domingo, 16 de octubre de 2005

Nada es Fácil


Tan corta edad y lo estaba pasando mal. No destacaba en los estudios y sus padres le hacían la vida imposible. Aun no cerraba el ciclo y ya tenía una objeción de sus padres. El año escolar, las notas de curso, el equipo de ajedrez de la escuela, el grupo de scout, todo era cortado
abruptamente por la sentencia de los padres y la claudicación del interés. Poco a poco fue cayendo su amor propio. No sentía interés por competir. Ya nada le comprometía seguir. Solo lo hacía con una inercia que nacía desde el fondo del corazón único indicio que algo le sostenía en pie. Se inscribió en el campeonato de básquetbol a principio de año. Sus padres, para variar, no dudaron en calificar perdida de tiempo, si era un deporte solo para niños altos, y el niño era incluso mas pequeños que sus amigos. Se levantaba y caminaba con su bolso deportivo al gimnasio del colegio a jugar los sábados y los domingos en la mañana, sin que sus padres lo acompañaran. Llegaba tarde a almorzar, muerto de cansado y recibía estoicamente los retos de los padres por la hora que llegaba. Diciembre era fecha de términos. Se acababa el año escolar, no muy brillante, pero satisfactorio, y terminaría el campeonato escolar. Sus padres jamás fueron a verlo jugar, mientras el resto de los padres no faltaban nunca. Era una de las pocas actividades que lograba llegar hasta el final. A pesar de las condiciones negativas, pleno invierno, el estaba ahí. Eso lo llevo a jugar todos los partidos. No era para nada bueno, pero como siempre faltaba un titular, jugaba al menos un par de tiempo. No podía jugar más porque el reglamento así lo contemplaba. Como jugó todos los partidos al final embocó más dobles y triples que los goleadores innatos, simplemente porqué jugó más partidos. A la postre resultó ser el goleador del campeonato. Grande fue su sorpresa porque como no llevaba la cuenta se encontró en el último partido que era ya goleador. De haberlo sabido habría invitado a sus padres, y a sus hermanos y a sus tíos. Habrían ido, por último para ver, como novedad, que por fin había logrado algo, pero ya estaba ahí, así que muy orgulloso recibió una medalla, se la colgó al cuello, le sacaron fotos, saldría en la revista escolar, comunal. Estaría en el diario mural del colegio. Ahora si se decía. Por fin mis padres estarán orgullosos de mí. Fue el domingo más dulce de su vida. Lo mejor vendría después, en la casa. La cara de sorpresa que pondrán. Al llegar ya no estaban almorzando. Estaban viendo televisión. No le importó que le reprimieran por la hora de llegada. Con la noticia los dejaría mudo. Quizás con esto todo cambiaría. Ya no sería el mismo y sus padres de aquí en adelante confiarían en él. Entró a la sala, y dijo muy suave, Papá, mamá, esperando que la medalla en el pecho los encandilara. Su padre se paró, se acercó a él, venía con sus ojos brillosos, lloroso, y le dijo, hijo, a ocurrido algo maravilloso, algo que he esperado durante muchos años, murió el tirano, murió Pinochet. El niño notó que la noticia que traía de todas maneras no sería tan importante como la que el papá le estaba contando. Así que presintió que ya no sería sorpresa. Toda la ilusión se vino abajo. Les diría después, u otro día. No entendía nada. Las cosas siguieron como estaban aunque sus padres vivieron el día más feliz de su vida.

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