Era una mañana de reunión, de estas de fin de mes, con el vendedor
que tempranito, como es su tónica de trabajo, aparecía a buscar su comisión por sus ventas mensuales.
Amargo resultaba el café de la mañana. Siempre lo mismo. La amargura se dividía en Rodrigo, el vendedor, que
leía en el sofá de la recepción, y Arturo, mi socio, que debía pagar la otra mitad
de la comisión. La amargura del primero era por su exactitud en la fecha y el
monto y su alegato que siempre le fallábamos. La amargura con el segundo era porque seguramente ya tendría la excusa en mente para no
pagar su comisión.
A la postre, para no continuar dañando aun mas mi relación con Rodrigo, terminaba yo pagando dichos honorarios. El problema real era que Rodrigo valoraba la regularidad en los pagos del socio a costa de lo desordenados de los míos. En fin. No tenía idea de lo incumplidor y escurridizo que era mi socio y no se merecía ese respeto incondicional.
A la postre, para no continuar dañando aun mas mi relación con Rodrigo, terminaba yo pagando dichos honorarios. El problema real era que Rodrigo valoraba la regularidad en los pagos del socio a costa de lo desordenados de los míos. En fin. No tenía idea de lo incumplidor y escurridizo que era mi socio y no se merecía ese respeto incondicional.
Rodrigo nos confirmó que nos dejaba este fin de mes. Las razones, mi incumplimiento en el pago de las comisiones. A diferencia de Arturo, me encaraba.
Ya no tenía elementos para retenerlo. Sentía ese deseo malévolo de dejar al descubierto a Arturo y así continuar con Rodrigo y de paso se trague sus palabras. Tomé los cuatro billetes de diez mil pesos recién retirados desde el cajero, destinado al pago y los puse sobre el escritorio. Algo se me ocurriría.
Ya no tenía elementos para retenerlo. Sentía ese deseo malévolo de dejar al descubierto a Arturo y así continuar con Rodrigo y de paso se trague sus palabras. Tomé los cuatro billetes de diez mil pesos recién retirados desde el cajero, destinado al pago y los puse sobre el escritorio. Algo se me ocurriría.
En eso llegó Arturo. Saludó y al Ver a Rodrigo, fingió no acordarse que era día de pago. Se movió para allá, para acá, comentaba cosas para distraer, desaparecía, aparecía y volvía a desaparecer. En cada aparición disimulaba su desagrado al advertir que Rodrigo permanecía en la sala leyendo “El Inquilino”, su reciente adquisición.
Arturo, desde la cafetería, con ese gesto cargado
de complicidad, me llamó, algo tramaba, no se atrevía decirlo con Rodrigo enfrente. Ahí vamos, dije.
- Préstame cuarenta mil pesos, es urgente.
- Préstame cuarenta mil pesos, es urgente.
Arturo se acercó a Rodrigo. Este último se puso de pie, era la ceremonia del pago; tomó los cuatro billetes y uno a uno, - diez, veinte, treinta, cuarenta - los depositó en las manos de Rodrigo.
- Cuarenta. Ahí está lo mío. - estando yo presente.
Al rato, con Rodrigo sin moverse del sofá leyendo
y esperando mi pronunciamiento, decidí invitarlo a
almorzar.
Ya instalados y al poco rato, la conversación estaba en su punto álgido. No me creyó cuando argumenté que hasta hace una hora atrás yo tenía en mis manos los billetes de su comisión, pero por razones, las mismas de siempre, decía él, ya no las tenía. Menos me creyó cuando le dije que Arturo me las había pedido prestado. Y menos todavía cuando le expliqué que ambos habíamos sido víctima de la bien lograda bicicleta. Eso lo descartó totalmente. Confirmó su decisión de retirarse.
Ya instalados y al poco rato, la conversación estaba en su punto álgido. No me creyó cuando argumenté que hasta hace una hora atrás yo tenía en mis manos los billetes de su comisión, pero por razones, las mismas de siempre, decía él, ya no las tenía. Menos me creyó cuando le dije que Arturo me las había pedido prestado. Y menos todavía cuando le expliqué que ambos habíamos sido víctima de la bien lograda bicicleta. Eso lo descartó totalmente. Confirmó su decisión de retirarse.
- Si te demuestro que así fue, tú pagas el almuerzo. Y seguimos juntos.
- Mira los billetes.
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