domingo, 24 de febrero de 2019

El club en las piedras

Caro y Adriana caminaban a su escondite en la plaza de las piedras a decidir qué harían con sus pretendientes. Estos se agrupaban como los a firme, los negociables y los falsos.

Ellas practicaban el arte de acercarse y de zafarse a los candidatos sin que ellos se den cuenta.

 

La plaza que ocupaban se ubicaba a dos cuadras de la plaza principal. Nadie iba. Se sentaban en unas grandes rocas y conversaban sobre lo sucedido en el día. Analizaban, discutían, se reprochaban actitudes, se enojaban y finalmente se abuenaban. La soledad de la plaza les permitía gritar, desahogarse, a veces llorar y otras veces reír hasta quedar agotadas.

 

Adriana se encargaba de conseguir las palomitas que pinchan en el diario mural de los colegios. Era una moda de los años setenta usada en la mayoría  de los establecimientos de la ciudad. El rincón de los alumnos del tan leído mural al principio se usaba para anunciar o publicar las parejas que se formaban y también las que terminaban. Primero anónimamente, pero después, cuando ya osaron identificarse, publicaban personalmente cada uno sus cumpleaños, sus estados de ánimo, sus preferencias artísticas y deportivas; después sus gustos de pareja. “Me gusta Pedro. Me gusta La Rosa”, “Estoy soltero, busco polola, Juan A.”  Esa costumbre reemplazó la tradicional práctica de enviar saludos mediante amigos en común, estrategias usadas por los tímidos. Las palomitas eliminaban esos intermediarios y permitía darse a conocer.

 

 

Ya sentadas en las piedras y usando un cuaderno para ir evaluando, Adriana las leía

 

-          Pablo A. Le gusta caminar, Hogareño, conversar con los abuelos,…..

-          Siguiente. - Dijo Caro. – Qué latero.

-          Raúl R. Escribe cuentos. Le gustan las mujeres cuicas bien formadas….

-          Y ese…..que se cree.

-          Ha, yo sé quién es. Dijo Adriana.

-          ¿En serio?, Ya, hazle match.

 

Terminada la reunión se dirigían a la plaza principal. Ahí, ellas identificaban a los candidatos, se acercaban y los evaluaban. Si este calificaba se decidían a conversar con él. Un verdadero arte, consideraban ellas.

 

Caro ya se estaba viendo con Manuel. Lo había conocido usando la técnica de las palomitas. No dudaba que estas eran efectivas. Se veían poco porque él era deportista y en los horarios que el resto de los alumnos ocupaban para pasear después del colegio, este se iba al gimnasio. No todos los días pero no siempre los mismos días. Eso incomodaba a Caro porque le gustaba estar con Manuel, pero no le molestaba que sólo algunos días estuviera disponible para ella, si no que si planifican verse un día, que sea ese día, y no que en la mañana era si, juntarse, en la tarde era no y a veces nuevamente sí. - Eso molesta a cualquiera -, decía. 

 

En la plaza de la ciudad se forman varios grupos. De distintos colegios. Ellas se paseaban por la plaza saltando de grupo en grupo. En cada uno de ellos tenían más de una amiga o amigo y eso les permitía acercarse y saludarlos y de paso conocer al resto. No se detenían en un grupo más del tiempo que tardaban en saludarse y conversar un tema. Apenas uno. Casi de inmediato iniciaban la despedida.

 

Mientras se alejaban evaluaban

 

-          Lo viste. El de parca azul. Ese es Jaime. – dijo Adriana.

-          Feo, espinilluo. Elimínalo.

-          Y Pablo. El segundo que saludaste.

-          No me fijé.

-          Ya, queda pendiente Ese es buena onda.

-          Y Raúl, ¿estaba?

-          No, no estaba. Al menos él que creo que es, no estaba.

 

Así todos los días. Parecido.

 

Raúl, el que escribía cuentos, se juntaba en la plaza principal con amigos de los otros cursos. Era de actitud pasiva y se limitaba a observar. Desde un tiempo advirtió que Caro y Adriana no llegaban como rebaños por las calles donde estaban la mayoría de los colegios, sino que mágicamente aparecían de pronto por el lado opuesto de la plaza. Todavía no concluía que primero se reunían en esa plaza fantasma, la de las piedras. Tampoco sabía sus nombres, pero por la insignia advirtió que estudiaban en la Inmaculada Concepción. Colegio de monjas y sólo de mujeres. Ese detalle lo incomodó porque para conocer a niñas de ese colegio se necesitaban amigos en común o al menos conocer a algún hermano. "Eran un poco selectivas estas niñas, difícil de conquistar". La condición de ser errantes y moverse de grupo en grupo lo mantenía en alerta.  

 

Hacía rato que dejó de ir con sus compañeros de curso a jugar pool. Optó por las tertulias y la contemplación. Justo cuando se estaba transformando en un jugador estrella y comenzaba a ganar plata a costa de sus compañeros medio torpes con el uso del taco, poco a poco se fue quedando en la plaza reunidos con sus amigos en parte para conversar y en parte para conocer niñas. La plata ya no le importaba. Por ende, al ya frecuentar la plaza y encontrarse con ellas llenas de compañeras se dedicó de lleno a la contemplación.


Continuará......

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