domingo, 23 de agosto de 2020

Álvaro

 Álvaro era de hablar claro, sumado a eso un manejo en su voz cuando se trataba de aclarar alguna aspereza. Y multiplicado ligeros pasajes de buen humor en sus conversaciones cotidianas.

Cualquiera que mantuviera una relación larga se percataba que su memoria era infinita, muy difícil de evaluar. En cada campo de los conocimientos quien se atrevía a desafiarlo se encontraba con esa sorpresa que todo lo sabía. La obra, su autor, su nacionalidad, época, adversarios, y así. Las noticias del día y los grandes políticos, los aniversarios, los clásicos deportivos, jugadores, pormenores.

A su trabajo llegaba primero que todos no menos de quince minutos antes. Se jactaba que encendía los computadores de los escritorios colindantes, cuando aún las oficinas estaban vacías. Sus trabajos semanales asignados los entregaba un día antes de la fecha calendarizada. Para los compromisos mensuales ni hablar. Es como si ya los tuviera hecho de siempre.

 Eso sí adolecía de un gran defecto, para entender de muchos, grave. Había un problema en su memoria reciente. Los compromisos de esos cotidianos y espontáneos programados de una hora a otra, los olvidaba. A veces acuerdos que el mismo agendaba ni luces. Ni hablar de los compromisos de un día a otro.

Cualquier reunión que se programase en la mañana para la tarde, incluyendo las invitaciones a almorzar, simplemente mi amigo no aparecía. Cuando lo encaraban pidiéndole explicaciones por su ausencia en algunos casos e impuntualidad en otras, el graciosamente respondía que la mañana era la mañana y la tarde la tarde. ¿Quién se atrevía a agendar compromisos en la tarde, si aún la mañana era incierta? Exclamaba.

Cuando la discusión pasaba a mayores sacaba su carta de la manga diciendo que él llegaba muy temprano en la mañana, antes que todos, dejando fuera de combate a cualquiera que se atrevía a encararlo.

EL gozaba de la confianza absoluta de la gerencia. Sus informes presupuestarios y de cobranzas eran claros y oportunos. Ahí no había nada que decir mas si saltaba a la vista ser una persona muy culta e informada.

Hubo un tiempo que yo almorzaba a diario con él. El disponía de una hora para almorzar, tiempo que cumplía con rigurosidad pero a veces aparecía a las 12 y otras veces a las 16 horas. Nos programábamos por celular, incluso me daba aviso que salía de su oficina para que yo lo espere en el lugar de siempre. No fueron pocas las veces que nunca apareció.

En nuestros almuerzos narraba sus diálogos ásperos con sus jefes inmediatos que lo interpelaban por sus constantes atrasos o incumplimientos, donde insistía que los dejaba sin habla al responder que él llegaba muy temprano por la mañana, antes que todos.

En esos tiempos éramos compradores compulsivo de los CD piratas que vendían en las cunetas. Sabíamos de precios, de música, de software. 

Un día a nuestra reunión para el paseo acostumbrado llegó indignado porque le vendieron un CD vacío, y que iba a encarar a los vendedores ambulantes, alegando devolución del dinero o sino los denunciaría a carabineros. Fui incapaz de detenerlo. Que horror. 

Al día siguiente narró su mala ocurrencia.

-          Desgraciados, me subieron y me bajaron a garabatos, infelices.

A lo que yo agregué para calmarlo un poco….

-          Ahí no te sirvió mucho decirle que llegabas muy temprano.......

No hay comentarios:

Publicar un comentario