domingo, 22 de abril de 2018

Experto en relaciones humanas


Ya era la tercera reunión con este personaje que me doblaba la edad. Yo treinta y el sesenta. Muy formal y elegante. Con sus subordinados no daba ni quitaba.
Al menos eso ero lo que trató de decirme. Pero bastó poco para darme cuenta que más quitaba, o mejor dicho, ya no le prestaban. Ante cada pregunta que el hacía le respondían lo justo. Era obvio que le escondían información. Si mi objetivo era trabajar con ellos no debía cometer ningún error y ponerlos en mi contra. Pero este señor cooperaba para no entender mis aprehensiones. 

A veces entraba a la oficina el joven y otras veces la niña.  el experto en relaciones humanas, al menos así se autodenominaba. seguía con su hábito.  Daba y quitaba.

- Ella es Soledad. A cargo del inventario. Inventario que nunca cuadra. 

Ella parada en el umbral de la puerta en todo momento en posición de retirarse. Me miró si es que reía con esa broma desubicada. Obviamente no reí. Solo asentí, respondiendo el saludo. 

Cuando entró el flaco, como le decía, me lo presentó como el responsable de la red. 

- Él es Pedro. Pero más sabe de su aparato celular que de los sistemas.

Este si esbozó una sonrisa amplia. Sin amilanarse se retiró revisando su celular.

Quise darle a entender que en los pocos encuentros, por la forma de presentarlos, estos dos personajes ya me odiaban. Fingió no entenderme poniendo cara de asombro con lo que le estaba diciendo. El experto en relaciones no entendió que me hacía cómplice de sus bromas de mal gusto. Peligraba mi trabajo temporal. El saldría eximido por su calidad de jefe. 

Como seguía sin entender, agregué que su edad establece jerarquía, que con él no se enojarían, pero conmigo sí. 

A media mañana entró la niña del inventario con un café, muy seria y resuelta; entró, se lo dejó sobre el escritorio e inicio su retiro sin voltear atrás. 

- Soledad 

No - le dije con un grito ahogado, con tal que ella no lo advierta.


Soledad giró al escuchar su nombre y el jefe haciéndose el gracioso le indicaba estirando los labios, apuntando a mí. 

No, repetía tomándome la frente, no quería mirar. No. 
 
- Que cosa jefe, no entiendo… - Dijo fingiendo no entender ...


El jefe seguía con la morisqueta en los labios pero ella no se entregaría tan fácil.

 - La verdad no le entiendo…


- Tráigale un café al joven. Hágalo sentir como en su casa. 

No entendió el jefe. No fui mas.
 



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