Van a ser las cinco, el plazo se cumple y pienso en cómo lo hago para salir antes de la hora sin que los demás crean que dejo tareas pendientes. Los demás lo hacen así que no hay ninguna razón para que no lo crean de mí. Ha, ya se, voy a dejar un proceso corriendo y coloco un papel sobre
la pantalla diciendo “no tocar, ya vuelvo”. Así como se hacía antes, a la antigua. A las cinco tengo una cita y lo demás es secundario. Tanto merito que hace uno para conquistar a una niña y de pronto, sin hacer ningún esfuerzo, cae un ejemplar del cielo. Así de simple es la vida algunas veces. Ya en la calle camino un par de cuadras siguiendo el recorrido que tomo habitualmente cuando salgo de la oficina camino a casa, de esa forma hago leso a la mala suerte. Si la mala suerte advierte que voy a jugar con el destino, puede que en un descuido me caiga una ráfaga de mala fortuna. La última vez entré de espalda a una cita para que el infortunio crea que me estaba yendo y dio resultado ¿por qué ahora no? Entro a una confitería y compro una barra de chocolate solicitándolo para regalo, gran error, porque la dueña con sus dedos de lana acostumbrada a contar plata y firmar cheques se complicó cortando un trozo de papel de regalo, parece que andaba mal en la geometría. Al final le pedí que le pegara una roseta en cinta de regalo sobre la barra directamente. “Pero si así no se usa” me dijo. Chuta, pensé, que le importa a ella. “No importa, si es un regalo al estilo casual, pegue la roseta sobre la barra y listo”. “No se va a ver bien” Insistió. Si, se va a ver bien, dije ya no sonriendo. Eso quiere decir, póngala y cierre la bocota. “Ha, no se. Póngala Usted mismo. No entiendo a esta gente moderna” me sentenció la dueña. Calmadamente, sin recordarle que el cliente siempre tiene la razón, tomé la barra, la roseta de cinta de regalo, un trozo de cinta adhesiva y como un acto de magia, la pegué al centro de la barra. Levanté el regalo y sin decir ninguna palabra pagué con un billete de diez mil. Ahí si recuperó su motrocidad. Abrió la caja y me dio el vuelto correcto dando muestra de destreza y habilidad para los números. Reitero que estos negocios raros, como confiterías, chucherías y demás, siempre están atendidas por mujeres medias histéricas que usan el negocio como eterna terapia, financiadas a veces por el marido porque por la forma que están atendidas dudo mucho que genere ganancias. Lo pensé, pero me retiré del lugar como si se lo hubiera dicho en su cara, claro que por la cara de vinagre de la dueña, que a la postre mas parecía una modelo en decadencia, flaca, rubia y arrugada, ni se habría inmutado. Entro al edificio y no es necesario calmarme y enfriar la situación, ya están a punto de castañear los dientes de los nervios pero los controlo. Es como una cita a ciega. Camino por entre la muchedumbre habitual que se junta en la recepción de los edificios de oficinas, con trabajadores en camisa y blusas que bajan a fumar y sacar la vuelta, buscando e identificando el casino a lo lejos, fácil porque siempre están más iluminados que el resto de las dependencia y desde ahí emerge un cierto murmullo característico de la gente cuando se relaja, risotadas femeninas con tono de carcajadas al unísono que dan rienda suelta en día viernes. Caminé hacia allá a paso seguro sin pensar que le diría en la primera frase. Otra de las técnicas que uso para burlar la mala suerte. Sin detenerme en el umbral ingreso a ritmo seguro hacia el interior del recinto apreciando a reojo que no es muy amplio, con blancas mesas largas alineadas, ordenadas para aprovechar los espacios, típicas de los casinos donde su clientela habitual son los propios trabajadores y de ser así no me queda más que pensar que soy un pájaro extraño. Al entrar rápido salto el efecto sorpresa y supero el proceso de tener que reconocer, buscar, saludar y quedar en desventaja frente al resto. Es distinto buscar con seguridad y desplante desde el interior inserto en la muchedumbre que detenerme en el umbral de la puerta con cara de desconcierto y acercarme al grupo con el riesgo que estén conversando algo importante y los interrumpa. Mato así el síndrome del pajarito nuevo. Funciona en los teatros, restaurantes, y en las reuniones, sobre todo cuando uno llega atrasado. Dio resultado. Rodeé con la mirada el recinto y la diviso porque levanta su mano. Es ella la que tiene que acercarse o al menos salir a mi encuentro, así siento que toda su atención es para mí y no la voy a interrumpir, conclusión, puedo desenvolverme a mi antojo. Me acerco raudamente mientras de reojo diviso que en su mesa hay al menos cuatro mujeres pendientes de mí, pero no arrugo. Cuando estuve ya frente a ella, le pasé la barra de chocolate sin despegar mi vista de sus ojos. ¿La conocí en otra vida? Parece que no pero me es familiar. Justo en el momento que ella toma mi nuca para recibir mi beso con ambos brazos rodeo su cintura abrazándola. En su oído musito -feliz cumpleaños-, dos disparos de flash salieron de la mesa en cuestión. ¿Cuanto tendrá de cintura? Se ve que aun no ha tenido hijos y sus tetitas de monja me hacen señas bajo su delantal blanco. Ahí me pude dar cuenta cual era su principal atributo, su belleza que divisaba desde mi edificio estaba pasmada en sus dientes, el resplandor de su rostro templaba con la blancura de su dentadura. Que ejemplar mas digno para enseñar higiene bucal. Ojos café, pelo castaño oscuro, tez blanca, cejas delgadas sin depilar, labios rojos, brillosos, gruesos y dispuestos a besar. Diantre, es alta. Casi un metro setenta. Delgada, diría que flaquita. Pinta para modelo con un tambembe que arremanga aun mas el delantal mostrando sus doradas piernas. Pero la vista se me va a la torta con crema de piña que está en el centro de la mesa. Mi debilidad. Ella se da cuenta y no duda en reiterarme que ya se va a partir, paciencia, que faltan algunos invitados. Pongo cara de vergüenza, ¿que cosas digo, no? Me lleva de la mano hacia su puesto mientras me presenta de un golpe al resto de los asistentes. El es Raúl. De nuevo otro flash de lleno en la cara. Con cámaras digitales pueden sacar las fotos que deseen, total salen gratis. Sonrío al tumulto mientras medio ciego las miro una a una. Haciendo de cabecera de mesa estaba sentada una mujer comparativamente mayor que recibía todas las miradas del resto, era el centro de los comentarios por lo tanto no dude en pensar que ella era quizás la jefa o la mamá. Lo más probable que lo primero. Yo también me sume al resto y dirigí las miradas a aquella dama. Era elegante y hermosa, una Eli de Caso en su mejor momento. Efectivamente era la jefa, cirujano dentista y con su mirada no dudo en ponerme en tela de juicio si era conveniente para su subalterna. Quizás no sabía que estábamos recién conociéndonos, así que decidí mostrarme mas en confianza con Paulina, la tomé de la mano y dije muy suelto de cuerpo, veintisiete años, he, y como los llevas. Me miró asombrada, me veía en sus ojos cristalinos, tomó mis manos con ambas manos, y con cara de desconsuelo para mí me dijo “sólo veintiséis”. En eso apareció otro espécimen. Joven. No más de veinticinco años. Pelo largo. Ellas aplaudieron. Las saludo una a una de besos, pero cuando llegó el turno de la doctora la tomo del cuello, se agachó en su puesto y le estampo un beso de no más de un segundo, apasionado, en el centro de su boca. Que está pasando. ¿Están todas locas?
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