domingo, 22 de abril de 2018

El mal hablado


Entre más temprano salga de la casa a trabajar, menos posibilidades de cruzarme con mis vecinos. Además al movilizarse solo en más fácil conseguir un cupo en el colectivo o encaramarse al bus. 
Pero a veces es inútil.

En la cuadra siguiente mi amigo Alvaro ya estaba en la vereda cortándome el paso e invitándome a irnos juntos en su auto. Pero el problema era que tenía que empujarlo por lo menos media cuadra porque su batería ya no cargaba. El encuentro con este personaje era incierto. Una vez a la semana le tocaba entrar temprano a la fábrica. Se sentía muy importante porque llevaba las llaves y no podía darse el lujo de llegar atrasado porque perdía la pega. No ahorraba recursos para hacerme sentir culpable. Aun quedando todo transpirado, con la ropa desordenada y odiando al sol que en un principio se veía alentador, sucumbía porque la ley de las compensaciones era más cruda aun. Más de alguna vez necesite de él y ahí estuvo.

Las conversaciones en el auto eran diversas. Siempre narraba asuntos domésticos o laborales de tal gravedad que al tiempo se desdecía o simplemente lo negaba. Parece que las mañanas lo alentaban a contar lo incontable. 

Esta vez contó que el fin de semana había sido invitado por su compañero de los tiempos de colegio a navegar en su yate por los ríos de Valdivia.

-   -  Es el mismo que los invitó a almorzar a un restaurant lujoso y luego terminaron en su casa yéndose cuando ya se acabó el licor. – Acoté.

Silencio.

-   - Y me contaste que tú curso era competitivo y terminaron totalmente enemistados. Que habían pasado treinta años y tú ni siquiera te acordabas de su nombre.

-  Si - dijo Álvaro - para lucirse con lo bien que le había ido en la  vida, nos invitaba a todos sin distinción. Te conté que armó un grupo en whatsapp, y nos invitó a todos enviando un mensaje.

- Está bien el mensaje, pero cada cual debía evaluar si era amigo y aceptar la invitación. Como tú jefe - le recordé - El dueño de la fábrica, que para el casamiento de la hija mayor repartió tarjeta de invitación a todos los empleados de la fábrica, desde la gerencia hasta el portero, chofer, contador a la fiesta en el club de campo de no sé dónde.

-  Ha si, obviamente fueron los puros amigos, a lo más cinco. Quien más se iba atrever a ir.  Pero inteligente. Aun así todos los empleados recuerdan que los invitó. 

- Tu compañero hizo lo mismo. Con tal mala cueva que fueron todos.
-   - Te equivocas. -  Me apunto con el dedo.

-  -   La vez anterior que nos invitó, hace tres meses, no fui. Tenía tanta pega que no fui. Esa no te la conté. - Nuevamente me apunto con el dedo mientras reía. Seguramente pensaba que me sentía mal porque me escondía información.
-   -  Seguro que no tenías plata. Si no tienes para la batería, no vas a estar viajando.

--  -  Ha, que eres mal hablado. Si no viajé fue porque se veía feo. No fuimos amigos.
- -  Pero ahora fuiste.
-   
    - Y lo pasé la raja. Fueron todos. Echados en la cubierta del yate. Y la casa fantástica. Cinco dormitorios y cada uno con tres camas. El resto alojaron en un hotel.
-    -       De seguro los verdaderos amigos durmieron en el hotel. Tú dormiste en su casa. 

Silencio.

-   - El dueño del yate contó que a un vendedor de su fábrica por cortesía le ofreció la casa en Valdivia. A la semana el vendedor llegó con toda la familia, suegra y mascota y se quedaron ocho días. Eso es ser chanta.
-   - Acostumbrado a recibir invitados de piedras. - acoté.

Silencio.

Esa tarde me invitó a comer pizza a la salida del trabajo.

- -  M e invitaste para que te ayude empujar el auto a la vuelta. Aun así me sale más a cuenta regalarte una batería.
- -   Ha, que eres mal hablado. Por leso el café lo pagas tú.

La velada estuvo frecuentemente interrumpida por los whatsapp que recibía. Mientras los respondía comentó

-  -  Son los compañeros, que están como locos comunicándose todos con todos, contándose chiste fomes y comentado la anécdota del chanta del vendedor. El invitado de piedra, como tu dijiste.

--- Era que no. Si están todos esperando la próxima invitación. No van a perder la comunicación.

-    -  Ha, que eres mal hablado. Si igual pagué mi pasaje.

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