No recuerdo bien como se
inició esta historia que voy a relatar. Los años que recién pasaron son más
cortos que los años anteriores y eso me mezcla las fechas.
Sólo cómo
referencia, para poder guiarme en esta tarea de repasar mi historia, concluyo
que aun me faltaba un par de años para finalizar la enseñanza media.
Aunque hay otro elemento para
evocar: ese año el invierno fue cruel. La lluvia había causado estragos en el
barrio y tengo la imagen de casi todas las casas con sus patios inundados,
diluvio que dejó las calles convertidas primero en grandes pozas y luego se
convertían en barriales eternos, esos que nunca desaparecen y que forman parte
del paisaje habitual.
Lo recuerdo porque tanta
lluvia impedía que nuestro grupo de amigos se reuniéramos después de clases. Mientras
la luz del día se extinguía siendo reemplazados por las tristes luminarias que
vigilaban el anochecer. A esa edad era muy importante salir con ellos. De los
juegos de grupos, de los paseos caminando o en bicicleta. Era la edad de la
pubertad.
Entre las niñas del grupo, no
sé cómo ni en que momento, comenzó a sobresalir la que será la primera figura de
esta historia. Hasta ese momento llevábamos viviendo varios años a pocas casas
de distancia y, sin embargo, aún no recuerdo alguna situación donde por algún
instante acaparara mi interés. Ella se confundía entre un tumulto de hermanos
que en su conjunto eran prepotentes, tumultuosos y poco amistosos con los
respectivos niños de la misma edad. Ella y sus hermanos eran cinco, y una prima
que nunca supe en que año apareció, pero se agregó sumándose a un verdadero
clan familiar.
Este grupo de cinco hermanos,
estaba compuesto por tres varones, donde el mayor era ya joven que cursaba en
un instituto de la ciudad. El menor tenía tres años menos que yo. Ese aun
estaba en la primaria. Recuerdo que con ellos sucedía una situación muy obvia y
fácil de predecir. Cada uno protegía al hermano inmediatamente menor, por lo
que existía un pequeño poder hacia el resto de los amigos. No era muy simple
tranzarse en una discusión sin terminar alegando también con el hermano mayor,
su inmediato protector. Ninguno brillaba ni por alguna gracia ni por algún
defecto. Pero en conjunto eran muchos más que tres. Todos juntos actuaban como
escudo que imposibilitaba alguna relación más cercana, que no sea sumisión. El
resto de los amigos del barrio, que no eran pocos, caían en ese sometimiento y
liderazgos falsos. Yo, en comparación, era un ser solitario, sin hermano y ni sombra
que me acompañara. No quería tener problemas con ellos.
La llegada de los días sin
lluvia tría consigo esa alegría de volver a las jugarretas callejeras. La
aprovechábamos para nuestros paseos en bicicleta rutinarios. Quizá fue esa la
forma como llegué a cruzar las primeras frases con Isabel, como dije, una de
las hermanas de este clan familiar. La frecuencia de esos paseos coincidentes
fue aumentando hasta que por señales nos juntábamos, privilegiábamos esos
momentos escasos donde podíamos cruzar algunas palabras.
Los días iban pasando y los
advertía cada vez más ágiles y fluidos. La alegría de nuestros encuentros propiciaba
que cada día era mejor que el anterior.
Al principio no me daba
cuenta, pero al paso de los días sentía que para poder estar con ella tenía que
ir sorteando obstáculos cada vez más difíciles. Ya no era como al principio.
Las tardes seguían siendo las mismas, claro, la rutina para ir encontrándonos
iba perfeccionándose, por cierto, pero también algo se iba interponiendo entre
nosotros. Uno de sus hermanos, el de mi misma edad, era el principal escollo
para gozar con su presencia a solas.
Era su hermano mellizo y
existía esa relación de hermandad que va mas allá de lo que uno está habituado.
Yo no recuerdo como era antes que yo comenzara a acercarme a ella, pero supongo
que no debe de haber sido muy diferente. Aunque quizá para mí el foco de
atención estaba en otro lugar, mas preocupado de estar con ella y no del
hermano que ya andaba rondando.
Era el principal obstáculo
para estar juntos. Ella y yo dábamos rienda suelta a las más increíbles
señales, gestos, con tal que él no se diera cuenta. Nunca me atreví a averiguar
que hubiera pasado si el se percata de nuestros flirteos, pero al poco tiempo
se tornó imposible intentarlo. Cada uno de los días era diferente y echaba por
tierra cualquier plan que con tantas esperanzas me había trazado. En los
momentos menos indicados aparecía él, integrándose para no despegarse en toda
la restante tarde y parte de la noche.
Con el tiempo nuestros
encuentros ya eran rutinarios. Cuando ella se demoraba en salir, me acercaba al
hermano porque sabía que ella se integraría finalmente a nuestro pequeño grupo
de tres. La presencia de este hermano ganaba espacio y con el paso de los días
ya no me molestaba. Más que mal él me servía de excusa para acercarme a ella.
Desde muy temprano coordinaba juntas con él con el único propósito de estar con
ella.
En la medida que entrábamos
en la primavera las tardes se iban alargando. Eso nos permitía, sobre todo
cuando había buen tiempo, sentarnos en su banca, en el antejardín de su casa, hasta
bien entrada la noche entablando conversaciones raras. Mentiras al fin y al
cabo, pero que importaba. A lo mejor fue un cambio importante, a lo mejor
crecimos un poco en esos meses, pero ya a esa altura privilegiaba estar
conversando ahí, los tres juntos, que estar dispersos en distintos lugares.
La diferencia eran esos días
que por compromisos el hermano se ausentaba y podía gozar de la presencia de la
hermana para mi solo. Ahí me daba cuenta que solo quería estar a solas con ella.
Ahí concluía que la presencia de ese hermano definitivamente me estorbaba.
Pero las cosas se fueron
complicando. Esta cercanía con el hermano y la frecuencia casi diaria de
nuestros encuentros, nació en mí una dependencia que poco a poco fue haciéndose
cada vez más hermética. Recuerdo que vivía confundido. Sin tener nada en común
con mí estimado cuñado, pasaba más horas con él que con la susodicha. Sin
ningún tipo de diálogo y aspiraciones que nos caracterizara, nos había
transformados en dos seres inseparables que producía una suerte de envidia
hacia el resto de los amigos.
De pronto, como ocurre en
todos los casos cuando se logra ver la luz al final del túnel y se grita
producto de la ansiedad ya sea porque la luz representa salvación o tristeza
porque termina, sentí la necesidad de poner fin a lo que estaba viviendo. Ya no
podía más. Hasta donde podía llegar sumergiéndome en tanta tontera. De un día
para otro pude ver el verdadero rostro de este amigo que hasta el momento lo
sentía tan cercano. Ya todo me desagradaba. Quizás lo odiaba. Debía soportarlo
porque si no perdía por completo la posibilidad de ver a su hermana.
En el colegio hubo una
exposición invitando a los alumnos que cumplían ciertos requisitos a postular a
la Escuela de
Grumetes. Mirando los afiches se me ocurrió la brillante idea de convencer a mi
amigo a que postule. Fue una broma, nada en serio, pero se me ocurrió. A lo
mejor queda y me deja la hermana a disposición para que yo pueda disfrutar de
ella a mi antojo. Así de simple y así se instaló en mi subconsciente.
Esa misma tarde estaba con él
comentándole lo que había visto y lo importante que se debe sentir siendo
marino. No me hice ilusiones con el comentario, pero el curso de la conversación
me llevó a terreno inimaginable hasta ese momento. El cooperó bastante, me hizo
la tarea bastante fácil. No solo comenzó a fabricarse ilusiones sino que,
además, me incluyó en sus planes. Hasta el momento yo no había considerado para
nada esa posibilidad, no era para mí la idea de ingresar a la marina. De pronto
me vi envuelto en una extraña candidatura.
A partir de ese día, los dos
comenzamos una campaña para recibir apoyo de nuestros padres, con el pequeño
detalle que jamás se me ocurrió decir una cosa así a los míos, no por lo que
puedan decir ellos, sino que yo no lo tenía considerado. Junto iniciamos todo
la peregrinación para rescatar la cantidad de papeles que nos pedían, desde
papeles de estudio hasta médicos, donde incluso era necesario disponer de un
poco de dinero para pagarlos. Situación que fue bastante incomoda porque yo
debía de rebuscármela para conseguirla, manteniendo al interior de mi familia
al margen de cual eran mis intenciones.
Ya teníamos fecha. En menos
de treinta días, por ahí por noviembre, serían los exámenes. Había que darlos
en Puerto Montt. En la medida que los días pasaban y la fecha se iba acercando,
la hermana comenzó a darle más intensidad a nuestras reuniones al sentir que su
hermano en pocos días mas partiría. Yo sentía el peso de su hermandad. Cada vez
que podía ella lo acariciaba suplicándole que recapacitara, que lo pensara
bien. Yo rápidamente me anteponía para evitar que nuestro amigo flaqueara.
Incluso cuando eso ocurría, siendo totalmente inconsecuente con lo que día a
día andaba buscando, tomaba a mi compañero del brazo y nos alejábamos. La
dejábamos sola. Yo sabía que ella continuaría con esa campaña al interior de su
hogar, quizás con la complicidad del resto de la familia, pero esperaba estar
nuevamente con él para reconquistar algún terreno perdido, continuaba con el
convencimiento.
El a veces me comentaba que
su familia intentaba convencerlo que no postulara. Yo de inmediato me sumaba a
su pesar. Le explicaba que no era posible que nos coarten el futuro. Hablaba en
plural. Comparaba su familia con la mía, que al contrario, se mostraba lo más
dispuesta en cooperar en todo lo que le pidiéramos. Tanto fue la transparencia
que mostraba que terminó por convencer a su familia. En eso días celebraron el
cumpleaños de uno de los hermanos y aprovecharon la ocasión para organizarle la
despedida. Fui el invitado de honor al ser el otro par que lo acompañaría en
esta aventura. Su padre nos deseó la mejor de las suertes. Ya quedaban tan sólo
cómo cinco días. El ya tenía todo listo. Su padre lo acompañaría a las
postulaciones. Eludí las preguntas si mi padre también me acompañaría.
Ante el pánico de lo que
estaba ocurriendo, mi organismo no pudo soportar tanta presión. Tuve una
colitis de esas fulminante, tumbándome a la cama deshidratado y débil para
pensar. Llegó el día y fue a despedirse.
Entró a mi pieza mientras yo permanecía paralizado de vergüenza. Sin embargo,
los reproches nunca vinieron. Es más, esa edad tan transparente sobrevivió el
orgullo de tener la primera prioridad. Lo habíamos conversado anteriormente.
Que pasaría si uno de los dos no quedaba, como lo enfrentaría el otro.
Yo por supuesto me mostré muy
sobrecogido con la idea de no ser admitido.
Se fue. Volvió. Cuantos días
pasaron, no sé. Había rendido todos los exámenes, Traía cierta esperanza de ser
aceptado porque muchos fueron rechazados en las pruebas físicas y médicas.
Los días siguientes tuvieron
la misma estructura que los días inmediatamente anteriores al viaje. Pero con
una diferencia que no pasó desapercibida. Nos juntábamos y permanecíamos los
tres unidos tristes y afligidos. No fue necesario urdir ningún plan para estar
con ella a solas. Por primera vez sentí que no era preciso prescindir de él. Tenía
la seguridad que pronto ya no estaría.
Fue aceptado y en la misma
semana se marchó. Fuimos todos a dejarlo a la estación de ferrocarriles. Que
sensación más extraña. Esa misma noche ya no estaría y desde el mismo momento
que saldría a la calle podría estar con ella. Muy emocionado esperaba que llegara
la noche.
Así fue. Fueron muchas las
noches que pude estar a solas con ella.
Después todo fue como un
pensamiento extraño. Ya no recordaba que hacía maniobras extrañas para estar
con ella. Era como si siempre hubiera hecho la misma rutina. A tal extremo que
ya no la veía todos los días. El colegio comenzó a absorberme cada día más y
las tardes de estudio con mis compañeros era más frecuente que estar a su lado.
A veces tampoco ella estaba. De pronto me encontré con la novedad que ya estaba
saliendo con un tipo, que la iba a ver, que entraba a su casa. En que momento
pasó, no recuerdo.
Pasó el verano.
Un día, ya en pleno marzo y
de vuelta a clase, apareció nuestro amigo vestido de marinero. Una novedad para
los vecinos, para los amigos, para las madres, pero no para mí. Al conversar
con él no sentí ningún tipo de remordimiento por el teatro que había hecho. El
se mostró bastante satisfecho e incluso sintió lastima por mí. Por un momento
pensé de la que me salvé.
Volvió un par de veces en el
año, y no siempre nos vimos. Ya éramos dos seres extraños. Después me fui yo.
Mi familia se mudo de la ciudad por lo que perdí todo contacto con ellos.
Al paso de los años, cuando
las circunstancias cambian totalmente y los recuerdos de tanto manosearlos se
transforman, lo triste se vuelve placentero, lo hermoso ya no lo es tanto, hay
espacio para recapacitar de las decisiones que se tomaron. Ya terminando la Universidad, con casi
veintitrés años de edad, me encuentro con este amigo en un lugar común de
nuestra antigua ciudad sureña. Después de los saludos de rigor, poco a poco lo
fui convenciendo para que me contase lo vivido en su vida de marino. Fue muy
escueto, como si su discurso lo hubiera tenido que repetir muchas veces, casi
de memoria. La marina no era su vocación. Al poco tiempo de ingresar se enfermó
recibiendo una licencia médica que fue renovándose hasta finalmente quedar
fuera. Ese verano que nos fue a visitar y que se mostró tan contento, no era
tal y solo obedecía a un pequeño orgullo de querer mostrarse mejor que nosotros.
Los primeros días fueron terrible. Me contaba. A las cinco de la mañana nos
sacaban de la cama para iniciar las actividades del día. Sin otra ropa que el
traje de baño, una camiseta y una toalla envuelta en el cuello, mas las botas
sin amarrar y sin calcetas, nos llevaban trotando a la playa en medio de la
noche, a veces lloviendo. No era más que un paisaje oscuro y frío donde el mar
solo era un gran estruendo y apenas se divisaba el brillo de la espuma que se
producía por las olas que reventaban en la orilla. Nos quitábamos las botas y
la polera y nos introducíamos al mar sin ninguna posibilidad de quejarnos. En
ella estábamos hasta que salíamos entumidos, sin poder controlar los
escalofríos e incapaz de mantener un diálogo en medio del trinar de dientes.
Volvíamos a los dormitorios donde procedíamos a quitarnos el empapado traje de
baño y cruzábamos corriendo por las duchas heladas y quitarnos la sal. Después del
desayuno sin pausa salíamos nuevamente, esta vez con traje de campaña, bototos,
casco, mochila y fusil, a los ejercicios que nos tenían preparados durante el
día. Cuando no cumplíamos las expectativas del guía, o simplemente porque no
estaba de ánimos, nos castigaban sin días de descanso. Eso no era todo. El
tormento era acumulativo. A la madrugada siguiente, tipo cinco de la mañana
debíamos nuevamente partir hacia la playa. Nos teníamos que poner el mismo
traje de baño que aun permanecía mojado del día anterior. El frío se instalaba
todo el día.
A los pocos días, en las noches,
en vez de descansar, me la pasaba llorando arrepentido de encontrarme en esta
situación. No era el único. Pero nada podíamos hacer. Al contrario, nos
exponíamos a un severo castigo que multiplicaría nuestra angustia.
Ahora se disponía a buscar un
trabajo con un horario un poco más flexible, donde pudiera completar los años
de secundaria que quedaron incompletos con el retiro anticipado de la
institución. Con un poco de esfuerzo podrá cursar dos años en uno.
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