Era un barrio como muchos. Sus casas pareadas se
alineaban ordenadamente al oriente y al poniente de la calle.
Desde la esquina,
donde está el kiosco de diario, se divisa que cada una de las casas tiene
antejardín, una entrada de autos, circulan algunos perros juguetones y pasean
niños en bicicletas o en patines. A mitad de cuadra vive Rosario y Manuel. EL
trabaja de taxista y su esposa a cargo de la casa con sus dos pequeños niños.
Los vecinos opinan que para Manuel es lamentable que no tenga un trabajo
estable en una oficina convencional. Lo hacen notar cuando el taxi esta más de
un día estacionado en el patio de la casa por alguna reparación, que el mismo Manuel
repara. Esos días no tiene ingresos, opinan. Para el resto de los vecinos ser
taxista es un trabajo irregular. Un poquitín peligroso.
Manuel siempre está cuando su esposa lo necesita.
Ya sea para ir comprar algo que falta o acompañarla a una reunión con la
profesora de su niño a plena media mañana. Se levanta muy temprano, porque así
aprovecha de realizar varios colectivos al metro, a mediodía vuelve a la casa a
almorzar y duerme una pequeña siesta reponedora. Luego en la tarde,
sagradamente a las tres, sale nuevamente y tipo siete de la tarde ya
está en casa. Eso es así todo los días.
Al frente vive Marisol, su marido Erik y su hijo
pequeño. Él trabaja comercializando frutos del país. Tiene una camioneta
grande. Para algunos es un camión chico. Su rutina diaria es levantarse muy
temprano a comprar los frutos del país y para luego entregarlos a los distintos
puesto de venta al detalle en varias comunas. A media tarde está desocupado.
Erik también sufre la crítica del resto de los vecinos por su trabajo que al
parecer también es irregular. Pero la inmensa y ruidosa camioneta los deja sin
habla. Cuando sale en la madrugada, en complicidad con el silencio de una
ciudad que aún no despierta, el estruendo que provoca es similar al despegue de
un avión. Seguramente esa impresión los deja enmudecidos.
Ambas familias se conocen desde que llegaron hace
un par de años. Conversan a menudo, celebran los cumpleaños de los niños y
participan en las actividades del resto de la cuadra.
Manuel es conservador. Quitadito de bulla. Saluda y
se despide con reverencia. Su esposa se encarga de ventilarlo. Asisten a las
fiestas de cumpleaños y es ella quien lo alienta para que destaque y no lo
apabullen con su condición de taxista. Ella se molesta cuando se ofrecen
prestarle para pagar alguna cuota aludiendo que como tiene un trabajo poco regular,
no tiene un fin de mes para cumplir, como todo el mundo. La frase que más se
escucha es "A fin de mes arreglamos". Ella no lo aclara
pero sabe que sumando y restando el mantiene mejor condición de liquidez que
sus vecinos. A lo más se retrasa un día en pagar la cuota del colegio. Mientras
otros a veces meses. Ella sabe que trabajando un día completo, paga la
mensualidad, lo mismo el gas, permiso de circulación, y lo principal, lo que se
nota con sus vecinas, el vestuario, ahí sí, viste muy bien. Se mofan del
taxista pero sin embargo, cualquier día del mes, éste siempre tiene dinero para
invitarlos a la típica cerveza en la shopería ubicada a la vuelta de la
esquina.
Erik es extrovertido. Habla fuerte. Dirige los
juegos de sus niños y los de los vecinos. Exige que los autos circulen despacio
cuando ocupan la calle. Es estricto en el orden de preferencia y no acepta
groserías. La gracias es con los vecinos adultos se comporta similar. Saluda de
lejos, sin olvidar el nombre de cada uno, a las esposas la saluda diariamente
de besos. Como llega temprano, a media tarde ya está callejeando, prácticamente
recibe a los vecinos subordinados que cansados y maltrechos arriban a su hogar.
Manuel y Erik son similares en su condición de
independiente. Pero Erik dispone de más recursos, dinero en
efectivo. Parte comprando a los productores en la mañana, en
efectivo, Luego los vende. En su banano se llena con lo que le pagaron en el
día. Luego es el mismo dinero que tiene que ocupar para comprar la mercadería
del día siguiente. Y así. Pero es mucha. Quintuplica el dinero que Manuel
obtiene en el día, y ambos, triplica o cuadruplica lo que cada uno de sus
vecinos mantienen en sus respectivas cuentas corrientes.
El mundo al revés.
Las vecinas, las de sexo femenino, cuando están en
grupo, en las compras o alguna reunión de esas informales siempre opinan lo
mismo “Por dios que es buen mozo Erik”. Si, Erik es guapo.
Por otro lado, Rosario, la esposa de Manuel, es
bonita. Tiene buen cuerpo. Es llamativa. Viste bien. Son los genes, dicen.
Entre más atractiva las encuentren circula esa frase malintencionada, “pero
casada con Manuel”. No tanto porque Manuel sea poco atractivo, sino porque su
condición de taxista y de ingresos irregulares, a la postre lo afea más.
Marisol también es buena moza. Lo que pasa es que
Erik es demasiado atractivo.
Marisol sabía eso. Lo había escuchado directamente
de sus amigas. Una vez juntas hablaban de lo buen mozo que era un personaje de
la farándula y ella dijo que prefería a su marido. Todas juntas repitieron,
“nosotras también preferimos a tú marido”, de todas maneras.
Marisol recibía estas frases de sus amigas vecinas
y las celebraba. Diría que las agradecía. Pero una sombra se traslucía por sus
ojos y lo fingía muy bien.
Cada día después que ella acompañaba a Erik en el
desayuno, atenta para que no se atrase, dándole ánimo y mostrándose feliz,
inmediatamente después que este se retiraba en su camioneta rugiendo por la
calle en busca de su destino, ella subía nuevamente recostándose para dormir la
hora de sueño que le faltaba para levantarse a la hora normal. No siempre el
sueño la atrapaba. Ella se quedaba pensando en lo que le faltaba a su vida para
ser feliz.
No cabían dudas. Erik no era su príncipe azul.
Se había casado pensando que el amor llegaría más
tarde. Que con la llegada de los hijos la situación mejoraría. Pero no fue así.
No era para nada difícil convivir con Erik. Era un muy buen padre y un buen
amigo. De buen trato, trabajador, inteligente y honrado. Se detenía un segundo
porque no quería llegar al plano principal. Sabía que ese tema existía y no se
lo cuestionaba porque la respuesta ya estaba escrita. No lo deseaba
sexualmente. Una cosa llevaba a la otra. Si no lo amaba consideraba que era lógico
que no lo deseara. Finalmente dormía.
Marisol y Rosario conversaban este tema. Al
principio de los tiempos enfocaban los comentarios a lo difícil que era el día
a día cuando los respectivos esposos no eran apatronados. Sumando a eso los
comentarios a veces poco afortunados de sus vecinas. Recuerdan una vez cuando
una de sus vecinas se lamentaba porque su marido quedó sin trabajo. Lo habían
despedido. Tuvimos que vender varias cosas para poder comer. Repetía. Tardó
seis meses en encontrar un nuevo trabajo. Tocamos fondo, repetía, tocamos
fondo. Rosario que no dejaba pasar nada le aclaró que era exagerada.
Nosotros tocamos fondo todos los meses. Y volvemos a empezar. Cuando el taxi
falla, Manuel se ofrece de chofer en otra línea, hasta que recupera el taxi y
vuelve a empezar. Y Marisol también acotó. Cuando a Erik le bajan las ventas,
vende la camioneta, capitaliza y después la renueva.
Las conversaciones eran diarias. Solo se
distinguían si las hacían mientras regaban el césped, donde eran conversaciones
livianas, o las otras, cuando se invitaban a tomar té, sentadas en la mesa, en
la intimidad del hogar.
Sobre la mesa Rosario exhibía un muestrario de
joyas. Lucían lujosas. Rosario vestía siempre bien. Eso ya lo había advertido
Marisol. También advirtió sus anillos y collares. Que además los combinaba
según los tonos del vestuario. ¿No sabía que vendías joyas? Se mostró
asombrada. Es una fachada le dijo. Yo compro joyas y las vendo casi al mismo
precio, pero eso me permite tener un flujo de dinero que ocupo para mis gastos.
Le ofreció un anillo. Marisol de inmediato quiso
mostrarse ajena a todo lo que es joyas, maquillaje, vestir a la moda. Eso fue
una de las primeras evidencias para que Rosario sospechara algo. Era lógico
pensar que era Erik quien la iba a pagar. ¿Cómo se iba a negar? Marisol ya
tenía la respuesta para cuando existía este tipo de preguntas. Es que Erik
tiene un plan de inversión a largo plazo. Cada vez compra más mercadería que la
vez anterior por lo tanto no nos endeudamos. Y para estar cubiertos no compramos
nada para la casa. Menos para mí. Hasta que planificamos comprar cosas.
Cambiamos la camioneta, artefactos y así. Después seguimos con un nuevo plan de
inversión. Nunca compro nada para mí.
Rosario se mostró cauta. Dijo: pero hay otros
métodos.
¿Otros métodos? Esa noche Marisol durmió mal, la
frase le dio vuelta toda la noche. ¿Qué querrá decir otros métodos? ¿Fachada?
Los siguientes días la conversación se centró en
sacarse información. Eso ellas lo sabían hacer muy bien. Rosario quedó
intrigada del porque Marisol se refugió en una falacia al responder sobre un
inverosímil plan de inversión. Y Marisol quedó estupefacta e interesada en
saber cuáles son los otros métodos. Y de paso saber cómo es la fachada al
vender joyas.
Rosario tomó la iniciativa. Ella presentía que
había una razón del porque Marisol no disponía de dinero para estas compras.
Una gran deuda que ella paga o que en la condición de mujer sin remuneraciones
formales Erik abuse y la restringa a no gastar simplemente negándose a darle
dinero.
Pero de cualquiera de las formas, pensaba ella,
está involucrado Erik. Directo o indirectamente. Rosario tomo la palabra - Mi
marido es igual de terrible - Marisol entendió el juego pero dejó que
continuara. Pudo haber dicho, ¿Por qué terrible? Y anular la pregunta y la
respuesta. Rosario prosiguió. Manuel al principio era así. Me negaba la sal y
el agua. El pago de la cuota mensual del auto era suficiente motivo para
negarme todo lo que le pedía. Opté por hacerme la loca y no molestarlo más.
Primero partí por la indiferencia. No me fue muy
difícil. Si ya Manuel no me regaloneaba como mujer era motivo suficiente para
no ser su mujer, en el sentido sexual. Solo sería la madre de sus hijos. Yo
nunca estuve enamorado de Manuel. Me casé porque quise escapar de la casa.
Marisol dijo entre dientes “bienvenida al club”. Rosario la miró y dijo Pero
Erik no es Manuel. Uds. Se ven felices.
-
No sabré yo. - Dijo Marisol. - Las
apariencias engañan. Yo estaba y estoy atraída por Erik, pero así es mi amor.
Ausente.
Pero si seguía así, continuó Rosario con su cuento,
simplemente mi matrimonio se derrumbaba. Así que opté por obtener ingresos a
como dé lugar. Ese era el motivo porque andaba amargada. Manuel no me amargaba.
Él siempre fue así. Quizás me hubiera amargado si él hubiese cambiado, pero no.
Incluso es más responsable ahora que antes. Confío más en él ahora. Lo apoyo en
sus decisiones.
Cuando se compró el taxi, llegaba todos los días
con plata. Se me ocurrió llevar las cuentas. Pensando que así recibiría algún
premio. Nada. Pero si detecté que Manuel era bastante desordenado en las
cuentas durante el día. Solo se ordenaba en la noche, llegaba y contabilizaba.
Pero en la hora de almuerzo un día le pedí para una bebida. Saca de mi bolso,
me dijo, y saqué un billete de 10.000. Compré la bebida y me quedé con el
vuelto. Lo encontré tan infantil, pero mi conciencia me acorraló. Se lo
devolví.
Pero al mismo Manuel se le ocurrió. Dijo: Yo
debiera separar un poco de dinero para tirar una canita al aire. Era broma pero
lo pensé. Así que como él dijo canita al aire, decidí cambiar sexo por
billetes. Le saco un billete de diez mil cada vez que tuviésemos sexo. Así mi
conciencia no estaría sucia. No le estaba robando, con ese acto me consideraría
pagada. Y si fingía bien mejor pagada.
En Marisol se instaló la idea. No le molestó. Le
habían contado que esas maniobras existen y también lo había leído. Pero
consideraba que eso era lo más ruin que pueda existir entre los seres humanos
peor aún en el matrimonio. Cobrar por sexo aparte de sórdido era peligroso, era
deteriorar aún más la relación. Si Erik de da cuenta no me lo perdonaría.
La noche fue larga. Marisol despertaba a ratos y lo
miraba mientras dormía. Se imaginaba la transacción. El siempre andaba con
plata, así que no se negaría. Pero como se la pediría. Una vez es una buena
broma, Pero si se convierte en rutina no lo va a aceptar.
Al otro día, fue Rosario que le preguntó que había
pensado. Marisol solo río. Rosario no dio tregua. Insistió que era la única
forma de vivir sin que las relaciones se deterioren.
Tengo joyas, dinero para mis cosas y sin dañar a
nadie. Cuando Rosario terminó su discurso con la frase: Me lo hará todos los
días, pero vivo tranquila, sin sobresaltos, me pago mientras duerme siesta.
Si Marisol entró a la casa de Rosario con dudas,
salió calculando. Mientras caminaba pensaba "Hacerlo todos los días".
¿Cuánta plata es? Un billete de Diez mil cada vez. Pero Manuel era taxista.
Erik maneja mucho más dinero. Se ruborizó un poco al pensarlo pero a Erik le
puedo sacar más. Veinte mil. ¿Cuánto es? ¿Considero sábados y domingo? No
terminaba de cruzar la calle y ya la avaricia la consumía. Todos los días son
todos los días. Pensó.
Erik llegó más tarde, comió y se instaló en el
sillón a ver televisión. Ella se encargó del niño. Ya no era su deber. Era su
trabajo. Así lo sentía. Estaba empoderada. Cada vez se investía más en su
rol. Lavó la loza y ordenó la cocina. No se amargaba que Erik no se acercase a
ayudarla. Los quehaceres hogareños ahora los hacía feliz.
Listo. Llegó la hora. Unas gotitas de perfume en el
cuello, se ordenó el pelo y caminó hacia él. Ella pensaba así luce Erik ahora.
¿Cómo lucirá mañana? Llegó a su lado. Tocó su pierna que apoyaba sobre la mesa
de centro con su pierna. Le daba pequeños empujones. Erik reaccionó de
inmediato. ¿Qué pasa mi amor? Ella le volvió a dar un empujón a la pierna dando
cuenta del coqueteo. El acarició su pierna y por debajo de la falda subió la
mano. En otras circunstancias ella habría esperado un segundo de caricia para
luego apartarse. Pero esta vez ella se quedó ahí. No solo eso. Sino que se
montó sobre él. Erik olvidó que hace solo una semana lo habían hecho. Faltaban
dos semanas para completar las tres. Ese era el ritmo. Cada tres semanas.
Tampoco advirtió que ella lo estaba proponiendo, lo normal era ya acostados y
un poco antes de dormirse e insistir bastante.
La tomó afirmándola con una mano y con la otra
apagó el televisor. Caminó con ella colgada en su cuello y ella al mejor estilo
adolescente lo rodeo con sus piernas. Con el codo apagó las luces. Subió las
escaleras, se desvistieron y se acostaron. Esta vez conversaron mientras
lo hacían. Al revés de lo habitual demoraron un poco, un buen poco, ella se
aseguró que termine bien cansado. De inmediato se durmió.
Ella se quedó mirando al banano que estaba en la
cómoda. Analizaba que lo podría revisar en cualquier momento, sin sexo, si el
banano estaba ahí. Pero era honrada. Al menos así se consideraba. Tenía que
pagarse inmediatamente después del acto. O si no lo estaba robando.
Se bajó de la cama sin ruido y tomó el banano. Al
abrir el cierre sintió que el ruido era peor que el motor del camión. Roncaba
así que se tomó todo el tiempo del mundo. Vio los turros de billetes. Eran
varios. Algunos de veinte mil y otros de diez mil. Tomó un turro de veinte mil
y contó los billetes. Tenía veintitrés billetes. Tomó otro turro y ese tenía cuarenta
y ocho billetes. Dedujo que no había ningún orden. Tomó el último y
tenía treinta y cuatro billetes. Ya estaba segura. Sacó un billete de veinte
mil y lo puso en su cartera. Mientras se aprontaba a cerrar el banana se tentó
en sacar un segundo billete de veinte mil, pero no fue capaz. Su conciencia la
detuvo. Lo cerró. Se sintió feliz por la decisión que había tomado. Sacar dos
billetes habría sido un acto sucio. Por ahora solo será un billete de
veinte por cada acto.
La rutina se repitió al día siguiente. Y también al
subsiguiente. Erik ya no se sentaba a ver televisión sino que comía y se
acostaba de inmediato. Veía televisión mientras esperaba que ella terminara lo
que tenía que hacer y subía.
A los pocos días ella le contó a Erik que se
dedicaría a vender joyas. Rosario le enseño así que él se sintió confiado que
el negocio resultaría. La apoyó con el dinero que ella le pidió. Bastante. Eso
sí, él la amenazó que le llevaría la cuenta. Ningún problema le dijo ella. Tú
eres experto.
Cada cierto tiempo Erik revisaba el muestrario y
contabilizaba lo vendido y contaba los billetes. Ha, que bien. Vendiste tantos
relojes y tantas cadenas. La anotaba en una libreta y descontaba lo que él le
había prestado. Te está yendo bien. Sigue así. Todo funcionaba a pedir de boca.
Ahora ella podía mostrar y ocupar la plata que iba acumulando por su trabajo.
Se compraba, ropa, zapatos, iba a la peluquería, se hacía las uñas. El otro método
funcionaba. La fachada era legal.
A veces ella necesitaba algo que no estaba
presupuestado en sus ingresos. Después que Erik se dormía y ella se pagaba con
un billete de veinte mil, al rato ella volvía a insistir y Erik respondía como
un macho cabrío. Se pagaba con un segundo billete de veinte mil.
Cada cierto tiempo lo intento hasta conseguir un
tercer billete de veinte mil en la misma noche.
Erik estaba por sobre todos sus amigos que solo lo
hacían tres veces por semana. Él en cambio lo hacía todos los días, y a veces
con repetición.
Cuando lo recordaba abrazaba a Marisol y le decía
soy tu toro semental. Tú gran toro semental. Ella le respondía soy tu puta. Tú
gran puta.
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