lunes, 4 de febrero de 2019

Frutos del país

Era un barrio como muchos. Sus casas pareadas se alineaban ordenadamente al oriente y al poniente de la calle.

Desde la esquina, donde está el kiosco de diario, se divisa que cada una de las casas tiene antejardín, una entrada de autos, circulan algunos perros juguetones y pasean niños en bicicletas o en patines. A mitad de cuadra vive Rosario y Manuel.  EL trabaja de taxista y su esposa a cargo de la casa con sus dos pequeños niños. Los vecinos opinan que para Manuel es lamentable que no tenga un trabajo estable en una oficina convencional. Lo hacen notar cuando el taxi esta más de un día estacionado en el patio de la casa por alguna reparación, que el mismo Manuel repara. Esos días no tiene ingresos, opinan. Para el resto de los vecinos ser taxista es un trabajo irregular. Un poquitín peligroso.

 Manuel siempre está cuando su esposa lo necesita. Ya sea para ir comprar algo que falta o acompañarla a una reunión con la profesora de su niño a plena media mañana. Se levanta muy temprano, porque así aprovecha de realizar varios colectivos al metro, a mediodía vuelve a la casa a almorzar y duerme una pequeña siesta reponedora. Luego en la tarde, sagradamente a las tres,  sale nuevamente y tipo siete de la tarde ya está en casa. Eso es así todo los días.

 Al frente vive Marisol, su marido Erik y su hijo pequeño. Él trabaja comercializando frutos del país. Tiene una camioneta grande. Para algunos es un camión chico. Su rutina diaria es levantarse muy temprano a comprar los frutos del país y para luego entregarlos a los distintos puesto de venta al detalle en varias comunas. A media tarde está desocupado. Erik también sufre la crítica del resto de los vecinos por su trabajo que al parecer también es irregular. Pero la inmensa y ruidosa camioneta los deja sin habla. Cuando sale en la madrugada, en complicidad con el silencio de una ciudad que aún no despierta, el estruendo que provoca es similar al despegue de un avión. Seguramente esa impresión los deja enmudecidos.

 Ambas familias se conocen desde que llegaron hace un par de años. Conversan a menudo, celebran los cumpleaños de los niños y participan en las actividades del resto de la cuadra.

 Manuel es conservador. Quitadito de bulla. Saluda y se despide con reverencia. Su esposa se encarga de ventilarlo. Asisten a las fiestas de cumpleaños y es ella quien lo alienta para que destaque y no lo apabullen con su condición de taxista. Ella se molesta cuando se ofrecen prestarle para pagar alguna cuota aludiendo que como tiene un trabajo poco regular, no tiene un fin de mes para cumplir, como todo el mundo. La frase que más se escucha es "A fin de mes arreglamos".  Ella no lo aclara pero sabe que sumando y restando el mantiene mejor condición de liquidez que sus vecinos. A lo más se retrasa un día en pagar la cuota del colegio. Mientras otros a veces meses. Ella sabe que trabajando un día completo, paga la mensualidad, lo mismo el gas, permiso de circulación, y lo principal, lo que se nota con sus vecinas, el vestuario, ahí sí, viste muy bien. Se mofan del taxista pero sin embargo, cualquier día del mes, éste siempre tiene dinero para invitarlos a la típica cerveza en la shopería ubicada a la vuelta de la esquina.

 Erik es extrovertido. Habla fuerte. Dirige los juegos de sus niños y los de los vecinos. Exige que los autos circulen despacio cuando ocupan la calle. Es estricto en el orden de preferencia y no acepta groserías. La gracias es con los vecinos adultos se comporta similar. Saluda de lejos, sin olvidar el nombre de cada uno, a las esposas la saluda diariamente de besos. Como llega temprano, a media tarde ya está callejeando, prácticamente recibe a los vecinos subordinados que cansados y maltrechos arriban a su hogar.

 Manuel y Erik son similares en su condición de independiente. Pero Erik dispone de más recursos, dinero en efectivo.  Parte comprando a los productores en la mañana, en efectivo, Luego los vende. En su banano se llena con lo que le pagaron en el día. Luego es el mismo dinero que tiene que ocupar para comprar la mercadería del día siguiente. Y así. Pero es mucha. Quintuplica el dinero que Manuel obtiene en el día, y ambos, triplica o cuadruplica lo que cada uno de sus vecinos mantienen en sus respectivas cuentas corrientes. 

 El mundo al revés.

 Las vecinas, las de sexo femenino, cuando están en grupo, en las compras o alguna reunión de esas informales siempre opinan lo mismo “Por dios que es buen mozo Erik”. Si, Erik es guapo.

 Por otro lado, Rosario, la esposa de Manuel, es bonita. Tiene buen cuerpo. Es llamativa. Viste bien. Son los genes, dicen. Entre más atractiva las encuentren circula esa frase malintencionada, “pero casada con Manuel”. No tanto porque Manuel sea poco atractivo, sino porque su condición de taxista y de ingresos irregulares, a la postre lo afea más.

 Marisol también es buena moza. Lo que pasa es que Erik es demasiado atractivo.

 Marisol sabía eso. Lo había escuchado directamente de sus amigas. Una vez juntas hablaban de lo buen mozo que era un personaje de la farándula y ella dijo que prefería a su marido. Todas juntas repitieron, “nosotras también preferimos a tú marido”, de todas maneras.

 Marisol recibía estas frases de sus amigas vecinas y las celebraba. Diría que las agradecía. Pero una sombra se traslucía por sus ojos y lo fingía muy bien.

 Cada día después que ella acompañaba a Erik en el desayuno, atenta para que no se atrase, dándole ánimo y mostrándose feliz, inmediatamente después que este se retiraba en su camioneta rugiendo por la calle en busca de su destino, ella subía nuevamente recostándose para dormir la hora de sueño que le faltaba para levantarse a la hora normal. No siempre el sueño la atrapaba. Ella se quedaba pensando en lo que le faltaba a su vida para ser feliz.

 No cabían dudas. Erik no era su príncipe azul.

 Se había casado pensando que el amor llegaría más tarde. Que con la llegada de los hijos la situación mejoraría. Pero no fue así. No era para nada difícil convivir con Erik. Era un muy buen padre y un buen amigo. De buen trato, trabajador, inteligente y honrado. Se detenía un segundo porque no quería llegar al plano principal. Sabía que ese tema existía y no se lo cuestionaba porque la respuesta ya estaba escrita. No lo deseaba sexualmente. Una cosa llevaba a la otra. Si no lo amaba consideraba que era lógico que no lo deseara. Finalmente dormía.

 Marisol y Rosario conversaban este tema. Al principio de los tiempos enfocaban los comentarios a lo difícil que era el día a día cuando los respectivos esposos no eran apatronados. Sumando a eso los comentarios a veces poco afortunados de sus vecinas. Recuerdan una vez cuando una de sus vecinas se lamentaba porque su marido quedó sin trabajo. Lo habían despedido. Tuvimos que vender varias cosas para poder comer. Repetía. Tardó seis meses en encontrar un nuevo trabajo. Tocamos fondo, repetía, tocamos fondo.  Rosario que no dejaba pasar nada le aclaró que era exagerada. Nosotros tocamos fondo todos los meses. Y volvemos a empezar. Cuando el taxi falla, Manuel se ofrece de chofer en otra línea, hasta que recupera el taxi y vuelve a empezar. Y Marisol también acotó. Cuando a Erik le bajan las ventas, vende la camioneta, capitaliza y después la renueva.

 Las conversaciones eran diarias. Solo se distinguían si las hacían mientras regaban el césped, donde eran conversaciones livianas, o las otras, cuando se invitaban a tomar té, sentadas en la mesa, en la intimidad del hogar.

 Sobre la mesa Rosario exhibía un muestrario de joyas. Lucían lujosas. Rosario vestía siempre bien. Eso ya lo había advertido Marisol. También advirtió sus anillos y collares. Que además los combinaba según los tonos del vestuario. ¿No sabía que vendías joyas? Se mostró asombrada. Es una fachada le dijo. Yo compro joyas y las vendo casi al mismo precio, pero eso me permite tener un flujo de dinero que ocupo para mis gastos.

 Le ofreció un anillo. Marisol de inmediato quiso mostrarse ajena a todo lo que es joyas, maquillaje, vestir a la moda. Eso fue una de las primeras evidencias para que Rosario sospechara algo. Era lógico pensar que era Erik quien la iba a pagar. ¿Cómo se iba a negar? Marisol ya tenía la respuesta para cuando existía este tipo de preguntas. Es que Erik tiene un plan de inversión a largo plazo. Cada vez compra más mercadería que la vez anterior por lo tanto no nos endeudamos. Y para estar cubiertos no compramos nada para la casa. Menos para mí. Hasta que planificamos comprar cosas. Cambiamos la camioneta, artefactos y así. Después seguimos con un nuevo plan de inversión. Nunca compro nada para mí.

 Rosario se mostró cauta. Dijo: pero hay otros métodos.

 ¿Otros métodos? Esa noche Marisol durmió mal, la frase le dio vuelta toda la noche. ¿Qué querrá decir otros métodos? ¿Fachada?

 Los siguientes días la conversación se centró en sacarse información. Eso ellas lo sabían hacer muy bien. Rosario quedó intrigada del porque Marisol se refugió en una falacia al responder sobre un inverosímil plan de inversión. Y Marisol quedó estupefacta e interesada en saber cuáles son los otros métodos. Y de paso saber cómo es la fachada al vender joyas.

 Rosario tomó la iniciativa. Ella presentía que había una razón del porque Marisol no disponía de dinero para estas compras. Una gran deuda que ella paga o que en la condición de mujer sin remuneraciones formales Erik abuse y la restringa a no gastar simplemente negándose a darle dinero.

 Pero de cualquiera de las formas, pensaba ella, está involucrado Erik. Directo o indirectamente. Rosario tomo la palabra - Mi marido es igual de terrible - Marisol entendió el juego pero dejó que continuara. Pudo haber dicho, ¿Por qué terrible? Y anular la pregunta y la respuesta. Rosario prosiguió. Manuel al principio era así. Me negaba la sal y el agua. El pago de la cuota mensual del auto era suficiente motivo para negarme todo lo que le pedía. Opté por hacerme la loca y no molestarlo más.

 Primero partí por la indiferencia. No me fue muy difícil. Si ya Manuel no me regaloneaba como mujer era motivo suficiente para no ser su mujer, en el sentido sexual. Solo sería la madre de sus hijos. Yo nunca estuve enamorado de Manuel. Me casé porque quise escapar de la casa. Marisol dijo entre dientes “bienvenida al club”. Rosario la miró y dijo Pero Erik no es Manuel. Uds. Se ven felices. 

-         No sabré yo. - Dijo Marisol. - Las apariencias engañan. Yo estaba y estoy atraída por Erik, pero así es mi amor. Ausente.

 Pero si seguía así, continuó Rosario con su cuento, simplemente mi matrimonio se derrumbaba. Así que opté por obtener ingresos a como dé lugar. Ese era el motivo porque andaba amargada. Manuel no me amargaba. Él siempre fue así. Quizás me hubiera amargado si él hubiese cambiado, pero no. Incluso es más responsable ahora que antes. Confío más en él ahora. Lo apoyo en sus decisiones.

 Cuando se compró el taxi, llegaba todos los días con plata. Se me ocurrió llevar las cuentas. Pensando que así recibiría algún premio. Nada. Pero si detecté que Manuel era bastante desordenado en las cuentas durante el día. Solo se ordenaba en la noche, llegaba y contabilizaba. Pero en la hora de almuerzo un día le pedí para una bebida. Saca de mi bolso, me dijo, y saqué un billete de 10.000. Compré la bebida y me quedé con el vuelto. Lo encontré tan infantil, pero mi conciencia me acorraló. Se lo devolví.

 Pero al mismo Manuel se le ocurrió. Dijo: Yo debiera separar un poco de dinero para tirar una canita al aire. Era broma pero lo pensé. Así que como él dijo canita al aire, decidí cambiar sexo por billetes. Le saco un billete de diez mil cada vez que tuviésemos sexo. Así mi conciencia no estaría sucia. No le estaba robando, con ese acto me consideraría pagada. Y si fingía bien mejor pagada.

 En Marisol se instaló la idea. No le molestó. Le habían contado que esas maniobras existen y también lo había leído. Pero consideraba que eso era lo más ruin que pueda existir entre los seres humanos peor aún en el matrimonio. Cobrar por sexo aparte de sórdido era peligroso, era deteriorar aún más la relación. Si Erik de da cuenta no me lo perdonaría.

 La noche fue larga. Marisol despertaba a ratos y lo miraba mientras dormía. Se imaginaba la transacción. El siempre andaba con plata, así que no se negaría. Pero como se la pediría. Una vez es una buena broma, Pero si se convierte en rutina no lo va a aceptar.

 Al otro día, fue Rosario que le preguntó que había pensado. Marisol solo río. Rosario no dio tregua. Insistió que era la única forma de vivir sin que las relaciones se deterioren.

Tengo joyas, dinero para mis cosas y sin dañar a nadie. Cuando Rosario terminó su discurso con la frase: Me lo hará todos los días, pero vivo tranquila, sin sobresaltos, me pago mientras duerme siesta.

 Si Marisol entró a la casa de Rosario con dudas, salió calculando. Mientras caminaba pensaba "Hacerlo todos los días". ¿Cuánta plata es? Un billete de Diez mil cada vez. Pero Manuel era taxista. Erik maneja mucho más dinero. Se ruborizó un poco al pensarlo pero a Erik le puedo sacar más. Veinte mil. ¿Cuánto es? ¿Considero sábados y domingo? No terminaba de cruzar la calle y ya la avaricia la consumía. Todos los días son todos los días. Pensó.

 Erik llegó más tarde, comió y se instaló en el sillón a ver televisión. Ella se encargó del niño. Ya no era su deber. Era su trabajo.  Así lo sentía. Estaba empoderada. Cada vez se investía más en su rol. Lavó la loza y ordenó la cocina. No se amargaba que Erik no se acercase a ayudarla. Los quehaceres hogareños ahora los hacía feliz.

 Listo. Llegó la hora. Unas gotitas de perfume en el cuello, se ordenó el pelo y caminó hacia él. Ella pensaba así luce Erik ahora. ¿Cómo lucirá mañana? Llegó a su lado. Tocó su pierna que apoyaba sobre la mesa de centro con su pierna. Le daba pequeños empujones. Erik reaccionó de inmediato. ¿Qué pasa mi amor? Ella le volvió a dar un empujón a la pierna dando cuenta del coqueteo. El acarició su pierna y por debajo de la falda subió la mano. En otras circunstancias ella habría esperado un segundo de caricia para luego apartarse. Pero esta vez ella se quedó ahí. No solo eso. Sino que se montó sobre él. Erik olvidó que hace solo una semana lo habían hecho. Faltaban dos semanas para completar las tres. Ese era el ritmo. Cada tres semanas. Tampoco advirtió que ella lo estaba proponiendo, lo normal era ya acostados y un poco antes de dormirse e insistir bastante.

 La tomó afirmándola con una mano y con la otra apagó el televisor. Caminó con ella colgada en su cuello y ella al mejor estilo adolescente lo rodeo con sus piernas. Con el codo apagó las luces. Subió las escaleras, se desvistieron  y se acostaron. Esta vez conversaron mientras lo hacían. Al revés de lo habitual demoraron un poco, un buen poco, ella se aseguró que termine bien cansado. De inmediato se durmió.

 Ella se quedó mirando al banano que estaba en la cómoda. Analizaba que lo podría revisar en cualquier momento, sin sexo, si el banano estaba ahí. Pero era honrada. Al menos así se consideraba. Tenía que pagarse inmediatamente después del acto. O si no lo estaba robando. 

 Se bajó de la cama sin ruido y tomó el banano. Al abrir el cierre sintió que el ruido era peor que el motor del camión. Roncaba así que se tomó todo el tiempo del mundo. Vio los turros de billetes. Eran varios. Algunos de veinte mil y otros de diez mil. Tomó un turro de veinte mil y contó los billetes. Tenía veintitrés billetes. Tomó otro turro y ese tenía cuarenta y ocho billetes. Dedujo que no había ningún orden.  Tomó el último y tenía treinta y cuatro billetes. Ya estaba segura. Sacó un billete de veinte mil y lo puso en su cartera. Mientras se aprontaba a cerrar el banana se tentó en sacar un segundo billete de veinte mil, pero no fue capaz. Su conciencia la detuvo. Lo cerró. Se sintió feliz por la decisión que había tomado. Sacar dos billetes habría sido un acto sucio. Por ahora solo será un billete de veinte por cada acto.

 La rutina se repitió al día siguiente. Y también al subsiguiente. Erik ya no se sentaba a ver televisión sino que comía y se acostaba de inmediato. Veía televisión mientras esperaba que ella terminara lo que tenía que hacer y subía.

 A los pocos días ella le contó a Erik que se dedicaría a vender joyas. Rosario le enseño así que él se sintió confiado que el negocio resultaría. La apoyó con el dinero que ella le pidió. Bastante. Eso sí, él la amenazó que le llevaría la cuenta. Ningún problema le dijo ella. Tú eres experto.

 Cada cierto tiempo Erik revisaba el muestrario y contabilizaba lo vendido y contaba los billetes. Ha, que bien. Vendiste tantos relojes y tantas cadenas. La anotaba en una libreta y descontaba lo que él le había prestado. Te está yendo bien. Sigue así. Todo funcionaba a pedir de boca. Ahora ella podía mostrar y ocupar la plata que iba acumulando por su trabajo. Se compraba, ropa, zapatos, iba a la peluquería, se hacía las uñas. El otro método funcionaba. La fachada era legal.

 A veces ella necesitaba algo que no estaba presupuestado en sus ingresos. Después que Erik se dormía y ella se pagaba con un billete de veinte mil, al rato ella volvía a insistir y Erik respondía como un macho cabrío. Se pagaba con un segundo billete de veinte mil.

 Cada cierto tiempo lo intento hasta conseguir un tercer billete de veinte mil en la misma noche.

 Erik estaba por sobre todos sus amigos que solo lo hacían tres veces por semana. Él en cambio lo hacía todos los días, y a veces con repetición.

 Cuando lo recordaba abrazaba a Marisol y le decía soy tu toro semental. Tú gran toro semental. Ella le respondía soy tu puta. Tú gran puta.


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