martes, 26 de septiembre de 2006

Pasajes de infancia

Recordar los pasajes de la infancia es un ejercicio extremadamente frágil. Es como leer libros de escritores densos. Explico.
Cada vez que uno relee algunos de estos ejemplares nos encontramos con pasajes nuevos que nos impresiona, nos impacta, nos hace nacer nuevamente y desde ese momento somos distintos. Recordar la infancia es así de emocionante. Cada vez que la recordamos esta nos entrega una visión completamente renovada. Pareciera que es primera vez que la recordamos, aunque sabemos que no es así, recurrimos a ese recuerdo para sentirnos bien y advertimos para nuestra conformidad que algo cambió, que a propósito modificamos el ambiente para que se adecúe a lo que estamos viviendo ahora ya más maduros. Y así, cada cierto tiempo, pueden ser años, nos sentimos cada vez mas motivados y al mismo tiempo mas sensibles para explorar nuevamente el pasado a sabienda de lo que va a suceder. Nos dirigimos insconcientemente y ratoneamos la biblioteca buscando ese libro que nos va a transportar a lo mágico, releyendo ese pasaje que pasó por nuestras narices y no lo sentimos, y ahí lo concibimos, lo entendemos. Eso sucede con nuestro pensamientos. El recuerdo de la infancia se hace cada vez mas recurrente porque se va llenando de sucesos mágicos envueltos de realidad cotidiana. La combinación perfecta. La madurez quizás no es desprenderse de la infancia de manera tan radical. ¿Para qué? Por lo demás no es que a esta altura aprendamos de la infancia, sino que ésta se impregna de esa dosis necesaria que desvicula las concecuencias sicológicas y se convierte en un emocionante relato de múltiples aristas. Buen ejercicio entonces. Coleccionar relatos de nuestra infancia. Vividas, relatadas, escuchadas, imaginadas, da lo mismo. Lo importante que así se siente y así, tal cual, se transcribe al papel. Lo escrito será como escrito por otro, y releerlo será igual de plancentero. Experimentemos entonces.

No hay comentarios:

Publicar un comentario