lunes, 17 de abril de 2006

Pueblo Chico

 Lo llamé a las 23 horas, a su celular, antes que saliera el bus directo al Valle del Elqui, para coordinar la llegada temprano al otro día. “Llegando al terminal de buses, tomas un taxi y pide que te lleve al Hotel Valle. Ahí te paso a buscar a las nueve. Ah, ojo que no te cobre más de quinientos pesos”, tomé nota, que importante ese detalle.
Tal cómo lo imagine, el viaje fue un desastre, frío, sin dormir y encerrado en una lata de sardina con todas las cortinas cerradas, olor a pata y ronquidos desagradables. Lo único que logré fue que al día siguiente, un día laboral, diera la imagen de un sonámbulo trasnochado en vez de un asesor profesional con las ideas claras. Así que decidí que el viaje de vuelta sería diurno.

El día del regreso, a media mañana pasé por el terminal de buses a comprar el pasaje. ¿Ventana o pasillo?, me preguntó la lugareña por la ventanilla, “ventana y con vista al mar”, lo dije sin pensar que estaba dando en el clavo. La gorda, que carecía de pretensiones estéticas, tomó en serio mis palabras y con un telefonazo, después de hablarlo todo, cambio un pasaje con la oficina de La Serena, “listo, ahora podrá ir mirando la playa”. El bus sale a la una y llega a Santiago a las ocho.

Ese día lucía precioso, el Valle del Elqui con su nueva represa, el lago artificial, un camino de lujo. Luego La Serena. Cambio de bus, así funciona la cosa y, efectivamente, me vine conejeando por las playas. Que agradable. Los dos asientos estaban para mí solo. Pude leer una novela completa. Cuando me acordaba de algo tomaba algunos apuntes. Cómo a las cinco, la auxiliar, bastante picarona, se paró sobre el asiento delantero al mío para alcanzar el aparato de video que estaba en la repisa de las maletas. Después de largos minutos, eligió “Taxi para tres”. En la Ligua subieron algunas palomitas a ofrecer pastelitos, haciendo la delicia de los viajeros. Incluso, emulando un viaje de categoría, nuestra amiga auxiliar ofreció té o café asiento por asiento. Le pedí café, pero la muy distraida  pero igual me trajo té, así que tuvo que cambiar el plato bajo con el tazón y un paquete de galleta de cien pesos por otro similar, pero con café. Pensó que era para puro entablarle conversación. El viaje perdió toda su categoría cuando los muy badulaques se vinieron por la cuesta del Melón, ahorrándose el peaje. Cuando le plantee mi queja a la azafata, sumando que había una peligrosa neblina densa, me di cuenta que era feita.

Sigamos con el viaje de ida. Al llegar, somnoliento y con frío, me percaté que el terminal estaba en medio del pueblo, cuyas dimensiones no eran más que la plaza y dos cuadras por cada lado. Medio dudoso le pregunté a un “taxita” donde estaba el hotel. “Camine hasta la esquina norte de la plaza, doble a la derecha, media cuadra y ahí está el hotel”.  Reí mientras caminaba. Es el colmo de la exageración, pensé. “Tomar taxi por dos cuadras”, lo dije en voz alta.

El día del regreso, después de comprar los pasajes, me fui al hotel a finiquitar y hacer hora hasta la una. Me senté en la recepción mientras conversaba con la simpática recepcionista. Hablamos de lo trivial, ella de hoteles por cierto, de cómo se llenaban en verano y yo comentaba lo placentero que era vivir en un pueblo chico. Muy dado a mis costumbres, no tardé que me comentara cosas, el día a día del pueblo y de a poco, cosas personales. Ea soltera, treinta y cinco años, seis años trabajando en el hotel y de paso me comentó que no le gustaba trabajar en el turno de la tarde. “Por nada en el mundo”. Me detuve en esa observación, cuando ya estaba a punto de preguntar si tenía pareja, cuanto ganaba y esos menesteres. “Imagínese, salgo a las once de la noche y es sumamente peligroso” 


Miré la hora y eras las doce cuarenta y cinco, me quedaban quince minutos. Caminar una cuadra más dos medias cuadras, era cosa de tres minutos. Así que tenía tiempo de sobra para que me descifrara el porqué de tan determinante decisión. Ella lanzada en su tema, cómo si lo tuviera atravesado por mucho tiempo, continuó: “Además que no me conviene porque me sale más caro. A la salida tengo que tomar taxi, y quinientos pesos diarios suma y suma” Y dónde vives, pregunta insólita, si yo apenas conocía el trayecto del terminal al hotel. “Frente a frente al terminal”. No puede ser, le decía yo, si es caminar media cuadra hasta la plaza, luego la plaza y finalmente otra media cuadra hasta el terminal. “Si" - me decía -  "pero el taxi tiene que dar la vuelta, no puede irse contra el tránsito”. ¿Pero porqué no se va a pie? Ya no la tuteaba, la encontré rara. “No, cómo se le ocurre, si es sumamente peligroso, las poblaciones nuevas, las pandillas, los hombres en la esquina, las botillerías, no por dios”, Y yo seguía, sin importar que los minutos pasaran, - pero en este pueblo chico para que existen los taxi, además que deben conocerse todos, cual es el peligro - , “si pero a las once de la noche a una le pueden pegar la desconocida, cómo se le ocurre, quizás que me pueden hacer, no, cómo se le ocurre”

Miro el reloj y era la una en punto. Quería seguir discutiendo, pero no. Me levanté y me dirigí a buscar mis cosas a la habitación, estaba cerrada, volví a buscar la llave y de nuevo a la habitación. Ella mientras tanto gritaba “Va a perder el bus, que horror”. Si, tiene razón. Mientras caminaba por el pasillos, no corría para mostrarme sereno, pensaba que estando ya en la plaza, desde ahí podía hacer señas al bus en caso que ya esté saliendo, para que me espere, así que no era para tanto, Además estos buses de pueblo chico nunca parten a la hora.

Cuando llegué con los bolsos a la puerta de calle, me recordó que tenía que firmar el registro. Fui al mesón, firmé y cuando me disponía a reanudar la carrera, mis cosas ya no estaban. El chofer del taxi, que había llamado la recepcionista, los había subido al asiento de atrás, mientras me hacía señas para que me subiera, “rápido”. El taxista partió cómo un loco tocando su bocina estridente. Dio la vuelta completa a la manzana hasta enfilar por la calle de la plaza y en dos aceleradas llegó frente al terminal. Con la frenada atrajo la atención, diríamos, de todo el pueblo. “Son mil pesos”. Cabizbajo saqué mis cosas y me dispuse a subir al bus, pagando con un billete de dos mil, “quédese con el cambio”, Recordé a mi amigo que me advirtió que no debía pagar mas de quinientos pesos.

Mientras iba en el bus, recordaba a la recepcionista cuando se despedía “Ve que sirven los taxis”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario