lunes, 11 de marzo de 2019

Rodrigo

Ya desde más de una semana que estoy recibiendo mail de Rodrigo.
Me pide que urgente le envíe mi celular porque tiene un negocio casi cerrado para instalar mis sistemas en una clínica. Cómo es usual le respondí. Lo extraño que es otro su mail y su celular marcaba ocupado.

Pero no me hurgo porque Rodrigo siempre actúa así. Primero se comunica, con la primicia que todo es urgente y posteriormente el negocio no resulta quedando la sensación que todo fue una serie de compromisos sin cumplir.

Lo conocí por el año 2003, cuando él era el contador de una empresa la cual había adquirido mis programas. Era su primer trabajo como asesor contable después de egresar de sus estudios formales en el área de administración de empresas. Debe haber tenido como veintitrés años. Pidió asesoría. Ya era raro que un asesor pida asesoría. Américo, que trabajaba conmigo, lo asesoró y le ordenó un poco las finanzas. No me extraño porque en ese rubro era algo muy usual.

Al parecer era muy novato. Fue despedido. Pero como conocía mi software decidió  dedicarse a vender mi programa. Pero primero tenía que comprarse un notebook. Le expliqué que no era necesario porque se instalaba una versión de prueba en el mismo computador del posible cliente. Insistió que lo esperara un tiempo, para juntar la plata.

Pasó un par de meses y me llamó para que urgente nos reuniéramos para definir un plan de trabajo porque ya se había comprado un notebook. Durante un par de semana diariamente me llamaba para concretar la reunión, la que ya por cansancio lo visité a la casa de su abuelita, en Ñuñoa, su residencia temporal en Santiago, ya que él era oriundo de Rancagua.

Le llevé unos procedimientos para contactar clientes y cerrar negocios. Ni los infló. Lo importante para él era conocer los precios y definir su comisión.

Me sorprendí cuando me comentó que ya tenía una oficina arrendada para dedicarse a esto full time. Pretendía vender computadores, impresoras, notebook, servicio técnico, contabilidades, en fin. Recalcó, eso si, que tenía aire acondicionado. Su oficina era de las llamadas semi virtual en pleno centro de Santiago, pequeña, apenas había espacio para dos escritorios, pero con una excelente vista a la plaza de arma. Su tarjeta de visita decía: Asesorías integrales, venta de sistemas, notebook, servicio técnico, redes.

Para celebrar su entusiasmo le pasé nuestro cuaderno denominado “en espera”, más de cien posibles clientes que por diversas razones dejaron pendiente la compra del sistema. Cada uno de ellos tenía el historial de la visitas de los vendedores y los pormenores del porqué se mostraron interesados y las razones de la postergación.

Telefónicamente conversábamos diariamente y respondía sus dudas, todas de carácter técnico. Y también una vez por semana lo visitaba. Su oficina lucía llena de vasos plásticos, de platos de cartón donde comía, su notebook estaba debajo de una ruma de papeles. Me ofrecía asiento después de desocupar la silla de cajas, manuales, cables. El aseo que realizaba cuando yo iba, era igual de escandaloso que la basura acumulada. Todo lo metía en bolsas de basura, sin seleccionar lo que servía de lo que ya era basura. Noté que transpiraba mucho, y eso que su oficina estaba helada con el aire acondicionado a todo dar.

EL cuaderno con el historial de los más de cien clientes en espera, lucía totalmente rayado con lápices de todos los colores. No se entendía nada. Pensé que él se entendía, pero tampoco. Al paso de las semanas logró rescatar ocho posibles clientes y ya tenía fecha de cierre para cada uno. Se mostraba entusiasmado con esas posibles ventas porque así podía pagar el arriendo con ingresos propios, porque hasta el momento se lo estaba pagando su papá.

Pasaron las semanas y la situación seguía exactamente igual. Aun visitaba a los posibles ocho clientes y por otro lado había decidido dejar la oficina en ese mes. Por las razones que me daba advertí que no concretaba lo que se llama “el cierre del negocio”. Mantenía aun un tremendo desorden en el precio final, en las etapas y costos de la implementación, en las formas de pago. Incluso en algunos casos no tenía claro cuáles eran los módulos que finalmente el cliente iba a adquirir.

Llegué a un acuerdo con Rodrigo y le ofrecí a Américo y a Pablo para que lo ayude en el cierre de sus negocios. Desafortunada idea. Fue un caos para decidir cómo se repartirían la comisión.

En las semanas siguientes los negocios se fueron concretando y ya con el último dejé de ver por un tiempo a Rodrigo. No le gustó mucho compartir la comisión pero ni modo.

Américo y Pablo, quedaron muy impresionado con el proceder de Rodrigo. Era el primero en llegar y el primero en irse. Las conversaciones las dejaba inconclusas. “Como que se le iba la onda”. Escucharon quejas de los clientes, que Rodrigo era muy mentiroso y fantasioso. Yo ahí paso, porque entre mentirosos Américo y Pablo ganan lejos.

Un par de años después, se volvió a contactar porque estaba viendo un cliente. Le expliqué que debe usar el mismo proceder que se supone aprendió con Américo y Pablo. Insistió que esta vez era distinto, Que el negocio ya estaba listo. Y efectivamente concretó el negocio. Se facturó y se instaló. Por una de las promesas que Rodrigo prometió y no cumplió el cliente deshizo el negocio. Rodrigo nunca me comentó cual fue su promesa incumplida.

Nuevamente nos distanciamos por un tiempo.

Apareció con otra venta que si era un negocio grande. Estaba vendiendo varias licencias, pidió ayuda pero no quiso que se metiera Américo o Pablo. Negocio nunca se concretaba. Me llamó varias veces para mejorar el precio. Otras tantas para agregar otros módulos. Y varias para definir como sería la forma de pago. Al parecer Rodrigo no cambia. No cierra el proceso. Y todas las veces con el argumento "que el negocio está listo". Finalmente me citó para reunirnos con el cliente. Ya tenía todo listo. El monto de los cheques, los módulos a vender, el calendario de las capacitaciones, la implementación. Perfecto. Nos reunimos. Estando ahí el personal realizó varias preguntas técnicas, pidió trasladar algunas de las licencias de un computador a otro, pidieron ampliar la capacitación. En fin. Todo estaba confuso. Apareció el dueño y estando de acuerdo con los puntos ofrecidos, pidió un par de meses de prueba antes de cerrar el negocio.

En el ascensor le pedía explicaciones a Rodrigo. El me respondió que yo no tenía idea de vender, menos de cerrar los negocios.

Años después me llamó para que lo ayudara en la instalación de un sistema en un restaurant en Rancagua. Al parecer había vuelto a su ciudad. Me contó que se había casado.

Le ayudé a contactar el software. Finalmente me llamó para contarme que el negocio no resultó, que el cliente se enojó con él y tuvo que devolver todo bajo amenaza de demanda.

Otra vez, en una maderera ubicada en Rancagua, vendió e instaló mi sistema. Se haría cargo de la implementación. La negociación fue rápida. Quise creer que Rodrigo había aprendido. A los  meses la maderera me llamó porque Rodrigo había “escapado y no sabían que hacer”. Me contaron que se había separado y posiblemente eso fue el motivo de su huía. 

Contacté a Américo y retomó el proyecto.

Rodrigo se vino a Santiago a trabajar en un Hotel. Tiempo completo. Cada un mes me llamaba que tenía listo el negocio con el dueño del hotel para instalar mis sistemas. Siempre preguntando el precio y su comisión. Nada raro.

Por el año 2016 volvió a Rancagua. Me contó que ganó el juicio para ganar la tutela de sus dos hijos. Ahora era vendedor a tiempo completo de una empresa de software conocida mundialmente.

Un día desesperado me llamó para cotizarme el desarrollo de un módulo para agregar al software de la empresa multinacional. Había prometido que dicho módulo venía incluido. Estábamos terminando noviembre y había prometió partir el 1 de Enero. El negocio se anuló, devolvió el dinero y además dejaba de ser vendedor de esa empresa de marca mundial.

Esa es la historia parcial de Rodrigo. 

Esta vez me llamó un jueves por un número desconocido. Me pidió que instale el sistema en la nube porque lo tenía prometido a una clínica y quería mostrarlo.

Me contó que estuvo un tiempo con depresión y la comunicación se cortó.

Hoy domingo nuevamente me llamó. Eran tres empresas me recalcó entusiasmado . Una constructora, una panadería y la clínica. Y lo mismo. Me preguntaba por el precio y la comisión.

Le explicaba que como le iba a dar porcentaje de comisión si ni siquiera sabíamos que íbamos a vender, que módulos, si en la nube o en equipo. Le pregunté si tenían servidores. No sabía. Si en las empresas tenían gente con conocimientos contable, no sabía. Pero insistía, cuanto es la comisión.

Nuevamente se cortó la comunicación.

Esta vez llamé de vuelta. Respondió una niña.

- Puedo Hablar con Rodrigo.

- ¿Quién lo llama? ¿Por qué sabe este número?

Le di mi nombre.

-    ¿Ud. es familiar?

-   No. Conocido. Un amigo.

No quise comprometerlo con que era de negocios. Porque en el Hotel solo podía hacer llamadas personales.

-   Rodrigo no puede hablar.

-    Pero si estaba hablando recién con él y de pronto se cortó.

Hubo un silencio.  

-  Es mi culpa, dejé mi celular en el escritorio y él lo tomó. No volverá a ocurrir.

-   Es una clínica, ¿verdad? – recordé lo que hace poco me había dicho.

-   Si, clínica psiquiátrica. – No me dijo cual - Rodrigo está internado hace un tiempo.

    Diablos, pensé, tragando saliva. Se me vino a la mente todos los sucesos ya descritos. 

-  Cuénteme, ¿es grave?

-  Si. Esta aislado. Sufre alucinaciones y está en tratamiento estricto. Por drogas.

-  Una pregunta. Que pasó con sus dos hijos.

-    Están con su mamá. La abuela. No hay problema. Por favor no llame más. Esta conversación nunca existió.

Me cortó.

No hay comentarios:

Publicar un comentario