La funcionaria encargada de administrar los proyectos, cuya principal habilidad era controlar los gastos clasificados como impropios, era conocida entre sus compañeros de trabajo como una persona muy inteligente y eficiente, aunque también la describían como parca y poco accesible.
Desde el inicio de cada proyecto, cuando se encargaba de planificar las tareas, ya fueran individuales o en grupo, se entrevistaba con los futuros integrantes para evaluar de antemano sus aptitudes. No era raro que, cuando algo no le parecía adecuado, exclamara con desagrado, mezclado con humor negro, la fatídica frase: "No me sirve".
Era tan
tajante en sus decisiones que desechaba de un golpe cualquier propuesta que no
cumpliera con sus estándares. Los integrantes del proyecto se veían obligados a
intentar nuevamente, preparando nuevas exposiciones. Pero bastaba con que la
presentación mostrara algún detalle confuso para que ella, al final,
sentenciara: "No me sirve".
La
frustración entre los miembros del equipo crecía. Trabajar bajo su supervisión
no era grato, pero estaban obligados a rendirle cuentas, ya que había sido
designada por el directorio para ese cargo.
La conocí
cuando, como proveedor, me llamaron para desarrollar un software destinado a la
administración de un proyecto que ellos catalogaban como importante. Esta jefa
asignó a un analista para asegurarse de que el software cumpliera con las
especificaciones detalladas por ella. El analista me advirtió que, al presentar
el prototipo, este debía cumplir rigurosamente con las especificaciones, ya que
corría el riesgo de ser rechazado por la jefa.
En la primera
reunión, a la que asistió uno de los directores, después de una breve
exposición sobre los avances del proyecto, ella se detuvo en el primer punto de
las especificaciones, mostrando su desagrado porque no se estaban cumpliendo
como ella lo había detallado en el diseño preliminar. "Así como está, no
me sirve", declaró.
Me habían
comentado que el director asistía a estas reuniones únicamente para disfrutar
viendo cómo la jefa rechazaba lo que se le proponía. Así que decidí contra argumentar,
pero esta vez dirigiéndome al director y cambiando el enfoque técnico por una
propuesta basada en el buen manejo de los costos, sabiendo que ese era el tema
que más le apasionaba. Al parecer, acerté, porque el director consideró que la
exposición estaba clara y que los números se acercaban a lo que la empresa
buscaba.
La jefa
reaccionó airadamente y, dirigiéndose al director, exclamó: "Pero aun así,
no me sirve".
Acordamos
reunirnos nuevamente con una propuesta corregida.
Para la
reunión siguiente, ya se sabía que la jefa estaba pasando por problemas
personales. Las malas lenguas pronosticaban que todas sus complicaciones se
debían a que estaba en proceso de separación y preparándose para el divorcio.
Durante la
reunión, al iniciar la exposición, el director, nuevamente presente, hizo una
pausa. En complicidad con el resto de los presentes, y con el antecedente de
los años que se conocían, le preguntó a la jefa del proyecto si estaba segura
de la importante decisión que estaba tomando. La jefa, muy segura de sí misma,
respondió con firmeza: “Es que no me sirve”.
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