Salía del edificio convencido que el
negocio con la oficina contable del piso 18 no resultaría. El sistema si
convencía pero entre los socios colgaban cuentas pendientes y se la cobraban mutuamente
con exceso de celos en sus decisiones.
Uno era partidario de adquirir el módulo de cobranza, que era muy apto para el control de su gestión, pero el otro socio argumentaba que era pura pirotecnia, sin dar argumentos. A la inversa. Este último era partidario de adquirir el sistema personal, para calcular y liquidar los sueldos, pero el primero, el que era partidario del sistema de cobranza, no estaba de acuerdo porque la foto la almacenaba en blanco y negro.
Uno era partidario de adquirir el módulo de cobranza, que era muy apto para el control de su gestión, pero el otro socio argumentaba que era pura pirotecnia, sin dar argumentos. A la inversa. Este último era partidario de adquirir el sistema personal, para calcular y liquidar los sueldos, pero el primero, el que era partidario del sistema de cobranza, no estaba de acuerdo porque la foto la almacenaba en blanco y negro.
Acostumbrado al perfil de estos personajes,
les dejé una demo y si se deciden les
mando la activación por mail con el firme propósito de no verlos más.
Bajé ya atardeciendo, era mucho por hoy y
más encima los ascensores llenos.
En el tercer piso entró al ascensor Julio,
un compañero de Universidad que exactamente desde el año noventa tuvo una
oficina con su socio Guillermo, otro compañero, desarrollando software. Los
visitaba frecuentemente pensando en crear algo en conjunto, pero nunca
coincidimos. Al final éramos competencia, una suerte de rivales. La diferencia
que siempre estuvo rondando, casi hasta el año dos mil, cuando ya los dejé de
ver, fue que cualquier cliente que yo les llevaba, inmediatamente apuntaban a
que yo pasaba a formar parte del equipo cómo externo, sin tener injerencia en
los derechos de autor ni en las ganancias.
Figura que a mí me acomodaba, porque mis productos apuntaban a
proyectos, costos, administración, lo que hoy se conoce por ERP y tampoco
pensaba compartirlos. Los clientes que les llevé se extinguieron sin pena ni
gloria. Pero algo sabía de eso. Supe que Sergio, ya casado decidió buscar
trabajo a jornada completa, por lo que
la oficina se desintegró quedando apenas una página web.
-
Y que haces ahora, ¿todavía
programando? – Me preguntó.
-
Si, por supuesto, pero ahora
más dedicado a vender. Los programas ya están hechos y están en régimen de
mantención. Otros se encargan. ¿Y tú?
-
Yo estoy a cargo de unos
proyectos digitales, mapas, robótica, inteligencia artificial.
Después de varios minutos hablando de sus
proyectos, y cuando ya era el momento de despedirse, comenté que lo mío era software
de proyectos, comparación del presupuesto con lo real y facturación
electrónica. En ese punto hizo pausa en su discurso para comentar que la
empresa estaba buscando un proveedor para la factura electrónica.
-
Llámame mañana en la mañana y
ahí hablamos. - Mientras me daba su tarjeta.
No era el mismo Julio. Ya no trató de
convencerme que estaba equivocado en lo que hacía ni en el uso de mis tiempos,
que debía inspirarme en él para así tener oportunidades. Al contrario. Primera
vez que se interesó en algo mío.
Lo llamé a media mañana y después del
saludo
-
Seré breve. Qué bueno que me
llamaste. Mándame tú currículum por el mail que aparece en la tarjeta y ahí veo
con Guillermo en que proyectos te ponemos. ¿Ya?
-
Pero Julio, te llamaba por lo
que hablamos anoche…
-
Por eso, Mándame tu currículo y
lo vemos. ¿Ya? ¿Ya? ¿Estamos? Un abrazo.
Que estés bien. Espero tu currículo.
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