Entre más temprano salga de la casa a
trabajar, menos posibilidades de cruzarme con mis vecinos. Además al movilizarse solo en más fácil conseguir un cupo en
el colectivo o encaramarse al bus.
Pero a
veces es inútil.
Las conversaciones en el auto eran
diversas. Siempre narraba asuntos domésticos o laborales de tal gravedad que al
tiempo se desdecía o simplemente lo negaba. Parece que las mañanas lo alentaban
a contar lo incontable.
Esta vez contó que el fin de semana había sido invitado
por su compañero de los tiempos de colegio a navegar en su yate por los ríos de
Valdivia.
- - Es el mismo que los invitó a
almorzar a un restaurant lujoso y luego terminaron en su casa yéndose cuando ya
se acabó el licor. – Acoté.
Silencio.
- - Y me contaste que tú curso era
competitivo y terminaron totalmente enemistados. Que habían pasado treinta años
y tú ni siquiera te acordabas de su nombre.
- Si - dijo Álvaro - para lucirse con lo bien
que le había ido en la vida, nos invitaba a todos sin distinción. Te conté que armó
un grupo en whatsapp, y nos invitó a todos enviando un mensaje.
- Está bien el mensaje, pero cada
cual debía evaluar si era amigo y aceptar la invitación. Como tú jefe - le
recordé - El dueño de la fábrica, que para el casamiento de la hija mayor
repartió tarjeta de invitación a todos los empleados de la fábrica, desde la
gerencia hasta el portero, chofer, contador a la fiesta en el club de campo de
no sé dónde.
- Ha si, obviamente fueron los
puros amigos, a lo más cinco. Quien más se iba atrever a ir. Pero inteligente. Aun así todos los empleados recuerdan
que los invitó.
- Tu compañero hizo lo mismo. Con
tal mala cueva que fueron todos.
- - Te equivocas. - Me apunto con el dedo.
- - La vez anterior que nos invitó,
hace tres meses, no fui. Tenía tanta pega que no fui. Esa no te la conté. - Nuevamente me apunto con el dedo mientras
reía. Seguramente pensaba que me sentía mal porque me escondía información.
- - Seguro que no tenías plata. Si
no tienes para la batería, no vas a estar viajando.
-- - Ha, que eres mal hablado. Si no
viajé fue porque se veía feo. No fuimos amigos.
- - Pero ahora fuiste.
-
- Y lo pasé la raja. Fueron
todos. Echados en la cubierta del yate. Y la casa fantástica. Cinco dormitorios
y cada uno con tres camas. El resto alojaron en un hotel.
- - De seguro los
verdaderos amigos durmieron en el hotel. Tú dormiste en su casa.
Silencio.
- - El dueño del yate contó que a
un vendedor de su fábrica por cortesía le ofreció la casa en Valdivia. A la
semana el vendedor llegó con toda la familia, suegra y mascota y se quedaron
ocho días. Eso es ser chanta.
- - Acostumbrado a recibir
invitados de piedras. - acoté.
Silencio.
Esa tarde me
invitó a comer pizza a la salida del trabajo.
- - M e invitaste para que te ayude
empujar el auto a la vuelta. Aun así me sale más a cuenta regalarte una
batería.
- - Ha, que eres mal hablado. Por
leso el café lo pagas tú.
La velada estuvo
frecuentemente interrumpida por los whatsapp que recibía. Mientras los respondía
comentó
- - Son los compañeros, que están
como locos comunicándose todos con todos, contándose chiste fomes y comentado
la anécdota del chanta del vendedor. El invitado de piedra, como tu dijiste.
--- Era que no. Si están todos
esperando la próxima invitación. No van a perder la comunicación.
- - Ha, que eres mal hablado. Si
igual pagué mi pasaje.
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