Hace tiempo que no veía que una madre le da un beso en la boca a su hijo. Comenté casi en su oído. Es poco común. No, si no es su hijo, es su pololo. Respondió susurrando. Cómo va ser su pololo, si esa mujer tiene que haberlo mudado. Insistí. Si, parece, pero es su pololo. Pololo, mejor
me callo, agregué. Si mejor, replicó, es nuestra jefa y la queremos. O si. Yo también la quiero. Pensé. La seguidilla de besos no paró, al contrario, cada vez aumentaba más su ritmo. De a poco el flaco, que gatilló en mí la más de mis primitivas envidias, le fue encajando la lengua en esa boca, que se abría, dándole espacio para que se introduzca, invitándolo, y una vez adentro se la chupaba y el lindo se la ofrecía. La veterana le succionaba la lengua con fuerza hasta que el flaco gemía, veía como ese molusco lleno de vitalidad se metía en su boca y literalmente jugaban así, y no era un hecho puntual, sino que se veía que no la cortarían nunca. De pronto el se logra safar, sonando como quien destapa una botella de champagne pero luego el arremetía apretándole los labios para evitar que ella le agarre la lengua de nuevo, y con tanto beso los labios se les iba hinchando. Se azotaban los labios con dichos besos.Paulina notó que no despegaba la vista de dicho cuadro y sin más gesto se me acercó y me tocó el hombro, Aló, Aló, dije yo, no estoy acostumbrado a ver esto, dije poniendo cara de asombrado, no vaya a ser cosa que crea que estoy caliente. Nosotras si. Pololean hace tiempo. Dejé, mientras pude, dicha escena de lado, aunque noté que el resto seguía expectante y todos sus comentarios se hacían sobre lo que estaba sucediendo. Paulina estaba sentada un poquito hacia mi lado y dando un poquito la espalda a la pareja que juntos sumaban cerca de setenta años, pero dispar. Tuve que asociarme a la mirada de la chica del frente, que para poder mirar tranquila la escena de sexo primario buscaba en mí esa complicidad del pajarito nuevo. Se río y comentó muy suelta de cuerpo, que calidez, a lo que comenté, no, injusticia, eso es contar plata frente a los pobres. Hubo sintonía con dicha niña, que lo único que tenía en común con el resto era la majestuosa dentadura que si miraba con cuidado podía reflejarme en ella. Ella era Cristina, quizás un poquito subida de peso, pero muy poquito, pero tenía buenas tetas, comparando con las de Paulina. A todo esto podía apreciar las puras tetas, como todavía ninguna se levantaba de sus asientos así que me dediqué a contemplarlas mientras yo de a poco hinchaba para que partieran la torta. Cristina tiene escote, se acomoda la blusa, pero no entiendo, cuando le miro sus pechotes los esconde. Que mujeres, se preparan para ser vista y se anulan cuando uno las mira, aunque debo reconocer que se fue soltando de a poco. Ya después me daba tiempo para contemplarla a mis anchas, imaginar sus pezoncitos que seguramente se endurecían con cada broma de doble sentido que circulaba, que a todo esto eran elevadas tallas de grueso calibre, obviamente usando como blanco a ese par de tortolitos, rectifico, un tortolito y una tórtola. Paulina, me habló, sacándome inoportunamente del estado de contemplación, instantáneamente recordé que estaba de cumpleaños, así que decidí mirárselas a ella. Me interrogaba, estaba muy intrigada en saber en que trabajaba, que siempre que se asomaba por su ventana me veía hacer nada. Como nada, si me paso todo el día esperando que te asomes. De pronto llegaron mas invitados y Paulina se levantó hacia ellos. Pude contemplarla de espalda. Mejor. Mucho mejor. Su cuerpo contoneado, su falda ceñida al cuerpo resaltaba su trasero paradito con un volumen tal que arremangaba un poco su delantal blanco de enfermera. Quise desnudarla mentalmente pero fue muy poco tiempo. Ya estaba sentada de nuevo a mi lado. Ya, a partir la torta dije de nuevo. Si, dijo una. Es que me tengo que ir, mi marido me espera. Hua dijeron toda. Pero como tan urgida. Se expresó Cristina. Me acerqué un poco a ella y le comenté, a lo mejor quiere practicar algo que vio. Si, me dijo - asintiendo con los ojos abiertos e iluminados - uno todos los días aprende algo nuevo. Le dije - pero no vas a esperar a tener la edad de ella para practicarlo – me quedó mirando preparando quizás que respuesta, pero recordé que Paulina estaba de cumpleaños y me di vuelta hacia ella para comentarle que perdí los prismáticos. Qué fácil me distraigo.
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