y apenas se divisaba el brillo de la espuma que se producía por las olas que reventaban en la orilla. Nos quitábamos las botas y la polera y nos introducíamos al mar sin ninguna posibilidad de quejarnos. En ella estábamos hasta que salíamos entumidos, sin poder controlar los escalofríos e incapaz de mantener un diálogo en medio del trinar de dientes. Volvíamos a los dormitorios donde procedíamos a quitarnos el empapado traje de baño y cruzábamos corriendo por las duchas heladas y quitarnos la sal. Después del desayuno sin pausa salíamos nuevamente, esta vez con traje de campaña, bototos, casco, mochila y fusil, a los ejercicios que nos tenían preparados durante el día. Cuando no cumplíamos las expectativas del guía, o simplemente porque no estaba de ánimos, nos castigaban sin días de descanso. Eso no era todo. El tormento era acumulativo. A la madrugada siguiente, tipo cinco de la mañana debíamos nuevamente partir hacia la playa. Nos teníamos que poner el mismo traje de baño que aun permanecía mojado del día anterior. El frío se instalaba todo el día.
A los pocos días, en las noches, en vez de descansar, me la pasaba llorando arrepentido de encontrarme en esta situación. No era el único. Pero nada podíamos hacer. Al contrario, nos exponíamos a un severo castigo que multiplicaría nuestra angustia. 
Ahora se disponía a buscar un trabajo con un horario un poco más flexible, donde pudiera completar los años de secundaria que quedaron incompletos con el retiro anticipado de la institución. Con un poco de esfuerzo podrá cursar dos años en uno.

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