Abril y los días aun radiantes. Es increíble en esta época del año. Se oscurece temprano y sin embargo el sol aun calienta. Estamos en pleno otoño y nuestros sentidos no se entregan a lo que viene, a la melancolía de los días nublados, a esos días grises donde los vientos enfrían el
ambiente y las hojas se esparcen por las calles. Esos días en que la gente corre por las avenidas evitando que la lluvia los pille de improviso. Todos vuelven temprano a sus hogares, a refugiarse, a domesticarse. Hablar de las 10 de la noche ya es tarde. Para muchos es hora de acostarse. Solo salen los valientes. Pero para hoy se pronostican 25 grados de calor. Como decía mi abuelita ¿Será fin del mundo? Estos días han sido entretenidos, ya que has estados todos estos días sentada en el borde de la ventada tomando sol. Es grato verte ahí pero lamentablemente no alcanzo a apreciar si estás mirando hacia mi ventana. No tengo los largavistas. Un patudo chanta de la oficina del lado entró de improviso y me vio mirando para el frente, vio la consulta y sacó conclusiones. “Toma, te los presto” le dije, más que apurado. Así que él los tiene ahora. Ahora es mi amigo. Es una pena no poder apreciar tus bellos ojos. Se veían tan lindos de cerca. ¿Pensarás en mí? ¿Me estarás viendo? Ya. No puedo más. La voy a llamar. Fui a buscar el celular al escritorio y esa voz esquizofrénica se sintió en mi cabeza. ¿Y qué le digo? Ya. Me dije. Siempre con la misma tontera. Basta. En este tipo de cosas hay que improvisar. Mi experiencia me indica que siempre que he pretendido conquistar a una mujer y planifico las conversaciones -que le digo-, -y se me dice eso, le digo esto otro-, irremediablemente algo me sale mal. ¡Así que nada de tonteras y acción. Sobre la marcha arreglamos la carga! Chutas. Parece que fui muy enérgico conmigo mismo porque cabizbajo y sin chistar busqué el número en el visor. Soy fácil de convencer. Encontré el número y me preparé. Subí la vista y ya no estabas. ¿Te habrás entrado porque me retiré de la ventana? ¿O llegó un paciente? Ya, de nuevo. Pesimista. Parecía que estaba inventando excusa. Apuesto que estoy deseando que su teléfono esté apagado.¿Lo intento igual? ¿Aunque no esté en la ventana? Voy a esperar que se asome, quiero verla cuando conteste. - ¡No, ya, está decidido, la llamo! - Un escalofrío recorre mi cuerpo. Cuando era adolescente y me tocaba vivir algo similar de puro miedo me castañeaban los dientes. No era de cobardía, sino de nervios, de ansias. Ahora no me suenan los dientes pero siento que por el cuerpo me corre sangre helada. Ahí voy. Tengo la sensación que viene algo grande. Llamo. Acerco el celular a mi oído. Está marcando. Una vez. Dos veces. Ya. A la quinta lo corto. Calma. Calma. Dejemos que la circunstancia lo decida. Recuerdo esa fatídica vez cuando me estaba masturbando en… Ya, va a contestar. Dejó de sonar. Espero su voz suave…. Ba. No contesta. Suena ruido ambiental pero no contesta. Ha, debe estar con un paciente. ¿Y si sabe que soy yo y no me quiere contestar? Si, si sabe. Quedó grabado cuando la llamé la otra vez. ¿Y qué nombre puso si no me conoce? Qué gran incógnita. Habrá puesto papito, rico, huachón, o puso mirón, sapo, narigón. Ya. Ahí está. Se acercó a la ventana. Apareció sonriendo. Sabe que soy yo. Me está mirando. Tiene el celular en la mano pero el brazo caído. ¿Me veré ridículo con el celular en el oído esperando que me responda? Si, parece. Contesta, no me dejes esperando. Musito entre dientes. Pero sigues sonriendo. Pones ambos brazos en la cintura y ladeas un poco tú cabeza. ¿Qué pretendes? Eso me tratas de decir. Le hago señas ¿No vas a contestar? Poniendo cara de incógnita. Uf, que ridículo me siento, esto no lo esperaba. Levantas el celular y yo ansioso pensando que me vas a contestar lo llevo a mi oído, pero tú no te lo llevas al oído, si no que apuntas a mi, como si fuera un control remoto y lo apagas. Luego mueves el dedo índice con un continuo no, no, no, no, no.
Guerra. Quiere guerra. Me encantan cuando me declaran la guerra y mas me gusta cuando después me piden “ya, basta, no quiero más guerra” Le hice señas con la palma de la mano, que esperara. “Te ríes satisfecha, he” Me saqué la corbata y me la anude en la frente. Luego fui al baño y busqué el lustrín en el mueble. Abrí el betún negro y con el dedo me dibujé dos líneas en cada mejilla, bien gruesas, y otras dos líneas en la frente, me saqué la camisa del pantalón, tomé la escoba y me planté en la ventana. Empecé a bailar en círculos a la usanza de los indios. En cada vuelta le mostraba el celular, como si fuera el hacha de guerra, seguía bailando. Estabas con ambas manos en la boca, al estilo Cecilia Bolocco, No lo crees, ya verás de qué soy capaz.
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