domingo, 12 de febrero de 2006

El verano caliente

Los amores de verano prenden la llama que permanecerá encendida durante todo el año y a veces mas. Por eso son necesarias las vacaciones. Quién no las aprovecha y las posterga pensando que su verano será mejor trabajando, por ejemplo, pierde algo que nunca en su vida conocerá.
Las cosas siempre pasan en su momento y si nos perdimos amores a los quince, ¿cuando tendremos oportunidad de volverlos a tener? ¿A los veinte? No. Son distintos. Aunque se intente no es lo mismo. Antes de los dieciocho, aunque para el enamoramiento no hay edad, las poesías son las preferidas. Recordar escritos y dedicatorias en cuadernos es el mejor ejemplo que se guarda como un trofeo durante todo el año. Las fotos son imágenes que se tendrán para siempre, archivados, en mis tiempos eran en álbum, hoy son en carpetas de computadores, en la nube. Las cartas que se escribían vuelan durante todo el año, hoy quizás en mensajes de textos o llamadas telefónicas. Y generalmente, aunque ya por edad no es la primera vez que se tienen relaciones, es la mas placentera porque va acompañada de una carga emocional y aventurera a toda prueba. Pero es volátil. Se va. Al próximo año se conoce a otra pareja, no es necesario volver a encontrarse. Después de los veinte la situación es diferente. El encanto y el enamoramiento es el mismo, igual de intenso, pero el objetivo es distinto. Prima pasarlo bien, ya no tanto caminar por la playa y escribirse cosas en libretas o cuadernos, sino que salir a bailar y tener sexo. Gozar y aprovechar al máximo los días porque el escenario es ideal. En esta etapa es complicado porque generalmente la pareja que se forma ya tiene un pololo estable, en su ciudad, hay que verse a escondidas sin que lo sepa la mamá, en el caso de las niñas, y lo mismo para los hombres, también tienen hermanas y entre felinas, se cuidan. Obviamente a esta edad no es la primera vez y el sexo se vive a todo dar. No existe ningún cargo de conciencia, salvo que la persona sea muy grave. Pinchar, porque para estar tranquilos con la conciencia es sólo un pinchazo, algo pasajero, pero por lo general las comparaciones siempre son odiosas. Y eso pasa porque las parejas se forman siempre apuntando al mejor partido. Como no hay intelecto ni calidad de persona, incluso no hay tiempo de conocerse, se busca al mas simpático y al mas buen mozo. En esa edad uno se agarró de las mejores minas, y ellas los  mas guapos. Y por lo general, esa pareja fortuita es mejor que la pareja estable que uno tiene en la ciudad. ¿Cómo olvidarla entonces? Quien va a pinchar con alguien más feo. Mejor se queda en la casa con la mamá. Y los adultos, los casados, se generan los enganches más idílicos. Ya no hay trabas, se sabe que ninguno se va a pasar para la punta. En la playa, las miradas van y van y van. Después en el pueblo, o en la calle principal, o en las compras matinales, esos encuentros afortunados, llenos de imaginación y malas intenciones. Cruces y más cruces. Y vuelta a encontrarse en la playa. Son miradas eternas mientras se está acostado en la arena. Y si hay oportunidad de conocerse, la situación es insostenible.

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