lunes, 13 de febrero de 2006

Urbe

Vivir en grandes ciudades es vivir con la angustia de querer conocerlo todo. Que satisfacción se siente cuando conocemos un nuevo lugar, ya sea una tienda de ropa o una galería de arte y sentimos que le ganamos terreno a la urbanidad.

Tenemos un pequeño complejo de guía de turismo, la plaza de armas, Maipú, Pudahuel, estación central, Manquehue, plaza ñuñoa, todo lo conocemos o así lo deseamos. Es obligación conocerlo todo. No conocerlo es de ignorante. Y entre más grande la ciudad, peor es el desafío. Además lo pequeño que uno es en medio de la jungla humana, permite relacionarse con la gente en forma distinta. No es ser frío. Es simplemente actuar inteligentemente porque de otra manera nos volveríamos loco. Que distinto es una ciudad chica, cuando ocurre exactamente lo contrario. Se achica el espectro de los que hay que conocer y nos obliga a repasar los mismos lugares una y otra vez, buscando lo imposible. Yo recuerdo cuando viví en el sur de chile, fueron tantas las veces que circulé por las mismas calles, visité los mismos locales comerciales, eran pocos, la misma plaza, los mismos buses. Que recuerdo entonces el olor de la tierra y el pasto mojado, el ruido de la lluvia en las planchas de zing, la goteras infaltables en la leñera. El sonido del agua cayendo por la vertiente. Las olitas del río cuando choca en las piedras, el sonido del remo cuando entra al agua y cuando roza con la madera y la argolla, el ruido de la sierra eléctrica cuando en la calle de trozan los troncos. De Santiago en cambio no recuerdo nostálgicamente el ruido del metro, ni el agua que sale en algunas piletas, ni el sonido de las aguas del río Mapocho, ni del canal San Carlos. Es distinto recordar Santiago cuando se está en un pueblo chico a recordar el pueblo chico cuando se está en Santiago.

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