jueves, 16 de octubre de 2003

II Día del paseo.


Desperté de golpe y primero que el despertador, demostrando lo lúdico del momento. Raudamente tire las tapas hacia atrás quedando tú cuerpo al descubierto, para mi sorpresa tú camisón lucía arremangado hasta la cintura y tú trasero pelado mirando hacia mi. Esa posición es la
que llama al deseo pero no había tiempo de concesiones. Dejé la lujuria atrás y a la ducha, santo remedio para bajar toda la prepotencia matinal. Esta vez no hubo tiempo para compartir el desayuno, momento de paz y de tostadas con café negro.
Preparé mi bolso, toalla, bronceador, máquina fotográfica, un par de trajes de baño, uno para nadar, cortito y apretado y otro para uso normal, zapatillas, gafas, gorro para el sol y al auto. El típico chao hacia atrás y raudo salí a la aventura. Viajé durante una hora hasta llegar al campo deportivo donde se celebraría el paseo, a las afueras de santiago. Estacioné el auto con la punta hacia fuera, experiencia adquiridas después de múltiples ocasiones donde tuve que salir soplado escapando. Me percaté que recién habían llegados los buses con el personal de la empresa que no tenían autos y ya se estaban preparando desayuno. Me integré al grupo pero siempre tomando la precaución de estar solo. Es la mejor técnica para posteriormente poder desenvolverse como uno quiere. A primera hora, lo mismo que sucede en cualquier ceremonia extra-programática donde se junta todo el personal, se forman los grupos y después ya no se separan durante toda la velada. Después ni siquiera puedes ir a la piscina sin que la patota esté de acuerdo. Le pasó a Alfredo: durante la última semana antes del paseo estuvo preocupado porque tenía el presentimiento de que iba a estar marcado cuero a cuerpo. Su sección en la empresa es mayoría mujeres, de todas las edades, donde ya gozan de su amistad incondicional, pero que no pueden independizarse ni entre ellas ni del afecto de Alfredo, que hizo todo lo mejor posible por ganar el cariño de cada una pero a un costo demasiado alto. Por ejemplo si en horas de oficina le dicen nos vemos al almuerzo, cortésmente el respondía, claro, porque no, si varias veces ya han almorzados juntos, pero a última hora a veces le surgía un compromiso y no iba al casino. Resultado, quedaban con sangre en el ojo porque lo esperaron. Incluso a veces perdían el turno aguardándolo. ¿Quién tiene la culpa? Alegaba Alfredo, si yo no me muevo en grupo, ¿porqué voy a depender de ellas? Incluso algunas y en tono de broma, pero no ausente de celos, le increpaban que a donde iba, cual era la emergencia, ¿Comprar un libro era mas importante que almorzar juntos? Afortunadamente mi comportamiento es reacio al grupo, mas dirigido a la persona, casi ermitaño. Dedicado a observar. Mi problema es a la inversa. A veces yo no tengo con quien conversar cuando dispongo de tiempo.
Llegó la hora de la piscina. Tipo once de la mañana me fui al camarín y a torso descubierto cruce las mesas donde estaban ya los grupos formados y me dirigí a la piscina, que alivio, sólo. Me instalé en una de las sillas de playa, al otro lado, con la vista hacia el agua y la multitud y desde ahí veía toda la fauna de la empresa. Dicho y hecho, los grupos se movían en bloque y siempre tras un interés común. Un grupo de niñas, la mayoría bajitas y gorditas, no se desprendieron de su ropa, permanecieron con short y blusa, se instalaron siempre mirando hacia la piscina, como taimadas, al otro lado del perímetro. Después se acercó Alfredo, que se desprendió de su grupo porque pudo entrar al perímetro de la piscina y se acomodó en otra silla paralela a la mía, quedando el resto de su gente en la orilla. Nuevamente recordó el año pasado, las chicas del grupo, las inseparables y las misma de ahora, se habían sentado en el borde de la piscina con las patitas en el agua mientras el nadaba. Fue el colmo.
Conversamos lo raras que se ven las mujeres mayores comportándose como niñas. Las jóvenes ningún problema. Gritan, chillan, se abrazan por que las persigue una abeja, porque van a partir la torta y en la práctica cómo se pongan se ven tiernas, juveniles, lozanas, pero las que son adultas, algo mayorcitas, gritar por una abeja o saltar como loca porque van a repartir los regalos del amigo secreto, se ven horriblemente patéticas. Muchos gestos femeninos ya no son consecuente con la estampa aporreada y seriota de una mujer cuarentona.
Al agua. Fuera el traje de baño tipo short y quedé con el apretado especial para nadar. Me acerqué a la ducha, me entibié un poco y corriendo me lancé un piquero. Mas atrás mi amigo Alfredo. Nos ordenamos y comenzamos a nadar a lo largo de la piscina, al unísono, unas veinte vueltas. Luego nos estacionamos en la orilla y nos dedicamos a observar a los otros nadadores. En especial otra niña, atlética, de bikini blanco de otra empresa que nadaba de lado a lado sin mostrarse cansada. La silueta de mujer que practica natación es sugerente. Los movimientos de piernas dan cuenta de lo ágil que puede ser para todo tipo de deportes, las formas de sumergirse dejando su trasero bronceado por sobre la línea del agua y luego salir violentamente a flote con medio cuerpo afuera llena de energía, mientras que con un leve movimiento hacia el lado ordena su pelo estilando y sin pausa continua nadando contrasta totalmente con la imagen de nuestras colegas, que para variar están de a cuatro metidas en el agua y que en cada salida a flote aparecen con todo el pelo enredado, un hilo de moco que les atraviesa la cara y es fijo que se ponen a golpear el agua gritando que les falta el aire olvidándose, hasta que una de sus compañera le dice, que tiene una de sus tetas totalmente afuera.
La de bikini blanco se acercó a nosotros comentando nuestra técnica para nadar. Ella también se habían fijado en nosotros. ¿Qué opinará? Conversamos trivialidades hasta que “nos llamaron” para el almuerzo. Alfredo, no hizo mas que salir y el grupo que lo acompañaba y que esperaron a la orilla de la piscina, lo rodearon al tiempo que lo tapaban a tallas, “te faltó piscina para nadar”, “nos tenías a todos exhausto”, “ya veíamos que te acalambrabas”, “ya estábamos cansados de esperarte” “y para variar pinchando”. “no vamos a venir mas contigo” “te tenía una empanada de queso y ni me pescaste” Alfredo cortésmente se alejó con el grupo. Es lo que él llama comportamiento gregario.
Y el show continuó en la mesa. Como habían algunas que definitivamente se consideraban yunta de Alfredo, al no verse correspondidas repetían hasta hinchar las pelotas “me quiero ir”, “estoy aburrida”, “sabía que me aburriría”. Alfredo, para rematar el muerto les decía, - y si sabías para que viniste, ya en la fiesta andabas de mal humor - “Si, es que me cargan estas fiestas” El discurso se acabó momentáneamente cuando yo acoté muy diplomáticamente que Juan Pedro vuelve a Santiago, tiene un compromiso y las que se quieran ir pueden aprovechar el auto. No me pescaron ¿Quien las entiende? Alfredo entendió, el resto de la mesa entendió, pero ese grupito no entendió. Igual siguieron. Habíamos varios que no pertenecíamos a nada, curiosamente nos sentamos juntos. Insólito, cuando nos encontramos en el trabajo, hablamos del calor, de cosas que no nos permita pensar, y cuando estamos en medio de un ambiente campestre, piscina, asado, hablamos del próximo debate, pronóstico para la segunda vuelta, libros, que vamos a hacer en el año que viene y ya por ahí por el postre balance de lo que fue el año que termina. Adoptamos una actitud pensante. Terminamos y cada uno a sus cosas. Así debe ser. Yo, me instalé de nuevo en la silla de playa a leer, ansioso de conversar con la niña de la piscina, que no estaba pero al ratito llegó, y parece que los comentarios fueron positivos porque de a poco aparecieron sus amigas, así que Alfredo y otro mas se incorporaron.
Después de una tarde deportiva, los grupos se disolvieron. La mayoría tuvo que irse en los buses que puntualmente llegaron. Las que estuvieron haciendo pucheritos toda la tarde porque se querían ir, ahora se querían quedar, era que no, había todo un ambiente acogedor, romántico, música ambiental, sonido del agua de la piscina, unas mesas, bebidas, bar, en fin. Quedamos por ahí un grupo de ocho, cinco niñas de la otra empresa, que previo acuerdo se quedaron porque las íbamos a dejar y tres de nosotros, conversando. El tema principal era “por qué las niñas se sienten ganadoras cuando dejan plantado al hombre”. Una contaba que fue a bailar y se había negado a bailar con uno que constantemente le insistía. Y la otra le respondió lo mismo a otro tipo “Porque no la dejaban tranquila”. Y así. Pequeñas discusiones. Pero entretenidas, ya estaba rondando el deseo.
Ya eran las ocho y media. Había que ir a dejarlas, pero lo novedoso era quien con quien. Dejamos sutilmente que ellas decidieran. Alfredo con una, el otro con otra y yo con las tres restante. Esta vez fue una elección estrictamente por comuna. Como yo iba para La Reina, llevé a tres que vivían por esos lados. Ñuñoa, para ser mas específico. Los otros para la Florida y para Maipú. Entre las tres estaba Graciela, la que dio la idea de quedarnos pero siempre y cuando la fuéramos a dejar. Nos cruzamos mirada constantemente y el momento culminante fue cuando me convidó hielo de su vaso. ¿Ahora me conocerás? Me dijo.
Partimos. Yo pensaba, al igual como cuando soltero, que la gracia era dejar que ellas mismas decidan a quien hay que ir a dejar primero. Y se supone que la que baja al último es la que quiere conmigo. Por eso que era mas fácil apuntar al grupo, y que ellas decidan. Graciela estaba atrás, así que pensé que la que tenía a mi lado iba a ser la última, pero me equivoqué. Quedó sola atrás. Le pedí amistosamente que se cambiara adelante, que yo no era su chofer. Lo curioso es que camino a su casa, nos devolvimos un poco, señal que ellas ya se habían puesto de acuerdo quien bajaba al último. Continuamos con el temita de por qué las niñas dejan plantados a los hombres. De a poco la fui desafiando, usando esas técnicas suaves para ir tocando temas difíciles y que nunca me han fallado, y me revelé pidiendo que si ella consideraba que la cosa era tan así como ella dice, porque no aplicaba la misma lógica se acercaba y me daba un beso. Eso la incomodó al punto que no sabia si seguir con el jueguito o que, bajarse, de ningún modo y confirmar lo que ella estaba negando hasta este momento. Dejar a lo hombres plantados. Estábamos en una calle continua a su casa, cerca de la plaza de Ñuñoa, había estacionado donde no pasa movilización colectiva, pero en ningún caso una calle solitaria, simplemente debajo de la copa de un árbol que tapaba la luminaria del poste. Ese detalle fue importante porque no parecía una propuesta, sino que simplemente alargar la conversación un poco mas. Eso a ella también le agradó porque ni chistó. Ya la osadía estaba llegando a límites extraordinarios, ¿me das el beso, o no? No, me decía, Ha me vas a dejar con cuello. No, no es eso. Ha, no te gustan los hombres, No, no es eso, Ha, no te gusto yo. No. Tampoco. Le tomé las manos. La miré de frente y le dije, no es un chantaje, mira, estoy cerca de ti, a no mas de diez centímetros, llevé su mano a mi boca y la bese, puedo besarte, pero no lo voy a hacer, se que no es lo usual, pero esperaré que tú lo hagas. Me quedó mirando y dijo: "Cierra los ojos" los cerré, sentí un beso en la punta de la nariz, un beso con los labios entreabiertos, húmedos, de largos dos o tres segundos. Ella no se apartó totalmente, se quedó a cinco centímetros, “no es un problema de timidez, simplemente no debo hacerlo, soy una mujer casada”. Entonces, le dije sintiendome aludido y cambiando el tema, díctame tú número, mientras tomaba mi celular, la pensó un poco y lo dicto, lo anoté, marqué y sonó en su celular. Ahí quedó grabado, te llamo o me puedes llamar cuando quieras. Grabó el nombre y sin soltar su mano, seguimos conversando. Muchos mas distendido. Comentaba: Ya se porque no me besas, porque tú te conoces y no respondes de ti. Con un arrebato de franqueza agregó, “Si no fuera casada. Claro, de todas maneras”. ¿Y también me tocarías? Pregunté. Quedó un rato en silencio y dijo, “si, pero ahí si después que tú me toques. No lo voy a hacer primero”. Que pena. Debes de tener una piel muy suave. Que ganas de tocarte. Repuse. ¿Y qué me tocarías? Pregunté. Se hizo la difícil y contestó “Lo primero, te metería la mano por entre tú camisa y te tocaría los pelos del pecho, luego te pellizcaría las tetillas, que en la piscina me tenía loca”. La verdad que no fue necesario mas, con lo que nos habíamos insinuado ya era suficiente. Se dio cuenta y dijo me voy, son las diez. Me miró un rato a los ojos y después se recostó en mi hombro. Dando una señal de entrega. Guaaaa, me enamoré, estaba loco, pero mantuve la compostura. Ella se daba una segunda oportunidad, pero ya era tarde. No por la hora, sino que por las circunstancia. Al final, respirando hondo, le dije, ya, son las diez, es hora que te vayas. A las diez y media me pongo a dar besos como loco, y no se escapa ninguna. “Que tentador” me dijo. Abriendo los ojos, miró hacia el frente y se resignó, “si, mejor me voy”. Tomé sus ambas manos y las llevé a mi boca, y mientras las besaba le dije, y cuidado, que a las doce sin falta, chupo tetitas. Fue en el instante preciso. Nos dio ataque de risa y ambos sentimos que nos conocíamos de siempre. “Chao, te voy a llamar”, recibí un beso en la mejilla. De nuevo la oportunidad de besarnos, pero no, chao. Llámame tú. Es mas seguro. “Bueno” Respondió ¿Me llamará? Pensé, nunca se sabe. Se fue. Cruzó a la vereda del lado del conductor y caminó hacia la esquina. La observé mientras se alejaba. Cuando ya llevaba media cuadra, arranqué el auto y avancé hacia ella. Ella se detuvo y se acercó a la ventanilla del auto, dando muestra que ninguno de los dos quería irse. No hay caso. No quiero irme, le dije. Quiero otra oportunidad. Me acarició mi cara. Tenías razón, le dije, Has ganado, no me diste ningún beso y ganaste. Ahora te entiendo. “No” me dijo, “no gané, esta vez yo perdí. Chao”. Caminó otro par de metros, y antes de doblar la esquina hacia su casa, señal que sería la última vez que nos veríamos, nuevamente arranqué y me estacioné a su lado. Como presintió que ésta sería la última vez, se acercó y nos quedamos mirando, sin decirnos nada. No se me ocurrió otra cosa que decirle, esta noche pensaré en ti, toda la noche, y tú también pensarás en mi. Cuando sean las doce de la noche dirás, ¿Qué tonta, pensar que a esta hora me estaría chupando las tetitas? Esta vez no se río mucho. Y dije muy seriamente: parece que di en el clavo. Me acarició nuevamente, musitando “Eres tierno, Sí, pensaré en ti. Adiós” Mientras se alejaba, miró tres veces hacia atrás. ¿Nos habremos enamorados?
Inconclusa

No hay comentarios:

Publicar un comentario