sábado, 11 de febrero de 2006

Primeros amores

Los primeros amores son siempre eternos. Como olvidar cuando caminábamos por la playa, sentíamos que el tiempo era nuestro y que todo nos pertenecía. Ambos teníamos quince años y cursábamos el equivalente a primero medio.

Lo diferente y lo trágico fue que nos conocimos en Centroamérica. Siempre supimos que nos tendríamos que separar, sabíamos incluso la fecha, por compromisos de trabajo de nuestros padres y sabíamos también que no nos veríamos nunca más. Quizás fue esa la razón que hizo que nuestra relación fuera intensa y estrecha. Ella era mitad americana y mitad panameña así que mezclábamos nuestros acentos según las circunstancias. Cuando estábamos frente a los gringos hablábamos en español y cuando estábamos frente a latinos hablábamos en inglés. Vivíamos en el mismo pueblo, lo suficientemente cerca para sentirnos protegidos con nuestra presencia, pero lo suficientemente lejos para sentir que estábamos destinados a separarnos. Con quince años las licencias para juntarnos eran con restricciones, la situación en ese pueblo no era para verse de noche en una plaza, como es en Chile, para mi, y supongo que en su ciudad de EEUU, para ella, por lo tanto dependíamos de nuestros padres para los acercamientos y después para la recogida. Nos juntábamos en los recintos públicos debidamente protegidos. Cine, plazas, playas. Pero asistíamos al mismo colegio, un colegio americano destinado a los hijos de los trabajadores y diplomáticos americanos. Cuando nos conocimos, inteligentemente nos comunicábamos, recuerdo que fue gracioso porque teníamos los cursos cambiados y ni siquiera nos cruzábamos en los pasillos y menos en la hora del almuerzo. Sin embargo en el segundo semestre tomamos juntos los ramos de arte y de cocina, tú aprendiste fotografía y yo a cocinar. Aparecimos varias veces en la revista del colegio como la pareja del mes, sitial destinado a los alumnos mayores. Y a la salida no tomábamos el bus amarillo que nos llevaba a nuestras casas. Nos quedábamos haciendo deporte. Después nos íbamos caminando a nuestras casas atravesando la selva, saltando culebras y con los pies en el barro, y después por la orilla de la playa. Casi siempre bajo la lluvia. Lugares paradisíacos, de arena blanca y aguas turquesa. Cómo nos picaban los mosquitos. Las iguanas y los monos eran mis animales predilectos. A ella le gustaban los monos perezosos. Cruzábamos pantanos frondosos y peligrosos. Las huellas en la selva duran muy poco, se cubren de vegetación rápidamente. Ella se separaba primero, su condado estaba junto al camino principal, cerca de la playa, yo en cambio tomaba la chiva, como le dicen a los buses y atravesaba el pueblo. Estudiábamos y nos escribíamos. En esos años no existía ni el chat ni el celular. Los viernes nos juntábamos a patinar o a bailar y los sábados actividades deportivas en el colegio. Y así todo el año. En los meses de julio y agosto, en el verano americano, fue a su ciudad americana de paseo,. Fue el primer mensaje que la separación iba a ser dolorosa. La extrañe a rabiar Los meses de septiembre a diciembre siguientes pasaron muy rápido. Ella se iría en diciembre y yo volvería a Chile en Enero. Hicimos miles de cosas para no olvidarnos, y creo que fue así, aun no la olvido. Nunca más nos comunicamos. En esos tiempo nos enviamos cartas, bien seguidas al principio después ya no tanto. Después ya no fue necesario. Sólo nos comunicábamos un par de frases deseándonos que estemos bien. Fue un año inolvidable, que tuvo como escenario un lugar que tampoco he visitado nuevamente, donde así también perdí a todos los amigos de ese año, todos destinados por uno o dos años, así que puedo asegurar que todos pasaron por lo mismo..

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