Una de las niñas tomó la palabra y comenzó a describir lo bueno de estar todos juntos, celebrando, con tal mala suerte que se enredó con su lengua y tuvo que partir de nuevo. Primer chasco. No le quedó otra que hacer broma de ella misma. Siguió. La frase más rimbombante fue acotar
que este acontecimiento sería recordado como un evento místico, a lo que rápidamente la dama sentada en la cabecera de mesa, ya sin su pareja, no perdió la oportunidad de aclarar que no es místico, es mítico. Místico es algo religioso, espiritual, mítico en cambio viene de mitología, epopeya. Además no es un evento, evento es algo que ocurre una vez en la vida, la venida del papa a Chile fue un evento, por ejemplo. Se produjo un pequeñito momento de tensión, y prosiguió, apenas arrugando la nariz, y de todas forma, dijo, habría que señalar lo revelante que sería, y de nuevo, sin que terminase la frase, la misma dama plagada de años acotó, la palabra correcta es relevante, no revelante, las fotos se revelan. Algo pasaba entre ellas, pero la flaquita tan gentil de ofrecer un brindis a la homenajeada, explotó. Pareciera que de pronto dejó de ser flaquita, se le inflaron los cachetes y la increpó, hasta cuando me molesta, le dijo sin tutearla, no sabes que es feo reírse de la poca educación de la gente, no todos tuvieron la oportunidad de tener una biblioteca en la casa, lo triste sería que Usted fuera inculta, y en esa pausa, la dama le dijo pero aquí hay una biblioteca, no es excusa, Basta. Se acabó. Me voy. Y se fue. Quedamos todos petrificados. Pero ella nos miraba con su risa de mujer cálida, aun con sus labios hinchados, no daba pie a que alguna cobrara revancha. Yo tomé el vaso y dije en voz alta, más alta que lo normal, Flautas, qué le pusieron al vaso. Mientras miraba el fondo, cómo buscando algo. Nadie río. Sentí la mirada inquisidora de dicha dama, debo reconocer que no fue fácil. Al parecer toqué una fibra delicada, evaluaba que ni todas las bromas recibidas por caudales mientras estuvo con su tórtolo y si que fueron feroces, este impasse totalmente cotidiano y propio de los carretes caló en el ambiente como una broma de muy mal gusto. ¿Habrá sentido que la traté de borracha? puede ser, y ahora como salía de esta. ¿Qué haces tú? Me preguntó, con un semblante bastante serio. Sólo esbozó una risita, ni nerviosa ni de alegría, sino que un cumplido difícil de evitar. Yo estaba en onda, así que no dude en decir Mirar por la ventana, sin tomarla en serio. Así fue como conocí a, y fue en ese momento que olvidé el nombre de la cumpleañera sentada a mi lado, media asustada por el tenor de la conversación, sus ojos brillaban como nunca, me miraba, sentí esa presión circunstancial, “eres el invitado de honor, y te olvidas de mi nombre” pero sonreí, tomé su mano y dije, sin perder el hilo de la respuesta inconclusa “Conocerte es lo mejor que me ha pasado”. Salí del paso, pero lo encontré burdo, pegajoso, a quien se le iba a ocurrir poco menos que declararse de esa forma, pero todo vale. Todas aprobaron, algunas sabían de nuestras andanzas en la ventana, así que… Pero que haces, insistió. Ya más calmado respondí. Trabajo al frente, en fiscalía. Ya, ya, No importa. Me dijo. ¿Qué pasa?, dije, ¿Es esto real? En ese instante llegó una pareja y entre todos se saludaron efusivamente, felicidades Paulina, escuché, Paulina, se llama Paulina, Paulina, Paulina, repetí mentalmente. Ya, nunca más se me olvidará. La niña nueva, madurita ya, cerca de los cuarenta, rica, jugosa, de pronto quedó mirándome de frente y la sentí como un fantasma. No se donde la había visto, pero me resultaba conocida. Se sentó al otro lado mío, mirando siempre a la cabecera de mesa, pero yo le daba la espalda porque miraba a Paulina, así que giré y quedé mirando al frente, a Cristina, las tetitas de monja, Hola, le dije, Hola me dijo. Ya éramos cómplice. Sólo teníamos que ponernos de acuerdo en la maldad. IBM, me dijo la recién llegada, apuntándome con el dedo. Y medio confundido pero aclarándoseme la película, asentía. Ya recuerdo. Un día, hace meses, iba en el metro, de pie, y esta mujer buena moza se me acercó, atravesó todo el pasillo. Qué tal. Cómo te ha ido. Como no respondí entusiasmado, inusual para ella, porque por lo rica nadie debe quedar indiferente, me preguntó, disculpa, tú trabajas en IBM, no, dije, sin dar ninguna muestra de cortesía. Por la barba me han confundido con varios, así que ni me inmuté. Disculpa. Se alejó por el pasillo. No me miró más. Típico de las mujeres ricas cuando sufren un tras pie. Pero meses después, en un café del barrio Ñuñoa, saliendo ella de un local me diviso entre las mesas, y de nuevo, hola, como te ha ido, como está IBM, moví la cabeza asintiendo pero confundido y ella siguió con su grupo. Esa vez recordé quien era, la recordé en el metro y concluí que una simple confusión puede desencadenar en algo espeluznante. Ahora de nuevo estaba en las mismas, no quise aclarar nada, sentí que se venía algo impredecible así que seguí el juego.
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