Nuevamente lo mismo, otro poco de lo mismo. Ya temprano ingreso a la triste y fría planta baja del edificio, atravesando la amplia recepción a un ritmo acelerado, tomando vuelo para subir ágilmente las escaleras de esta antigua y sólida construcción hasta
llegar al piso donde se ubica la oficina para la cual trabajo, un piso que no era mas que un entrepiso. No sabía por qué razón se encontraba entre el segundo y el tercero, y que para enredar mas el asunto, no estaba visible al subir en el ascensor: se pasa mágicamente del segundo al cuarto; así que la única forma de llegar es por las escaleras. En resumen, una dirección muy difícil de encontrar. Mas aún si la mayoría de los departamentos que conforman el edificio son todavía para uso habitacional, a excepción del departamento a la cual me dirigía, un apéndice de la institución que se encontraba completamente instalada en el edificio gemelo ubicado a un costado. Una oficina al margen de las principales, erradicada por puro gusto por el jefe de la unidad dejando en evidencia un claro deseo y capricho de sentirse dueño y amo de todo cuanto lo rodeaba, incluyendo cosas y personas. Los hacía pensar que la oficina era una pieza más de su casa y traía consigo todos su olores y dolores de su hogar. Este tipo es un orgulloso ejecutivo joven, ingeniero comercial, que llegó en sus momentos más gloriosos a ganar más de tres mil dólares mensuales con apenas veinticinco años, cuando el dólar estaba fijo a 34 pesos en pleno año ochenta y dos; así su vida completa giraba en torno a una opulencia y se creyó el cuento del nacimiento de un nuevo concepto de ejecutivo, que no era más que de los mismo, es decir, un ejecutivo similar a los antiguos, sólo que ahora notoriamente más jóvenes. La diferencia estaba en los destinos que se le daba al dinero: este tipo contaba que subía en helicóptero a Farellones, equipaba completa su casa varias veces al año, y varias veces compraba autos al contado, uno para él y otro para su señora, de a pares; le daban stress semestrales, enfermedad que nació junto con estos nuevos ejecutivos, y como terapia se tomaba un mes de vacaciones en la costa. Todo por el trabajo que le daba formar empresas de papel; firmar cheques para pagar el sueldo del personal con un préstamo de la otra empresa que a su vez recibió un traspaso de la otra sociedad que recibía depósitos a fecha a más del 15% mensuales y de pronto: se encontró trabajando en ésta institución fiscal ganando apenas casi mil dólares, después que sus antiguos y opulentos jefes, con apellido italiano, se encontraban presos y él aun, con algunos comparendos pendientes. Pero este tipo con el quiebre que sufrió el país, él incluido, no bajó su perfil, siguió viviendo de los recuerdos y sus empleados actuales le rinden culto por lo que fue y principalmente por lo que ganó, sufriendo la amargura del contraste entre su glorioso pasado y su triste realidad actual.
Esa realidad eso era lo que me detenía en forma violenta frente a la puerta antigua pero con chapa electrónica, bajo un umbral de infinita depresión. Podía sentir como se agrietaban los ideales construidos en la universidad, donde se pronosticaba que mi vida como adulto sería mucho mas placentera, visto desde el ángulo netamente consumista donde se compraba el bienestar y se podía cancelar en cómodas cuotas mensuales mis deudas adquirida con el famoso crédito fiscal, que subía mas rápido que los sueldos de cualquier persona trasformando en cotas inalcanzables, y eso podía plantearse como pequeños desafíos y que permitía que en los países con ideas neoliberalistas, las personas se trasformen y compitan sanamente convirtiéndose en seres sumamentes violentos, justificando así los diversos contrastes que en ellas se engendran.
Pensaba, mientras miraba la puerta inerte, que a pesar de que ya eran cerca de las diez de la mañana, en el interior aún mantenían la charla matinal frente a sus cafés respectivos, donde participaba hasta el auxiliar. Seguramente el jefe a esa hora se encontraba desarrollando el puzzle del diario La Tercera, que el auxiliar debía llevar antes del mediodía a la oficina del director, al menos así lo exigía la secretaria de éste último que coleccionaba los diccionarios rascas que regalaban los días miércoles, y, aún así, el jefe alegaba por considerar que era una falta de respeto que una simple secretaria se quedara con los ejemplares que los distintos periódicos y revistas regalaban, ya que él los coleccionaba todos, acumulando cada uno de los libros. Esta modalidad de regalar libros y casetes transformaban al país, al juicio de algunos, en uno de los grandes en ventas de diarios y revistas y se hablaba de un glorioso repunte cultural al considerar la cantidad de Libros y casetes de música clásica per cápita. En realidad lo único que incremento fue la cantidad de repisas y libreros en los living de las casas como elemento decorativo, El jefe usaba la repisa del escritorio que el fisco le proporcionaba para almacenarlos, dando como argumento que la cultura era directamente proporcional al cargo, por lo tanto los subalternos no tenían derechos ni acceso a esos menesteres. Recuerdo esa vez que se ruborizó cuando concluyó que no podía ser que la subjefa de personal vistiera mejor que la mismísima jefa y, aunque considerando que la subjefa tuviera como marido un acaudalado empresario a diferencia de esta última que era esposa de un ejecutivo, mas que mal con sueldo fijo, debía hacer un sacrificio y no humillar diariamente a su jefa con la ostentosa vestimenta, considerando que ella era subalterna. Esa situación convertía en enemiga a la subjefa y del mismo bando a la jefa.
Mientras estoy frente a la puerta, pienso que debo hacer Ding Dong dos veces seguidas como señal para que mis compañeros de oficina instalados en el interior no se preocupen y sigan pasivamente en sus labores casi domésticas, conversando, leyendo el mercurio o jugando black jak en los computadores. Si no están jugando en el computador, le están dando instrucciones al auxiliar para que además de llevar los oficios a las distintas reparticiones, las cartas a las empresas correspondientes, la secretaria le pide (le ordena) cambiarle los calzones por uno de talla más grande que había comprado el día anterior, y le recalcaba que tienen que ser del mismo color. Además, le pasan un alto de cuentas y boletas de pago, que el personal le encargaba: luz, agua, arriendos, teléfono, Falabella, Almacenes París, Riplex, Guendelman, Din, Sodimac, y los de rango medios agregaban pago de Visa, Mastercard y Findcard, Atlas, Condell, Fusa y el jefe agregaba las imposiciones de su empleada doméstica, sin contar que para callado debía pagar y cobrar uno que otros asuntos de la imprenta que tenía uno de los empleados, que por supuesto no sabía el Jefe por que si no se muere de envidia, y de puro picado le hace la vida imposible con tal que el pobre no salga adelante con su negocio. Era una relación bastante extraña. La secretaria le respondía al Jefe, y el auxiliar a la secretaria, por lo tanto el Jefe les pasaba sus boletas de pagos a la secretaria y esta le daba instrucciones al auxiliar. Así el pobre salía con más dinero en efectivo y cheques a la calle que las mismísimas camionetas blindadas. El desgraciado finalmente aparecía a media tarde casi desmayado del cansancio, de hambre y enfermo de los nervios de no haber cometido un error en el pago de las cuentas y no haberse equivocado en el color de los calzones que la secretaria le había encargado.
Pero en fin, yo me vengaba a mi manera. Maliciosamente he tocado el Ding Dong sólo una vez y posteriormente escucho cómo todos se acomodan para adquirir actitud de trabajo. Se sienten carreras para ubicarse en sus respectivos lugares, se escuchan movimientos de sillas, diarios que se doblaban para ser guardados en los cajones de los escritorios, la impresora cuando la encienden y produce esos ruidos característicos, y después de unos largos y densos segundos suena la chicharra que abre la chapa. Para mi no era sorpresa. Sabía todo el alboroto que se arma cuando toco el timbre sólo una vez, cada segundo que pasa es motivo para sentir un placer perverso pensando en como se acomodan en sus sitios. Luego calmadamente empujo la puerta, avanzo unos pasos y aparezco, haciéndome el tonto, recibiendo todo tipo de retos, insultos de todo el personal, incluso hasta del propio jefe, que aparece de su oficinita separada con un panel; seguramente hacía unos segundos no estaba ahí, sino que instalado en el centro de la copucha matinal junto al resto. Termina retándome y pidiéndome que por favor me acostumbre a usar la clave convenida, que ya no era primera vez que me lo decía. El jefe ni se inmutaba, estaba en su casa y era como mandar a sus hijos. Yo me quedaba haciendo pucheritos.
Esta vez coincidió que en la puerta, antes de tocar el timbre, me encontré casualmente con el director zonal. Después de los saludos protocolares, maliciosamente, toqué el timbre con la señal acostumbrada, dos veces Ding Dong, y los de adentro si se inmutaron porque entendieron que era yo, además que era el único que faltaba. Accionaron la chicharra inmediatamente, quizás en que están, pensé, y abrí la puerta cortésmente, dejando el paso al director zonal. Este se encontró que todo el personal estaba jugando al famoso juego bachillerato sumamente concentrados, cada uno con una risa maliciosa de creer que van a ganar y nerviosos de no perder, porque el que pierde compra los pasteles que se comerán en la tarde. Así estaban cabezas gachas sin aludir que en medio, porque desde la entrada, dando un par de pasos se llega de lleno al centro de la oficina, estaba tan importante visita. El juego es agarrador y tiene sus pick cuando quien le toca dicta una letra dando comienzo a una verdadera competencia que consiste en llenar primero las respectivas celdas, produciendo por esos instantes escenas de verdadero nerviosismo, sobre todo en las dos niñas, que al verse perdida al no recordar ninguna palabra, gritan con el único propósito de desconcentrar al resto. Para darle mas realismo a la escena apareció agitado desde su escondida oficinita el mismísimo jefe, gritando "stop stop", acompañado de unos saltitos infantiles, "yo gané, stop stop", estirando las manos para que nadie más siga escribiendo, casi arrebatando el lápiz, encontrándose a boca de jarro con el director Zonal, que hacía varios segundos que estaba contemplando como el personal de la unidad que tenía a su cargo incluyendo a su jefe, jugaban a tan ingenioso juego. El jefe, entre sorprendido y nervioso al ver a su Director al frente pensaba rápidamente que decir. El resto, mientras tanto, calmada y cínicamente cómo si nada, prendían los computadores, la secretaria colgaba el teléfono, que ella misma había descolgado para no desconcentrarse con llamadas inoportunas, el auxiliar se escondía en un rincón que hacía las veces de cafetería y bodega, y comenzaban a trabajar. El jefe, cual tigre de pelea, que no se achica, le pregunta muy suelto al director si deseaba jugar.
Mientras sucedía tal espectáculo me preguntaba si dentro de los próximos 3 años me iba a encontrar exactamente en este mismo lugar, haciendo las mismas repugnantes cosas y conversando con las mismas repulsivas personas. Lo triste es que eso mismo me había preguntado hacía tres años atrás. No fue necesario tanto masoquismo. El jefe se encargó de decidir por mí. No fui más a esa oficina.
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