Ya era la tercera reunión con este
personaje que me doblaba la edad. Yo treinta y el sesenta. Muy formal y elegante. Con sus subordinados no daba ni quitaba.
Al menos eso ero lo que trató de decirme. Pero bastó poco para darme cuenta que más quitaba, o mejor dicho, ya no le prestaban. Ante cada pregunta que el hacía le respondían lo justo. Era obvio que le escondían información. Si mi objetivo era trabajar con ellos no debía cometer ningún error y ponerlos en mi contra. Pero este señor cooperaba para no entender mis aprehensiones.
A veces entraba a la oficina el joven y otras veces la niña. el experto en relaciones humanas, al menos así se autodenominaba. seguía con su hábito. Daba y quitaba.
- Ella es Soledad. A cargo del inventario. Inventario que nunca cuadra.
Al menos eso ero lo que trató de decirme. Pero bastó poco para darme cuenta que más quitaba, o mejor dicho, ya no le prestaban. Ante cada pregunta que el hacía le respondían lo justo. Era obvio que le escondían información. Si mi objetivo era trabajar con ellos no debía cometer ningún error y ponerlos en mi contra. Pero este señor cooperaba para no entender mis aprehensiones.
A veces entraba a la oficina el joven y otras veces la niña. el experto en relaciones humanas, al menos así se autodenominaba. seguía con su hábito. Daba y quitaba.
- Ella es Soledad. A cargo del inventario. Inventario que nunca cuadra.
Ella parada en el umbral de la puerta en todo momento en posición de
retirarse. Me miró si es que reía con esa broma desubicada. Obviamente
no reí. Solo asentí, respondiendo el saludo.
Cuando entró el flaco, como le decía, me lo
presentó como el responsable de la red.
- Él es Pedro. Pero más sabe de su aparato celular que de los sistemas.
- Él es Pedro. Pero más sabe de su aparato celular que de los sistemas.
Este si esbozó una sonrisa amplia. Sin
amilanarse se retiró revisando su celular.
Quise darle a entender que en los pocos
encuentros, por la forma de presentarlos, estos dos personajes ya me odiaban. Fingió no entenderme poniendo
cara de asombro con lo que le estaba diciendo. El experto en relaciones no
entendió que me hacía cómplice de sus bromas de mal gusto. Peligraba mi trabajo
temporal. El saldría eximido por su calidad de jefe.
Como seguía sin entender, agregué que su edad establece jerarquía, que con él no se enojarían, pero conmigo sí.
Como seguía sin entender, agregué que su edad establece jerarquía, que con él no se enojarían, pero conmigo sí.
A media mañana entró la niña del inventario
con un café, muy seria y resuelta; entró, se lo dejó sobre el escritorio e
inicio su retiro sin voltear atrás.
- Soledad
No - le dije con un grito ahogado, con tal que ella no lo advierta.
- Soledad
No - le dije con un grito ahogado, con tal que ella no lo advierta.
Soledad giró al escuchar su nombre y el jefe haciéndose el gracioso le indicaba estirando los labios, apuntando a mí.
No, repetía tomándome la frente, no quería mirar. No.
- Que cosa jefe, no entiendo… - Dijo fingiendo no entender ...
El jefe seguía con la morisqueta en los
labios pero ella no se entregaría tan fácil.
- La verdad no le entiendo…
- La verdad no le entiendo…
- Tráigale un café al joven. Hágalo sentir
como en su casa.
No entendió el jefe. No fui mas.
No entendió el jefe. No fui mas.
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